Durante años había evitado enfrentar sus heridas refugiándose en el deporte y el trabajo
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| Fue allí donde sintió que "solo estábamos Dios y yo". |
El Camino de
Santiago, con más de 1.200 años de historia, sigue siendo un escenario de
encuentros inesperados y de transformaciones profundas del corazón.
Entre los
millones de peregrinos que cada año recorren sus senderos, destaca la historia
de Goran Tomašević, un croata de 36 años que representó a Australia en los
Juegos Olímpicos de Tokio 2020 en waterpolo masculino y que, tras una vida
marcada por el éxito deportivo y profesional, encontró en el Camino una
experiencia que cambió su rumbo espiritual.
Gracias a su
sobrina
Tomašević había
construido una carrera brillante: estudios en Estados Unidos, participación
olímpica y un puesto de vicepresidente en un grupo financiero global con
sede en Sídney. Sin embargo, detrás de esa fachada de éxito se escondía un
vacío. National Catholic Register cuenta su historia.
Una relación de
diez años terminó abruptamente, y poco después decidió dejar un trabajo que le
consumía el 90% de su tiempo. "Era como un divorcio", confesó. La
ruptura personal y laboral lo dejó en un estado de búsqueda interior.
En ese
contexto, escuchar cómo el Camino había ayudado a su sobrina a superar
dificultades lo conmovió.
Decidió
entonces emprender un viaje de cinco semanas desde Saint-Jean-Pied-de-Port
hasta Santiago de Compostela, completamente solo.
Durante las
primeras etapas, atravesando la Meseta castellana, Tomašević experimentó largos
momentos de soledad. "Me encontraba solo durante tres o cuatro horas en
medio de la nada", recordó. Fue allí donde sintió que "solo
estábamos Dios y yo".
Criado en la fe
católica en Croacia, se había alejado de la Iglesia al percibirla como una
imposición cultural. Sin embargo, en el Camino, las iglesias abiertas, las
cruces y los sacerdotes le transmitieron cercanía y afecto.
El Camino no
solo le ofreció paisajes y silencio, sino también personas que marcaron su
experiencia. Una niña que le gritó "Jesús te ama" mientras
corría, una mujer que le tomó el rostro y le repitió "solo tienes que
confiar", o peregrinos que compartieron historias de sufrimiento y
esperanza: cáncer, pérdidas familiares, batallas interiores.
La verdadera
rendición llegó en la subida a O Cebreiro. "Sabía que los últimos 7
kilómetros eran una subida empinada, y cuando llegó el momento, aceleré el
paso. Hablé con Dios y le dije: 'Estoy listo; estoy a tu servicio'".
El contraste
entre su vida anterior y lo que vivió en el Camino es radical. Durante
años había evitado enfrentar sus heridas refugiándose en el deporte y el
trabajo. El Camino lo obligó a detenerse, a escuchar y a abrirse a la fe.
"Sentí que
Dios me reconocía", contó al recordar su llegada a la plaza de la Catedral
de Santiago. "El sol se abrió paso entre las nubes, justo entre las dos
torres, brillando directamente en mis ojos, y sentí como si me dijera: 'Te
veo. De ahora en adelante, estamos juntos'".
Ese momento,
acompañado de lágrimas y temblores, selló su decisión: entregarse a Cristo.
La historia de
Tomašević es singular porque muestra cómo incluso quienes han alcanzado la cima
del éxito deportivo pueden descubrir un vacío interior. Su paso del waterpolo
olímpico al Camino de Santiago simboliza un tránsito de la competición
hacia la contemplación, de la búsqueda de medallas a la búsqueda de sentido.
Hoy, tras su
experiencia, asiste con regularidad a misa y comparte su testimonio
como un ejemplo de cómo el Camino puede ser un espacio de conversión y encuentro
con Dios.
Para él, cada
paso fue un acto de entrega, cada encuentro una revelación, y cada iglesia
un recordatorio de que la fe puede ser cercana y acogedora.
