El autor de "El Opus Dei sin filtros" reúne veinte testimonios de los cinco continentes para mostrar cómo la vocación puede encarnarse en el trabajo, la familia, la amistad y las contrariedades de cada día
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| Jack Valero saluda al Papa León XIV en el Vaticano |
Durante años,
a Jack Valero le
han preguntado por el poder, el dinero, la influencia o el supuesto secretismo
del Opus Dei. Son preguntas que considera legítimas, pero advierte que suelen
dejar fuera la cuestión decisiva: por qué alguien decide formar parte de la
Obra y cómo vive esa vocación «un lunes cualquiera». En "El Opus Dei sin filtros. Por qué me hice de la Obra",
que Almuzara publicará el próximo 4 de septiembre, el director de la Oficina de Comunicación del Opus Dei en el Reino Unido deja
hablar a quienes la encarnan: desde un taxista madrileño que se levanta de
madrugada hasta un joven musulmán togolés que, tras sobrevivir a un naufragio,
encontró en Valencia una amistad que le ayudó a recomponer su vida. La
entrevista ilumina, desde la experiencia de una veintena de personas, una
realidad hecha de libertad, vida ordinaria, dudas, trabajo, entrega y búsqueda
de Dios.
Jack Valero
vive en Londres desde los diecisiete años. Tras dirigir una empresa informática
durante una década, se dedicó a la comunicación católica. Fundó Catholic Voices
con motivo de la visita de Benedicto XVI al Reino Unido, fue portavoz de la
canonización de san John Henry Newman y dirige actualmente la Oficina de
Comunicación del Opus Dei en el Reino Unido.
—Usted lleva
años explicando la fe y el Opus Dei en la conversación pública. ¿Qué le hizo
pensar que, para comprender la Obra, ya no bastaban las explicaciones generales
y era necesario dejar hablar a quienes la viven?
—Las
explicaciones generales son necesarias: hay que contar qué es el Opus Dei, cuál
es su lugar en la Iglesia y en qué consiste su mensaje. Pero llega un momento
en que las definiciones se quedan cortas. La Obra no es principalmente una
teoría ni una estructura, sino personas concretas que intentan responder a una
llamada de Dios en medio de su vida ordinaria. Pensé que la mejor manera de
comprenderla era acercarse a esas vidas y dejar que ellas mismas hablaran.
Además, durante
muchos años como portavoz me han preguntado por el poder, el dinero, la
influencia o el secretismo. Son preguntas legítimas y hay que responderlas,
pero rara vez se pregunta a un miembro del Opus Dei por qué está allí, qué
encontró o cómo vive su vocación un lunes cualquiera. Este libro nace, en
parte, de ese deseo: cambiar el foco de la institución abstracta a las personas
reales, con sus virtudes, sus defectos, sus alegrías y sus dificultades.
Durante años de
trabajo en comunicación, Valero ha comprobado que el Opus Dei suele ser objeto
de debates intensos, mientras quedan en segundo plano las razones personales y
espirituales de quienes forman parte de él. Su libro quiere recuperar
precisamente ese plano humano.
—Antes de ser
comunicador y portavoz, usted fue un joven que tuvo que discernir una llamada.
¿Qué encontró personalmente en el Opus Dei que le llevó a decir: «Este es el
camino concreto por el que Dios me pide seguirle»?
—Mi primer
encuentro verdaderamente significativo con el Opus Dei ocurrió a los quince
años, durante un viaje a Roma. Allí asistí a una reunión con san Josemaría. No
recuerdo exactamente lo que dijo, pero sí la impresión profunda que me produjo:
estaba ante una persona para quien Dios era absolutamente real. Aquella media
hora dejó en mí una huella que permaneció latente.
Tiempo después,
alguien me sugirió que quizá Dios me llamaba al Opus Dei. Mi primera reacción
fue de miedo; no quería ni planteármelo. Sin embargo, después de varias semanas
de oración y reflexión, comprendí con una certeza interior difícil de explicar
que aquel era mi camino. Me cautivó la posibilidad de entregarme completamente
a Dios sin salir del mundo, encontrándolo en el trabajo, la amistad y las
circunstancias normales de la vida.
Con los años he
conocido mis limitaciones, he cometido errores y he tenido momentos difíciles,
pero nunca he dejado de agradecer aquella llamada. No cambiaría por nada la
vida que me ha dado.
—Los
protagonistas del libro proceden de mundos muy distintos. Tras escucharlos,
¿qué rasgo común descubre en esas vidas, en apariencia tan ordinarias, que
permita comprender desde dentro qué es una vocación al Opus Dei?
—El rasgo común
es el descubrimiento de que su vida ordinaria puede convertirse en lugar de
encuentro con Dios y de servicio a los demás. No tienen en común una profesión,
una procedencia social o geográfica —hay entrevistados de los cinco
continentes—. Tampoco comparten una sensibilidad política, ni siquiera una
forma de ser. En el libro aparecen una contable, un músico, un sacerdote
parapléjico, un empresario, una divulgadora de Tolkien, un taxista,
matrimonios, célibes… de todo. No hay un molde humano del miembro del Opus Dei.
Lo que sí
aparece una y otra vez es una llamada que ilumina lo que ya tenían delante.
Dios no les pide que abandonen su vida, sino que la vivan de otra manera: que
trabajen mejor, quieran más a su familia, cuiden sus amistades, sirvan a
quienes tienen cerca y aprendan a ofrecer también sus contrariedades. Hay una
única vocación, pero tantas formas de encarnarla como personas. Precisamente
por eso quise reunir historias tan diferentes.
La diversidad
de los testimonios no es solo profesional o geográfica. También obliga a
desplazar la mirada desde las abstracciones sobre una institución hacia
historias concretas, algunas atravesadas por la precariedad, la migración, la
enfermedad o la soledad.
—Frente a una
imagen pública tantas veces dominada por el poder, el secretismo o la
influencia, ¿qué experiencia concreta recogida en el libro le parece más capaz
de desmontar esa visión sin necesidad de entrar en polémicas?
—Quizá la
historia de Garba. Llegó a España desde Togo con dieciséis años, después de
atravesar varios países africanos y sobrevivir a un naufragio cerca de las
islas Canarias en el que murió la mitad de quienes viajaban en la patera.
Cuando llegó a Valencia estaba solo, no hablaba español y no sabía cómo
reconstruir su vida. Allí encontró a unas personas del Opus Dei que le
enseñaron el idioma, le ayudaron a formarse, a conseguir sus papeles y su
primer trabajo y, sobre todo, le ofrecieron amistad.
Más de veinte
años después, Garba, que sigue siendo musulmán, ve en esas personas la familia
que no tenía. Nunca intentaron convertirlo ni condicionaron la ayuda a que
cambiara de religión. Él lo expresa con enorme rotundidad: «En el Opus Dei
nunca, nunca, nunca en la vida nadie me ha obligado a nada».
Hoy es
cooperador de la Obra y ha creado en Togo una escuela para niños huérfanos,
inspirada en lo que recibió en Valencia. Ante una historia así, hablar de una
organización obsesionada con el poder resulta extraño.
Lo mismo ocurre
al leer las historias de varias madres y padres de familia que aparecen en el
libro —ese sería el rostro más común en el Opus Dei—. La vida de la gente real
de la Obra revela algo mucho más sencillo y evangélico: personas que encuentran
a Dios en las realidades más comunes y tratan de vivir como «otros Cristos». Y,
cuando encuentran a alguien necesitado, procuran quererlo como a un hermano.
La libertad
aparece como una de las cuestiones decisivas de la conversación. Es, a la vez,
una inquietud contemporánea ante cualquier compromiso definitivo y uno de los
asuntos que con más frecuencia aflora al hablar del Opus Dei.
—En una época
que sospecha de todo compromiso estable y teme perder autonomía, ¿cómo
experimenta una persona del Opus Dei que su vocación, su acompañamiento
espiritual y sus decisiones son verdaderamente libres?
—La libertad no
consiste en no adquirir compromisos, sino en poder amar y entregarse
conscientemente. Una vocación no elimina la libertad: la necesita. Nadie puede
responder por otra persona a una llamada de Dios y, por eso, la decisión debe
nacer de la conciencia y renovarse a lo largo de la vida.
Patricia, una
de las protagonistas del libro y numeraria auxiliar, lo expresa de forma muy
clara: «La vocación no es algo que te arrastra por inercia, sino algo que elijo
libremente cada día». Y añade: «Yo estoy aquí porque me da la gana y, si no
fuera así, me iría».
El
acompañamiento espiritual ofrece luz, formación y consejo, pero no sustituye la
conciencia ni toma decisiones en nombre de la persona. Cada uno decide
libremente sobre su profesión, sus opciones políticas, sus relaciones
familiares y sociales, y sobre la manera concreta de llevar adelante su
vocación. Un consejo puede aceptarse o no.
Por supuesto,
esa libertad puede vivirse mal, porque todos somos imperfectos y pueden
producirse errores. Pero el principio es esencial: sin libertad interior, la
entrega cristiana deja de ser una respuesta de amor y corre el riesgo de
convertirse en una carga.
El libro vuelve
una y otra vez a una intuición central de san Josemaría: la vida cristiana no
comienza al margen de las obligaciones ordinarias, sino que se juega
precisamente en ellas. En jornadas largas, preocupaciones económicas,
relaciones familiares y tareas aparentemente pequeñas.
—San Josemaría
propuso encontrar a Dios en el trabajo, la familia, la amistad y las
contrariedades de cada día. ¿Qué significa eso, no como una hermosa idea, sino
en la jornada real de una persona cansada, con responsabilidades y
dificultades?
—Significa, por
ejemplo, lo que intenta vivir Ángel, el taxista que aparece en el libro. Se
levanta a las dos de la mañana y conduce hasta el aeropuerto de Madrid. Pasa
muchas horas al volante, se preocupa por llegar a fin de mes, come con su hijo
cuando termina y duerme unas cinco horas antes de volver a empezar.
Aprovecha
algunos trayectos para rezar el rosario, lee el Evangelio en el móvil durante
una pausa y procura asistir a misa. Pero, sobre todo, trata de ver a cada
cliente como una persona a la que Cristo mismo atendería: escuchándolo,
conversando con él y haciendo bien su trabajo.
Ángel reconoce
que hay días en los que está cansado, seco y no sabe qué decirle a Dios.
Santificar la vida ordinaria no significa sentirse inspirado a todas horas ni
añadir a una jornada difícil una lista imposible de obligaciones. Consiste en
convertir precisamente ese cansancio, esa carrera incómoda, la preocupación
económica o la paciencia con un cliente en materia de oración y de amor. Es
decirle a Dios: «Hoy esto es lo que tengo y esto es lo que te ofrezco».
La santidad
ordinaria no hace desaparecer las dificultades, pero les da un sentido nuevo.
Las historias
reunidas por Valero no buscan dibujar una comunidad idealizada. Hablan de
personas diferentes, con límites y dificultades, que tratan de responder a una
llamada en medio de la vida común. Desde ahí plantea cuál sería la mirada más
justa para acercarse al Opus Dei.
—Al cerrar
"El Opus Dei sin filtros", ¿qué le gustaría que entendiera —o quizá
reconsiderara— un lector que mira a la Obra con simpatía, prevención o
simplemente desconocimiento?
—Me gustaría
que comprendiera que el Opus Dei no se entiende bien desde los tópicos, sean
favorables o contrarios. No es una organización de personas perfectas ni una
maquinaria de influencia. Es una parte de la Iglesia formada por hombres y
mujeres muy distintos que han discernido una llamada de Dios y tratan de
responder a ella en su trabajo, su familia y sus relaciones.
Lo hacen con
aciertos y errores, con dudas y miedos, porque son personas normales. Este
libro recoge lo que me han contado; no he dulcificado nada. También les he
hecho las preguntas difíciles que suelen hacerse a las personas del Opus Dei, y
cada uno ha respondido a su manera.
No pretendo que
el lector termine el libro de acuerdo con todo, sino que mire a la Obra a
través de quienes la viven y se pregunte si la imagen que tenía corresponde
realmente con la realidad. Quizá descubra algo más humano, libre y sencillo de
lo que esperaba: una familia espiritual que ayuda a personas corrientes a
buscar a Dios y a intentar amar mejor a quienes tienen a su lado.
Si el libro
consigue despertar esa mirada nueva, más allá de las etiquetas y los
prejuicios, habrá cumplido su propósito.
Nota
"El Opus Dei sin filtros. Por qué me hice de la Obra"
(Almuzara), que se publicará el 4 de septiembre, no pretende ofrecer una teoría
sobre el Opus Dei, sino poner rostro y voz a quienes lo viven. A través de
veinte testimonios —entre ellos un taxista madrileño, una joven de Buenos
Aires, un científico, una madre de familia o un sacerdote—, Jack Valero propone
desplazar el foco de los tópicos a las historias reales.
Luis
Javier Moxó Soto
Fuente: ReligiónenLibertad
