El Señor perdona, enseguida. Pero es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús
¿Por
qué es importante confesarse? Usted fue el primer papa en hacerlo públicamente,
durante las liturgias penitenciales de la Cuaresma, en San Pedro… Pero ¿no
bastaría, en el fondo, con arrepentirse y pedir perdón solos, enfrentarse solos
con Dios?
Fue Jesús quien
les dijo a sus apóstoles: «Aquellos a quienes perdonéis los pecados, serán
perdonados; aquellos a quienes no se los perdonéis, no serán perdonados»
(Evangelio de san Juan 20, 19-23). Así pues, los apóstoles y sus sucesores —los
obispos y los sacerdotes que son sus colaboradores— se convierten en
instrumentos de la misericordia de Dios. Actúan in persona
Christi. Esto es muy hermoso. Tiene un profundo significado, pues
somos seres sociales.
Si tú no eres
capaz de hablar de tus errores con tu hermano, ten por seguro que no serás
capaz de hablar tampoco con Dios y que acabarás confesándote con el espejo,
frente a ti mismo. Somos seres sociales y el perdón tiene también un aspecto
social, pues también la humanidad, mis hermanos y hermanas, la sociedad, son
heridos por mi pecado.
Confesarse con un
sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que
en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. Es una manera de ser
concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no
a uno mismo reflejado en un espejo.
Y el Señor
perdona, enseguida. Pero es importante que vaya al confesionario, que me ponga
a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille
frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios.
Hay una
objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que en ese
momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura. Siempre me ha
conmovido ese gesto de la tradición de las Iglesias orientales, cuando el
confesor acoge al penitente poniéndole la estola en la cabeza y un brazo sobre
los hombros, como en un abrazo. Es una representación plástica de la bienvenida
y de la misericordia.
Recordemos que no
estamos allí en primer lugar para ser juzgados. Es cierto que hay un juicio en
la confesión, pero hay algo más grande que el juicio que entra en juego. Es
estar frente a otro que actúa in persona Christi para acogerte y perdonarte. Es el
encuentro con la misericordia.
¿Qué puede decir de su
experiencia como confesor? Se lo pregunto porque parece una experiencia que ha
marcado profundamente su vida. En la primera misa celebrada con los fieles tras
su elección, en la parroquia de Santa Ana, el 17 de marzo de 2013, usted habló
de aquel hombre que decía: «Oiga, padre, yo he hecho cosas gordas…», y al cual
usted contestó: «Ve a ver a Jesús, que Él lo perdona y lo olvida todo». En esa
misma homilía recordaba que Dios nunca se cansa de perdonar. Poco después, en
el ángelus, recordó otro episodio, el de la viejecita que le había dicho
confesándose: «Sin la misericordia de Dios, el mundo no existiría».
Recuerdo muy bien
este episodio, que se me quedó grabado en la memoria. Me parece que aún la veo.
Era una mujer mayor, pequeñita, menuda, vestida completamente de negro, como se
ve en algunos pueblos del sur de Italia, en Galicia o en Portugal. Hacía poco
que me había convertido en obispo auxiliar de Buenos Aires y se celebraba una
gran misa para los enfermos en presencia de la estatua de la Virgen de Fátima.
Estaba allí para confesar. Hacia el final de la misa me levanté porque debía
marcharme, pues tenía una confirmación que administrar.
En ese momento,
llegó aquella mujer, anciana y humilde. Me dirigí a ella llamándola abuela,
como acostumbramos a hacer en Argentina. «Abuela, ¿quiere confesarse?» «Sí», me
respondió. Y yo, que estaba a punto de marcharme, le dije: «Pero si usted no ha
pecado…». Su respuesta llegó rápida y puntual: «Todos hemos pecado». «Pero
quizá el Señor no la perdone…», repliqué yo. Y ella: «El Señor lo perdona
todo». «Pero ¿usted cómo lo sabe?» «Si el Señor no lo perdonase todo —fue su
respuesta—, el mundo no existiría.»
Un ejemplo de la
fe de los sencillos, que tienen ciencia infusa aunque jamás hayan estudiado
teología.
Me impresionaron las palabras de aquella
mujer: sin la misericordia, sin el perdón de Dios, el mundo no existiría, no
podría existir. Como confesor, incluso cuando me he encontrado ante una puerta
cerrada, siempre he buscado una fisura, una grieta, para abrir esa puerta y
poder dar el perdón, la misericordia.
Usted una vez afirmó que el
confesonario no debe ser una «tintorería». ¿Qué significa eso? ¿Qué quería
decir?
Era un ejemplo,
una imagen para dar a entender la hipocresía de cuantos creen que el pecado es
una mancha, tan sólo una mancha, que basta ir a la tintorería para que la laven
en seco y todo vuelva a ser como antes. Como cuando se lleva una chaqueta o un
traje para que le saquen las manchas: se mete en la lavadora y ya está. Pero el
pecado es más que una mancha. El pecado es una herida, hay que curarla,
medicarla. Por eso usé esa expresión: intentaba evidenciar que ir a confesarse
no es como llevar el traje a la tintorería.
Fuente: Papa Francisco, El nombre de Dios es
Misericordia
