El valor de la oración
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Dominio público |
Entonces, acercándose sus discípulos, le rogaban diciendo: Atiéndela y que se
vaya, pues viene gritando detrás de nosotros. El respondió: No he sido enviado
sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
Ella, no obstante, se acercó y
se postró ante él diciendo: ¡Señor ayúdame! El le respondió: No está bien tomar
el pan de los hijos y echárselo a los perrillos. Pero ella dijo: Es verdad,
Señor pero también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de
sus amos. Entonces Jesús le respondió: ¡Oh mujer grande es tu fe! Hágase como
tú quieres. Y quedó sana su hija en aquel instante. (Mateo
15, 21-28)
I.
El Evangelio de la Misa (Mateo15, 21-28) nos relata la ocasión cuando una mujer
gentil pedía a grandes voces: ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! ¡Mi hija
es cruelmente atormentada por el demonio!, Jesús no respondió palabra. La mujer
se postró a sus pies (Marcos 7, 24-25), y el Señor, aparentemente, no le hizo
el menor caso. La mujer persevera en su clamor, pero Jesús se niega. Esta madre
no se da por vencida: se postró ante Él diciendo: ¡Señor, ayúdame! ¡Cuánta fe!,
¡Cuánta humildad! Conquista el Corazón de Cristo, y provoca uno de los mayores
elogios del Señor y el milagro que pedía: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase
como tú quieres. Y quedó sana su hija en aquel instante.
Esta
mujer es el modelo de constancia que deben meditar quienes se cansan pronto de
pedir. Dios oye de modo especial la oración de quienes saben amar, aunque
alguna vez parezca que guarda silencio. Espera de nosotros un deseo más
ferviente, más humildad, espera más firme nuestra fe, más grande la esperanza,
más confiado el amor.
II. Aunque el Señor nos
concede muchos dones y beneficios sin haberlos pedido, otras gracias ha
dispuesto otorgarlas a través de nuestra oración, o la de aquellos que se
encuentran más cerca de Él. Enseña Santo Tomás (Suma Teológica) que nuestra
petición no se dirige a cambiar la voluntad divina, sino a obtener lo que ya
había dispuesto que nos concedería si se lo pedíamos.
Por
eso debemos perseverar, y de solicitar a otras personas que rueguen por las
intenciones santamente ambiciosas que tenemos en nuestro corazón. El mismo
Santo Tomás explica que una de las causas de que Jesús no respondiera enseguida
a aquella mujer fue porque quería que los discípulos intercedieran por ella.
Hemos de pedir con fe. Y esta fe nos llevará a un abandono pleno en las manos
de Dios.
III.
El Señor quiere que le pidamos muchas cosas. En primer lugar lo que se refiere
al alma: gracia para luchar contra los defectos, más rectitud de intención en
lo que hacemos, fidelidad a la propia vocación, luz para recibir con más fruto
la Sagrada Comunión, una caridad más fina, docilidad en la dirección
espiritual. También quiere el Señor que roguemos por todas nuestras necesidades:
trabajo, si nos falta, salud… Y todo en la medida en que nos sirva para amar
más a Dios.
También
pidamos por aquellas personas a quienes nos une un vínculo más fuerte y por
aquellas que el Señor ha puesto a nuestro cuidado. Y no olvidemos aprovechar la
intercesión de nuestro Ángel Custodio, y especialmente de Nuestra Madre Santa
María.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org