Encuentros en la tercera fase
Recuerdo
aún el impacto que provocaron en mi, de niño, películas como “Encuentros en la
tercera fase”, o “E.T. el extraterrestre”, ambas de Steven Spielberg. Cuando se
estrenó la primera, yo solo tenía tres años, así que debió ser algunos años más
tarde, cuando ya tenía 8 o 9 años, cuando las vi en televisión. Ambas películas
nos hablan del encuentro con extraterrestres y la conmoción que esto suponía
para los que vivían estos encuentros en primera persona. De hecho, leyendo
sobre la primera de ellas, el título original, Close Encounters of the Third
Kind, proviene de la clasificación del astrónomo y ufólogo J. Allen Hynek,
que participó como asesor de la película y que dividía los posibles encuentros
en tres tipos básicos: Los “encuentros de primer tipo” se referían a avistamientos
de ovnis; los “encuentros de segundo tipo”, que serían las evidencia físicas
encontradas (huellas, interferencia técnica); y los “encuentros cercanos de tercer
tipo” (de donde viene el nombre original de la película) que se aplica al contacto
directo con seres extraterrestres.
El otro día escuché al
filósofo Francesc Torralba la distinción entre hechos y acontecimientos. Los
hechos son aquellos encuentros que vivimos cotidianamente y no tienen una
significación especial en nuestra vida. Los acontecimientos son aquellos
encuentros que marcan o golpean nuestro ser y nuestra forma de vivir
significativamente. En este sentido, encontrarse personalmente con un
extraterrestre (lo que sería un encuentro del tercer tipo), creo que podría ser
calificado de acontecimiento, pues cambiaría seguro nuestra percepción del
universo que nos rodea, de la idea de un lugar ignoto y vacío, a un lugar
habitado y por explorar en búsqueda de nuevos encuentros.
La vida de los cristianos
se basa en un acontecimiento. Un encuentro que, sin duda, es aún más
extraordinario que lo que supondría encontrarse con un ser viviente e
inteligente que habitara fuera del planeta Tierra. El evangelio según san Lucas
nos habla de dos hombres que habían sido discípulos de Jesús de Nazaret y
caminaban alejándose de Jerusalén. Digo bien que habían sido discípulos porque
ellos sabían que este Jesús había muerto crucificado dos días antes. Y uno no
puede ser, en sentido estricto, discípulo actual de un muerto.
Pero en un momento del
camino les sucedió algo sorprendente. Se les unió un desconocido, que comenzó a
caminar y a dialogar con ellos sobre lo que había pasado esos días en Jerusalén
y que les tenía tan abatidos. Poco a poco y sin saber muy bien por qué, las
palabras de este hombre hacían arder su corazón, hasta tal punto que, cuando
llegaron a su destino y el hombre quiso seguir adelante, le rogaron que se
quedara a pasar la noche con ellos. Cuando se sentaron a cenar y él partió el
pan, ellos reconocieron que era el mismo Jesús de Nazaret, pero de una forma
totalmente nueva, absolutamente insólita. Jesús desapareció, pero el pan
partido por él quedó en sus manos como un signo de que no había sido un sueño o
una alucinación.
No pudieron esperar y
volvieron corriendo a contárselo al resto de los discípulos que habían quedado
en Jerusalén. Allí descubrieron que también se había aparecido a otros
discípulos. Ciertamente este es un acontecimiento que cambió sus vidas. Jesús
de Nazaret, no sólo no estaba muerto, sino que vivía con una forma nueva de
vida, que ya no estaba atada al devenir del tiempo y de la muerte. Vivía así,
ya, para siempre. Y esto cambió sus vidas, porque entendieron que también les
afectaba a ellos y a todos los que creyeran en el testimonio de ellos y, por
tanto, estuvieran abiertos a una relación con Jesucristo resucitado.
En cierta manera, la clasificación de J. Allen Hynek puede aplicarse a los cristianos, que hemos creído en aquellos testigos de encuentros cercanos con Jesucristo resucitado, un ser humano que, siendo el Hijo de Dios, era también el hijo de María y vive ahora una nueva forma de humanidad. Además, nuestra experiencia de fe es que, no sólo hemos creído en este encuentro, sino que, de diversas formas, también nosotros lo hemos experimentado personalmente, lo que ha cambiado radicalmente nuestras vidas. Es un encuentro cercano del tercer tipo. Y no con un extraterrestre, sino con el mismísimo Hijo de Dios.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
