El sacerdote Han Chui analiza desde el Catecismo y la doctrina de la Iglesia si un católico puede defender las fronteras, el control de la inmigración y las deportaciones
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| El padre Han Chui. CANVA |
A raíz de los
cruces masivos de la frontera de Ceuta por hasta 80.000 marroquíes el pasado 30 de julio y la
posibilidad de repetirse, muchos se preguntan por la acogida
incondicional o la legitimidad de exigir que los gobernantes controlen
drásticamente las fronteras. Uno de los últimos en hacerlo ha sido el conocido
padre Han Chui, que ha dedicado uno de sus vídeos a responder una pregunta:
¿Puede un católico defender fronteras y deportaciones?
El sacerdote
enfrentó el interrogante íntegra y desapasionadamente desde el numeral 2241
del Catecismo de la Iglesia Católica, que dice:
2241 Las
naciones más prósperas tienen el deber de acoger, en cuanto sea posible,
al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede
encontrar en su país de origen. Las autoridades deben velar para que se respete
el derecho natural que coloca al huésped bajo la protección de quienes lo
reciben.
Las autoridades
civiles, atendiendo al bien común de aquellos que tienen a su cargo,
pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas
condiciones jurídicas, especialmente en lo que concierne a los deberes de los
emigrantes respecto al país de adopción. El inmigrante está obligado a respetar
con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge,
a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas.
Según el
Catecismo, ¿puede o no un católico defender fronteras o deportaciones? La
conclusión del padre Han es que, hablando de fronteras, hay seis
exigencias que cumplir:
1ª exigencia:
La frontera, una realidad concreta y necesaria
El sacerdote
observa que la acogida no es un deber absoluto ni universal. Basándose en el
Catecismo, remarca que “quien llegue debe obedecer las leyes, respetar el
patrimonio del país y contribuir a sus cargas”, de modo que “acogida,
regulación y deberes del inmigrante” aparecen en el mismo párrafo como realidades
dependientes una de otra. Por ello, “el que borra una de ellas no están
defendiendo el Catecismo, sino fabricándose uno a medida”.
El sacerdote
observa también que la frontera “existe de verdad y no solo en el mapa o en el
discurso de un ministro”, sino también cuando el Estado sabe quién entra,
cuando puede impedir un cruce no autorizado o cuando puede decidir quien
permanece dentro.
“La frontera
marca hasta dónde llega la responsabilidad directa de un gobernante. Delimita
qué población debe proteger, dónde se aplican sus leyes y de qué recursos tiene
que responder. Si todo eso desaparece, el Estado no se vuelve más
cristiano, se vuelve más inútil”, subraya.
En este
sentido, afirma que la ausencia de frontera puede suponer incluso mayor
inseguridad para los inmigrantes. Y es que, cuando el gobierno renuncia a
controlar, la mafia decide quién puede pagar el viaje, el traficante decide qué
ruta se utiliza y termina pasando quien tiene más dinero, fuerza o suerte.
“Una frontera
inexistente no elimina los filtros, se los entrega a los delincuentes. Un
gobernante debe poder decidir quien entra y quién no. Y si ha perdido esa
capacidad, ha dejado de hacer una parte esencial de su trabajo”, agrega.
2º exigencia:
proteger a la población encomendada
Del estudio del
Catecismo también concluye que recordar el deber del gobernante de proteger a
la población “no es egoísmo ni nacionalismo”. “Un presidente no ha recibido la
administración de la humanidad en abstracto. Ha recibido una responsabilidad
concreta sobre una comunidad concreta. Tiene que cuidar su seguridad, sus
servicios públicos, la convivencia y la capacidad real que posee el país para
recibir e integrar a quienes llegan”, explica.
Un riesgo cada
vez más generalizado, pues el desorden que sigue a la incapacidad real de
acoger o integrar “termina golpeando barrios obreros y enfrentando al
pobre que acaba de llegar con el que ya estaba aquí”.
Citando el
Levítico, destaca que el mandato de no oprimir al extranjero, parte de una
premisa como es “una comunidad que conserva su tierra, autoridades y leyes”.
“La Biblia manda al gobernante proteger al que llega, no que abandone a
quienes ya tiene bajo su responsabilidad”.
Por ello,
remarca que esta exigencia “no consiste en cerrar el corazón, sino en obligar
al gobierno a responder una serie de preguntas incómodas como cuántas
personas se puede recibir de verdad, cómo se piensa integrarlas o quién va a
pagar lo que se les promete.
3ª exigencia:
no contribuir al tráfico y respetar el derecho a permanecer
Para el
sacerdote, algo necesario para que se cumplan las otras exigencias del
Catecismo es que los países de origen no se presenten siempre como víctimas
inocentes, pues “una dictadura que expulsa a su población, un gobierno corrupto
que hace imposible trabajar o un estado que utiliza la inmigración como válvula
de escape también son responsables”.
Han reconoce el
derecho a migrar como se recoge en el mismo catecismo, pero también “el derecho
de no verse obligado a abandonar la propia tierra porque quienes la
gobiernan la han convertido en un desastre”.
Así como los
países de origen no son siempre inocentes, tampoco ocurre con los de tránsito,
de los que el sacerdote dice que “no son un pasillo sin obligaciones”. “Si un
gobierno deja actuar a las redes, mira hacia otro lado y se limita a empujar a
las personas hasta el siguiente territorio, no está ayudando a los
inmigrantes, está exportando su cobardía”.
Es por ello
que, a su juicio, ni la inmigración empieza en el último kilómetro de la
frontera ni “ningún muro en el último kilómetro puede sustituir lo que no se
hizo durante los miles de kilómetros anteriores”. Al mismo tiempo, remarca que
tampoco es legítimo “utilizar la complejidad del viaje como excusa para que el
país de destino renuncie a controlar”. De todo ello se desprende la tercera
exigencia, “que cada gobierno asuma su parte y deje de pasar seres humanos
de frontera en frontera como si fuera una patata caliente”.
4ª exigencia:
que el Estado sea justo, gobierne y no generalice
En cuarto
lugar, cita episodios evangélicos como el de Mateo 25 -Fui forastero y me
hospedasteis- o la huida de la Sagrada Familia de la persecución.
Episodios que,
como el Catecismo, llaman a la acogida, pero en ningún momento “conceden el
derecho de entrar en el país que se elija y quedarse sin condiciones”, sino más
bien “proteger a quien escapa de la violencia”, como sucedía a Jesús, María y
José. De este modo, el Evangelio de la huida a Egipto “protege al refugiado, no
resuelve por sí sola cómo se debe gobernar una frontera moderna”.
Dos ejemplos
que también recuerdan que la firmeza legítima no consiste en expulsar de forma
indiscriminada. El matiz entre el gobierno y la justicia es sutil:
“No se encuentra en la misma situación el que huye porque teme por su vida, una
víctima de trata, un menor abandonado, alguien que entró buscando trabajo sin
autorización o una persona condenada por delitos graves”. A su juicio, “meter a
todos en el saco de los refugiados impide gobernar. Meterlos a todos
en el saco de los delincuentes impide hacer justicia”.
En último
lugar, precisa el matiz de la frase “ninguna persona es ilegal”:
“Ningún ser
humano es ilegal ni pierde su dignidad. Una entrada o una permanencia sí pueden
ser contrarios a la ley. Negar la dignidad deshumaniza la persona. Negar la
infracción convierte la ley en papel mojado. Distinguir sirve precisamente
para proteger antes a quien realmente huye de una persecución y
aplicar la ley a quien no tiene derecho a permanecer”.
5ª exigencia:
que las decisiones del estado se cumplan
Basándose en la
mención del Catecismo a la capacidad del gobierno de subordinar la
inmigración al bien común, concluye que las vías legales deben funcionar.
“Si una persona
ha sido escuchada, ha podido defenderse y se resuelve que no tiene derecho a
permanecer en ese país, debe marcharse”; remarca el sacerdote. De lo contrario,
“si todas las denegaciones terminan archivadas y ninguna devolución se ejecuta, la
frontera se convierte en un teatro”. Para Han, “el mensaje para quien está
fuera es evidente”, con una conclusión que perjudica a los propios inmigrantes:
“Entrar por la vía de los hechos funciona mejor que respetar el
procedimiento legal”.
6ª exigencia: el
verdadero examen católico
Para el
sacerdote, la última exigencia es que el criterio de apoyo o rechazo a una
medida no esté guiado por una preferencia partidista.
Por un lado,
admite que un católico puede creer en el derecho a vigilar la frontera,
levantar barreras, desplegar más agentes, detener cuando
existe causa legal o expulsar a quien no tenga derecho a permanecer,
puede apoyar medidas destinadas a recuperar el control e incluso un
número elevado de expulsiones, si cada una responde a una decisión legal.
“Y ninguna
de estas medidas es anticristiana por definición”, remarca, pues el hecho
de que las expulsiones sean numerosas “no convierte mágicamente a cada una en
injusta”.
El problema
ocurre “cuando una expulsión masiva significa indiscriminada, cuando se hacen
redadas sin distinguir situaciones, cuando se utiliza la detención como castigo
anticipado o si se separa a un niño de sus padres para sembrar el miedo”.
¿Qué diferencia
unas actuaciones de otras? El criterio es sencillo y lo llama “el verdadero
examen católico”. O lo que es lo mismo, mantener el mismo criterio evangélico
independientemente de quién esté en el gobierno.
“El descontrol
no se vuelve compasivo porque lo practica la izquierda y la crueldad no se
vuelve justa porque la ejecutar la derecha. Uno convierte al inmigrante en
enemigo, el otro en atrezo de su superioridad moral. A ninguno parece
importarle demasiado la persona concreta. Ganar unas elecciones concede
autoridad para gobernar, no una dispensa del Evangelio”, expresa.
La conclusión
del sacerdote no deja lugar a dudas y es que un católico “no tiene que
disculparse por exigir una frontera controlada, poder reclamar barreras,
agentes suficientes, decisiones firmes y expulsiones cuando correspondan.
“Puede hacerlo porque el Estado tiene la obligación de gobernar y porque dejar la frontera en mano de los hechos consumados no es misericordia, es cobardía política. Lo que no puede hacer es permitir que su hartazgo le haga aplaudir cualquier cosa al primero que promete mano dura. No hay nada cristiano en llamar xenófobo a todo el que exige orden. Cargar el costo de la improvisación sobre los barrios más pobres y tratar como idiota a quien vino legalmente no es Evangelio. Es un gobierno escondiendo su incompetencia detrás de una palabra piadosa”.
José
María Carrera Hurtado
Fuente: ReligiónenLibertad
