EL CURA BRONCHALO, DE LLENO EN LA POLÉMICA DEL «ADULTS ONLY»: «ES EGOÍSMO MAQUILLADO DE PREFERENCIA»

Surgida a raíz de la crítica de Ana Iris Simón a los establecimientos que prohíben el acceso a menores de edad

CANVA

Desde que el pasado 8 de agosto Ana Iris Simón publicó en El País su columna “Adults only”, el debate en torno al incremento de establecimientos que prohíben la entrada a menores —los conocidos como adults only— se ha extendido por medios de comunicación, redes sociales, comentaristas y blogueros.

Desde la crítica al mercado y al imperio de la oferta y la demanda hasta la dejación de algunos padres a la hora de educar a sus hijos, pasando por el hedonismo y el pretendido derecho a la comodidad, la polémica ha sido analizada desde múltiples ángulos. Sin embargo, pocos responden a uno de los interrogantes de mayor profundidad en torno a Adults only: ¿qué implicación espiritual tiene para una sociedad considerar el veto a los niños como un valor añadido?

El padre Francisco Javier Bronchalo, bloguero de ReL, ha entrado en el debate desde su cuenta de X, planteando una cuestión que trasciende el hecho de que cada uno pueda hacer lo que quiera en su libertad. “Hay algo más: la infancia se vive como una categoría que se puede filtrar en Booking. Como quien decide tener el desayuno incluido o añadir una cama supletoria”, explica.

Para el sacerdote, lejos de reducirse a una preferencia de consumo o a una cuestión de mercado, “es un patrón cultural. Una mentalidad que ya se ha instalado en muchas personas de nuestra sociedad: el niño como ruido, como interrupción, como algo que “arruina” la experiencia veraniega perfecta”.

En último término, lo define como “egoísmo maquillado de preferencia”, una mentalidad que, a su juicio, dibuja una sociedad cada vez más parecida al Capitolio de Los juegos del hambre.

Entre otros aspectos, se detiene en las implicaciones de un mundo que empieza a diseñar espacios sin niños como símbolo de calidad. El mensaje que transmite este patrón es, a su juicio, peligroso, pues normaliza una concepción esencialmente negativa del niño. “La infancia molesta porque degrada y arruina los lugares donde aparece. Y esa idea no se queda en el hotel, se filtra a la mirada. Se va extendiendo más allá”, agrega.

La exclusión, del ocio al día a día

Bronchalo advierte de que, una vez normalizada esta lógica y tendencia, difícilmente queda reducida a los hoteles.

“¿Por qué no iba a molestar en el restaurante, en el avión, en el parque o en la iglesia?”. A su juicio, la lógica de la exclusión, una vez aceptada como algo normal, no tiene frontera natural donde detenerse. “Hoy se filtra en el ocio, mañana se filtra en la vida cotidiana”, advierte.

La exclusión de los menores de determinados espacios es una tendencia que esconde, a su juicio, “una idea de felicidad sin fricción, sin dependencia, sin nadie que te necesite”. Bronchalo vincula esta mentalidad con una natalidad en mínimos históricos, al presentar a los hijos “como amenaza al confort, como limitación a tu libertad individual, como obstáculo a tu desarrollo personal”.

El niño, ¿un fallo del sistema?

El sacerdote aclara que no se trata de prohibir el silencio ni el descanso y concede que “hay niños maleducados cuyos padres deberían educar mejor”.

Sin embargo, diferencia entre pedir educación y rechazar al niño en sí. Por eso, advierte de no convertir en virtud lo que en realidad es no querer saber nada de la fragilidad del otro.

“El niño no es un fallo del sistema”, sostiene, “es el sistema recordándonos que todos, en algún momento, fuimos esa fragilidad que ahora molesta”.

Los niños que lloran en misa... y la tos de los viejos

El sacerdote traslada después la reflexión a una situación habitual en las parroquias como son las quejas por el ruido de los niños durante la celebración de la Misa.

“En mi iglesia, cuando alguien se queja de que en misa los niños lloran o gritan, suelo responder: “Ya, y a mí me molestan las toses de los viejos”. No responden”.

La comparación apunta a uno de los ejes que vertebra toda su reflexión: muchas de las molestias propias de la convivencia son toleradas cuando proceden de un adulto, mientras que el niño termina por ser calificado de inmediato como un perturbador.

“El ruido incómodo no es solo el del niño”, remarca. “Es el de cualquiera que nos recuerda que la vida, cuando es real, no viene silenciada. Lo que pasa es que solo nos atrevemos a señalar al más pequeño”.

La clave, elegir o por qué elegir

Bronchalo concluye distinguiendo entre la posibilidad de elegir algo y las implicaciones morales de esa elección, ya que, según él, “la libertad de elegir no anula la pregunta de por qué lo elegimos”.

En este sentido, remarca que reconocer el derecho a organizar determinados espacios no está reñido con el hecho de preguntarse qué concepción de sociedad se está promoviendo con esa organización.

Según Bronchalo, “podemos permitirlo todo y aun así preguntarnos qué mundo estamos construyendo cada vez que excluimos al más débil “porque se puede” o “porque tengo derecho””. Una reflexión que, en último término, invita a cualquier sociedad a preguntarse por cómo atiende a quienes menos capacidad tienen para hacerse escuchar.

Por ello, concluye, “la calidad humana de una sociedad se mide por cómo valora y trata a quien no puede defenderse”.

José María Carrera Hurtado

Fuente: ReligiónenLibertad