
Cena en la casa de Simón el fariseo. Veronese. Dominio público
Siempre me
ha llamado la atención que los evangelios nos cuentan que Jesús participaba de
forma habitual en este tipo de comidas. Jesús no rechaza las invitaciones que
le hacen todo tipo de personas.
Come con
fariseos y también con publicanos, con los invitados a una boda en Caná de
Galilea, posiblemente familiares, con una familia de amigos en Betania o con
sus discípulos. Son comidas en las que intuimos que goza de la compañía de
hombres y mujeres. Jesús sabe disfrutar de una comida entre amigos y no solo
por los alimentos (que seguro que disfrutaría) sino, sobre todo, por la compañía.
Las comidas son momentos de encuentro, diálogo y escucha; oportunidades de
mostrar gestos de cariño; ocasiones para servir y dejarse servir.
Las comidas
son también momentos en los que Jesús aprovecha para darnos importantes
enseñanzas, algunas veces en momentos muy complicados y tensos. En una ocasión,
un sábado, Jesús fue invitado a casa de uno de los principales fariseos de una
ciudad. No era una comida cómoda. Es bien sabido que uno de los principales
motivos de disputa entre los fariseos y Jesús es acerca del sentido del
cumplimiento del descanso sabático. De hecho, el mismo evangelista que nos
cuenta el pasaje, san Lucas, descubre la intención del fariseo al invitarlo: lo
hacía para ponerlo a prueba y ver si hacía algo de lo que poder acusarlo.
Jesús no se
arredra, sino que aprovecha la ocasión para dar una doble enseñanza a los
fariseos. Y es también muy provechosa para nosotros y, por eso, la recoge el
evangelista. Es una enseñanza que nos advierte del narcisismo que muchas veces echa
a perder los buenos momentos que hay en una comida y, por ende, en cualquier
evento social, familiar o entre amigos. Jesús da la enseñanza desde una doble
perspectiva: la de cuando somos invitados y la de cuando somos nosotros quienes
invitamos al banquete.
En primer
lugar, nos instruye acerca de la tentación de querer ser siempre el centro de
la fiesta, cuando somos invitados por otro. Y esta enseñanza es válida, no sólo
para una celebración, sino para cualquier tipo de relación. Podríamos resumirla
en un principio: Deja que sea el otro el que libremente califique tu relevancia
en su vida. Por la necesidad que tenemos de ser amados, muchas veces abusamos
de las relaciones queriendo ocupar el puesto de mayor relevancia. Esto nos
conduce a vanos sufrimientos y a chantajes afectivos para demostrar que somos
los preferidos.
¿Cuántas
veces no lanzamos a alguien la tramposa pregunta de quién es su familiar
favorito, su amigo preferido…? Y si no la hacemos es porque pensamos que es infantil
hacerlo (aunque muchas veces seamos los adultos quien preguntamos a los niños
si quieren más a papá o a mamá…), pero lo pensamos o lo dejamos ver con nuestras
actitudes. Sin embargo, Jesús nos enseña cómo, si dejamos que sea cada uno
quien valore la importancia que tenemos para él, muchas veces nos encontraremos
con la sorpresa de una invitación: “amigo, sube más arriba”. Si dejamos
libertad en las relaciones, generalmente descubriremos que somos más valorados
y queridos de lo que pensábamos.
La segunda
enseñanza se refiere a cuando somos nosotros quienes invitamos. En ese caso,
Jesús nos enseña a vivir la gratuidad del don. Si en nuestros amores siempre
buscamos algo, no conoceremos el verdadero amor que solo se revela en la
gratuidad. Este solo busca una cosa: la reciprocidad del don, es decir, que el
amor sea acogido. Cuando hacemos un verdadero regalo, si nuestro corazón está
limpio de vanos intereses, solo habrá una cosa que nos haga felices: que el
amado acoja el regalo como un don y de las gracias de corazón. Pocas alegrías hay
más limpias y verdaderas.
Así es Dios
con nosotros. Su amor siempre supera nuestras expectativas y solo pide una cosa
de nosotros, que lo acojamos en nuestra casa. Sólo con eso nos dará la vida
eterna y tomaremos parte de la alegría de su resurrección.
+ Jesús Vidal