El filósofo Julio Borges Junyent identifica las tres trampas que amenazan la verdad y convierten la política en una batalla por controlar el relato
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| Julio Borges Junyent/CANVA |
En lo relativo a la difusión de
la verdad, la llamada Posmodernidad ha supuesto en los últimos meses
un punto de inflexión crítico. Agencias de alcance y poder global como Reuters
reconocen que la gente ya no se informa mayoritariamente mediante los grandes
medios de comunicación, sino principalmente a través de redes y canales de
su elección. El motivo no pasa desapercibido: según un informe de la misma agencia elaborado en 2026, la
confianza en las noticias oficiales se encuentra en mínimos históricos, lo que
coincide con la crisis de la verdad frente al relato o la “posverdad”. Con
un algoritmo marcadamente sesgado, las redes tampoco están exentas de riesgos,
transmitiendo una información que es, en muchas ocasiones, tan abrumadora en
cantidad -y caducidad- como en contenido emocional.
La relevancia del llamado cuarto
poder es tal que ha llevado a especialistas como Julio Borges Junyent,
doctor en Filosofía y expresidente de la Asamblea Nacional de la Filosofía, a
alertar que la difusión de la verdad se encuentra hoy especialmente amenazado
por lo que define como “las trampas políticas de la Posmodernidad”. Un factor
que también ha analizado en publicaciones como La posmodernidad en jaque o más recientemente en el
curso sobre cristianismo y política del CEU María Cristina, y del que conversa
con Religión en Libertad buscando una respuesta.
Primera trampa: la verdad ya no
existe
Para Borges, la primera trampa de
la Posmodernidad en el ámbito político y comunicativo pasa por afirmar
que la verdad no existe, solo interpretaciones, relatos o
relaciones de poder. Algo que a primera vista podría parecer “liberador”, pues
“evita el esfuerzo de buscar una verdad común”.
Sin embargo, esconde a su juicio
una peligrosa consecuencia política: “Si ninguna interpretación es más
verdadera que otra, terminará imponiéndose la que tenga más poder, más
dinero, más control de los medios o mayor capacidad par movilizar emociones”.
Es lo que su colega Juan Miguel
Matheus define como “el derecho orwelliano”, la consideración de que “el
poder ya no se limita a aplicar las palabras, sino que comienza a cambiar su
significado”. En último término conduce a una forma de populismo de la que
advierte Juan Manuel Burgos, fundador y presidente de la Asociación Española de
Personalismo por el que se fabrica un “nosotros” moralmente puro y un “ellos”
culpable de todos los males. De este modo, agrega Borges, “la política deja de
ser deliberación sobre la realidad y se convierte en una lucha por
controlar el lenguaje con el que esa realidad es nombrada”.
Una emoción que sustituye a la razón
Sin verdad, la razón corre el
riesgo de ser sustituida por la emoción. Es un riesgo, la segunda trampa
de la Posmodernidad según Borges, que del que alertan estudios mencionados como
el de Reuters o incluso de organizaciones como Nature.
Y es que, para Borges, es un
hecho que “las emociones forman parte de la política y no deben ser
despreciadas. El problema aparece cuando sustituyen por completo al juicio”,
lo que se observa con frecuencia en las redes sociales, que premian factores
como la indignación inmediata, el insulto o la simplificación.
“El adversario se vuelve una
caricatura y cada grupo acaba viviendo dentro de una versión distinta del
mundo. Ya no discutimos sobre qué solución es mejor; discutimos sobre cuál
de los dos bandos tiene derecho a existir”, lamenta.
Cuando la distracción entierra la
verdad
En último término, a la
cosificación del adversario, la manipulación o la relativización de la verdad,
Borges agrega una tercera trampa de la posmodernidad como es la distracción.
Y es que, en la pugna actual, la mentira no es la única que disputa el puesto
de la verdad. Esta, dice Borges, también compite con “la velocidad”, con
“el entretenimiento permanente” o incluso “con el escándalo del día
siguiente”.
De este modo, alerta de una
paradoja tan real como actual: “Podemos tener acceso a más información que
ninguna generación anterior y, al mismo tiempo, perder la capacidad de prestar
atención”.
¿Basta con gritar más fuerte?
Ante lo que se presenta como un
contexto sin esperanza en lo relativo a la verdad, Borges mantiene cierto
optimismo. Según él, aún hay capacidad para responder, pero no de cualquier
modo. “No creo que baste con gritar más fuerte. Hay que comunicar la
verdad con precisión, humildad, belleza y testimonio”, enumera, convencido
especialmente de que “la verdad no puede ser utilizada como una piedra para
humillar al otro. Debe presentarse como una invitación a mirar juntos la
realidad”.
Para el doctor en Filosofía, una
alternativa seria a las trampas enunciadas pasa por recuperar el lenguaje
claro, por contar historias humanas, por formar el pensamiento crítico y
por la creación de espacios donde sea posible conversar sin la tiranía de la
inmediatez.
En último término, concluye llamando a asumir algo, a su juicio, difícil, “mantener la firmeza de las convicciones sin perder la caridad hacia quien no las comparte”. Y concluye: “Como señalábamos al inaugurar el curso, la verdad compite hoy también con la distracción, y una sociedad que deja de educar el juicio moral termina siendo técnicamente avanzada, pero espiritualmente manipulable”.
José María Carrera Hurtado
Fuente: ReligiónenLibertad
