Uno de los siete pecados capitales que trajo la perdición al género humano desde su origen es una plaga actual que debemos combatir
![]() |
| Crédito: Prazis Images-Shuttrerstock |
Los defectos de
carácter, sin duda, afean a la persona porque le impiden mantener relaciones
interpersonales sanas y enriquecedoras. Por supuesto, todos los seres humanos
viajamos en el mismo barco y nos dirigimos hacia el mismo destino, lo cual
deberá ser una motivación para procurar hacernos más llevadera la existencia y
dejar de amargarnos y de dificultarle la vida a los demás.
Sin embargo,
nuestras debilidades espirituales son complicadas de dominar debido a las
fallas que existen desde el origen y que pusieron a todo el género humano en la
difícil situación de tener que luchar diariamente para eliminar lo que le
estorba para alcanzar el Cielo. Porque, si los defectos permanecen sin
trabajarse, se convertirán fácilmente en pecados que nos alejarán de Dios y de
la gloria.
La caída del
hombre y del demonio
Sabemos que,
desde el principio, Dios hizo al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza
(Gn 1, 27). El Catecismo de la Iglesia católica dice que "la Revelación
nos da la certeza de fe de que toda la historia humana está marcada por el
pecado original libremente cometido por nuestros primeros padres" (CEC
390).
El Catecismo
agrega que el precedente fue la elección libre de los ángeles caídos y menciona
en el número 392 que "Esta 'caída' consiste en la elección libre de estos
espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino.
Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros
primeros padres: 'Seréis como dioses' (Gn 3,5). El diablo es "pecador
desde el principio" (1 Jn 3,8), "padre de la mentira" (Jn
8,44)."
La raíz de
todo: la soberbia
Querer ser como
dioses, es decir, la soberbia de desear igualarse al Creador, fue el detonante
de todo el mal en el mundo. Se perdió irremediablemente el paraíso terrenal y
la naturaleza humana quedó atada a sus pasiones, "está herida en sus
propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al
imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada
"concupiscencia") (405).
Por eso,
continúa el Catecismo, "el Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo,
borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias
para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo
llaman al combate espiritual" (405).
Desterrar la
soberbia de nuestras relaciones
Entendemos la
raíz, pero las consecuencias que trae consigo son las que deben preocuparnos
más. El hecho de creerse superior hace que la persona se aleje de los seres que
ama porque los lastima con frecuencia. Se hace odiosa porque cree tener razón
para todo, no sabe disculparse ni perdonar, ofende a quien no piensa como ella
y todos le huyen porque no tiene capacidad para ceder.
Es necesario,
entonces, desterrar esa terrible conducta, haciendo ejercicios de humidad. El
que se siente superior a los demás, difícilmente encontrará la felicidad.
Recordar que somos seres finitos y limitados, y que Dios es el dueño de nuestra
vida, nos ayudará a ser más caritativos y sencillos de corazón, porque lo
verdaderamente importante es amar a Dios y al prójimo sin buscar pisotearlo,
sino tratándolo como hermano. Dios nos pedirá cuentas de ello.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
