No
dejemos de ver la cruz, pues si la miramos con atención quizá nos indique el
camino para encontrar el sentido del sufrimiento en la vida del hombre
Si algún día encontrara a una persona que
me hiciera esa pregunta, no sabría exactamente cómo responder. Podría decir
muchas cosas, pero me engañaría, porque, en el fondo, yo no tengo la
respuesta.
Al pensar en esto me viene a la mente la
escena del evangelio en que Cristo se hallaba clavado en la cruz y con las
pocas fuerzas que le quedaban gritó: ¡Dios mío, porqué me has abandonado! Con
esta exclamación Jesús se hizo portavoz a todos aquellos hombres y mujeres que
sufren mucho y que claman a Dios.
No dejemos de ver la cruz, pues si la
miramos con atención nos dará una gran sorpresa y quizá incluso nos indique el
camino para encontrar el sentido del sufrimiento en la vida del hombre.
El evangelio nos cuenta que a cada lado de
Jesús había un ladrón. Uno le insultaba, el otro, en cambio, se puso a
defenderlo. Estos dos ladrones bien pueden ser una representación de la
humanidad. Ante la cruz, ante el dolor y sufrimiento, se ponen de un lado los
que ignoran o rechazan a Dios. A veces ellos desahogan su rencor acumulado en
un dios que les resulta mudo e impotente. Se burlan de él. Del otro lado está
el ladrón que representa la otra parte de la humanidad, aquellos que sufren,
pero encuentran en Dios consuelo y esperanza. Ante las mismas circunstancian,
dos actitudes totalmente distintas.
Pero allí no termina todo. El buen ladrón
no se limitó a defender a Jesús. Aprovechó para pedirle un favor a Cristo.
¡Cómo es posible! ¡Si esto no apareciera en el evangelio entonces sería algo
ridículo! Una persona que le pide un favor a un moribundo castigado por la
justicia y que se encuentra colgado de una cruz. Además ¡Qué favor! Ni más ni
menos que la gracia de ir al cielo. Meditar en esto me conmueve. El buen ladrón
no comprendería muchas cosas, pero una cosa la tenía bien clara: Aquel hombre,
Jesús de Nazaret, tenía el poder para llevar a una persona al paraíso. El buen
ladrón, aquel día, se abandonó totalmente en las manos de Dios.
Seguramente a Jesús le conmovió la
confianza de Dimas, pues tuvo a bien responderle: yo te aseguro, hoy estarás
conmigo en el paraíso. De este modo Dimas se convirtió en el hombre más dichoso
del mundo. No importaron sus muchas maldades ni sus pecados. Creyó totalmente
en Cristo, se abandonó en sus brazos y obtuvo lo que un ser humano más podría
desear, la vida eterna, el paraíso. Su único mérito fue estar en el lugar indicado
en el momento justo y confiar. Aquel día tuvo lugar el robo más grande de la
historia, un ladrón le robó ni más ni menos que el paraíso a Dios y se lo robó
por un simple acto de confianza en él.
Yo no sé por qué Dios permite que gente
inocente y buena sufra, no tengo la respuesta ni la solución; pero entre tanta
oscuridad todo hombre puede tener la seguridad de que Dios no le ha abandonado,
de que Dios no le rechaza y de que si se abandona totalmente en sus brazos,
entonces encontrará consuelo y paz en medio de tanto dolor.
Es verdad, Jesús mismo le gritó a Dios
sobre la cruz: “Dios mío, por qué me has abandonado”; pero no es menos cierto
que las últimas palabras del redentor fueron un acto de confianza y abandono
total. “En tus manos, Padre, encomiendo mi Espíritu”.
Por: Victor Orozco LC
