“No se os pide tener éxito, sino transmitir la fe. Transmitidla incluso cuando os sintáis inquietos, desconcertados, abrumados, pero no destruidos”
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| Imagen referencial. | Crédito: Pixabay |
El Cardenal
Robert Sarah fue elegido por el Papa León XIV como su enviado especial para las
celebraciones que tuvieron lugar en Francia por los 400 años de las apariciones
de Santa Ana al campesino bretón Yvon Nicolazic.
Bajo este
mandato, el prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos presidió las celebraciones litúrgicas que
tuvieron lugar los días 25 y 26 de julio en el Santuario de
Sainte-Anne-d’Auray, Diócesis de Vannes (Francia).
A la luz del
ejemplo de Santa Ana, madre de la Virgen María, el purpurado pronunció una
contundente homilía dirigida especialmente a los padres cristianos que cada día
dan la vida por sus hijos, apelando a su responsabilidad para transmitirles la
fe.
Al inicio de su
extenso mensaje, el Cardenal Sarah recordó el significado de la
peregrinación a lugares como el de Santa Ana de Auray: “Podemos arruinar
nuestra peregrinación viniendo únicamente a pedir a Dios que haga prosperar
nuestros negocios, que saque adelante todas nuestras empresas, que satisfaga
todas nuestras necesidades materiales”.
“La única
ambición cristiana, nos dice Jesús, es seguir a Cristo hasta el sacrificio,
hasta la muerte en la Cruz, hasta la entrega de la propia vida por la gloria
del Padre y la salvación de las almas”, remarcó. En este contexto, explicó cuál
es la vocación cristiana: “Beber el cáliz de la Cruz”.
“Un
cristiano que no desea el martirio ya está enfermo”
Tras recordar a
los mártires que entregaron su vida “para dar testimonio de su fe en Jesucristo
crucificado y resucitado”, el purpurado guineano apeló directamente a los
fieles: “¿Vuestra ambición es cristiana o mundana? ¿Deseáis el martirio, el
testimonio definitivo, el don de vuestra vida?”.
Ante la
“tibieza, la indiferencia” y la apostasía silenciosa que “acechan como un virus
corruptor”, insistió en que el ejemplo de los mártires “debe mantener nuestro
amor a Dios” y aseveró que “un cristiano que no desea el martirio ya está
enfermo”.
En este
contexto, precisó que el martirio también se puede realizar con el testimonio
diario, “derramando la sangre gota a gota, cada día”. Como ejemplo de este
“martirio”, citó a los padres que se entregan por sus hijos: “Dios os confía un
hijo al que llama a la santidad”.
Los padres
cristianos, mártires de nuestro tiempo
“Sois mártires,
testigos de nuestro tiempo. Os preocupáis constantemente por lo mejor para la
educación de estas pequeñas almas que el Señor os ha confiado. No olvidéis sus
necesidades espirituales. No olvidéis transmitirles la fe. No tengáis miedo de
dar testimonio de vuestra fe a vuestros hijos”, exhortó el Cardenal Sarah.
A continuación,
recordó que es “en el regazo de sus padres donde los pequeños bautizados deben
aprender su primera oración y los rudimentos del catecismo”, y afirmó que “el
don más hermoso” que unos padres pueden ofrecer a sus hijos es transmitirles
ese poder extraordinario que pertenece a Dios.
Insistió en que
el papel de los padres es decisivo en la formación cristiana y subrayó que en
toda familia cristiana se debe rezar juntos al menos una vez al día.
“No se os pide
tener éxito, sino transmitir la fe. Transmitidla incluso cuando os sintáis
inquietos, desconcertados, abrumados, pero no destruidos”, animó.
Más aún, el
purpurado advirtió que la vocación de los hijos puede depender de la oración de
sus padres:
“¿Cómo podrá
acoger un hijo la llamada de Dios si sus padres no rezan para que sea llamado?
¿Cómo responderá si en su alma solo se siembra el deseo de triunfar según el
mundo, a través del dinero, el éxito o el placer?”, cuestionó.
“Formamos
una cadena ininterrumpida de la que Cristo es el primer eslabón”
El Cardenal
Sarah explicó que “formamos una cadena ininterrumpida de la que Cristo es el
primer eslabón. No tenemos derecho a romper esta cadena. La familia cristiana
es el lugar donde se realiza la tradición, la transmisión”.
Añadió que es
valioso transmitir las tradiciones nacionales y regionales, las lenguas, usos y
costumbres, pero advirtió: “Todo eso sería vacío y absurdo si no transmitierais
la fe, que es el alma de todas vuestras tradiciones.”
Finalmente,
pidió a Santa Ana “la fuerza para dar testimonio en nuestras familias y
transmitir la fe”. Y alentó a perseverar incluso cuando los hijos se alejan:
“Si sentís que
habéis fracasado porque un hijo ha rechazado la fe, recemos, repito, recemos.
Recemos como Santa Mónica por San Agustín. Ella lloró y rezó por la conversión
de su hijo. Y su oración fue escuchada.”
El purpurado
concluyó con un llamado a la valentía y al testimonio: “Demos testimonio.
Atrevámonos a hablar, no porque seamos mejores o superiores, sino porque somos
portadores de un tesoro que no podemos privar al mundo.”
Por Almudena Martínez-Bordiú
Fuente: ACI
Prensa
