La lección que nos da la historia
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| ¿Qué encuentran los musulmanes cuando llegan? |
Lecciones de
historia
En el año 711,
un ejército de bereberes y árabes cruzó el estrecho de Gibraltar y en menos de
tres años deshizo un reino que llevaba dos siglos construyéndose. El reino
visigodo de Hispania, que había sido el heredero más directo de la tradición
romana y cristiana en Occidente, que había celebrado diecisiete concilios en
Toledo organizando la vida de la Iglesia y del Estado con una sofisticación que
pocas instituciones de la época podían igualar, se derrumbó con una rapidez que
dejó perplejos a los propios contemporáneos. Y esa perplejidad generó una
pregunta que los cronistas de la época no tardaron en intentar responder: ¿cómo
fue posible?
La respuesta
que dieron no buscó la explicación principal en la fuerza del enemigo, sino que
la buscó de puertas para adentro.
Descomposición
interna
Los últimos
decenios del reino visigodo mostraban síntomas que hoy reconoceríamos sin
dificultad. El rey Witiza, en los años previos a la conquista, había disuelto
los concilios, dejado caer en desuso los cánones eclesiásticos y autorizado a
obispos, presbíteros y diáconos a casarse, rompiendo la disciplina que la
Iglesia hispana había sostenido durante generaciones. La Crónica de Alfonso III
señala que reyes y sacerdotes, olvidando juntos la ley del Señor, atrajeron
sobre sí mismos el exterminio de la guerra. El obispo de Toledo en aquellos
años finales, Sinderedo, es descrito por las fuentes como un pastor incapaz de
frenar la corrupción que crecía en el clero y en el laicado, y que cuando
llegaron los ejércitos árabes huyó de su sede hacia Roma en lugar de quedarse
con su pueblo. Las crónicas medievales lo recogieron como símbolo del abandono
pastoral que había preparado la catástrofe.
Y para que el
cuadro fuera completo, el obispo Oppas, hijo del propio Witiza y metropolitano
de Sevilla, colaboró activamente con los invasores por resentimiento hacia el
rey Rodrigo. Un obispo. Traicionando a su pueblo en el momento más grave de su
historia, desde dentro de la jerarquía eclesiástica. No desde fuera.
¿Castigo de
Dios?
Eso es lo que
los cronistas medievales señalaban como causa de la ruina: la corrupción del
que estaba dentro. Dios había permitido la catástrofe de la invasión a causa de
la relajación de los valores, del poder político, de las costumbres, y de la
Iglesia, como una lección para Occidente y para la propia Iglesia, dejando un
resto en Covadonga por medio de su Madre que iniciaría la reconquista hasta la
edad de oro de España en los siglos XV-XVI.
Podría quedarme
en la historia y hacer de esto un artículo de divulgación. Pero la razón por la
que llevo días pensando en todo esto no es académica. Es que cuando miro a
Europa hoy, y cuando miro a España hoy, el esquema que describen esos cronistas
me resulta inquietantemente familiar.
Las raíces
cristianas
Europa lleva
décadas vaciándose de su propia identidad cristiana. Las iglesias se cierran o
se venden. La catequesis ha dejado de transmitir fe viva en la mayoría de los
casos. Generaciones enteras de bautizados no saben explicar en qué creen ni por
qué. La familia se ha redefinido legalmente de formas que habrían resultado
incomprensibles para cualquier civilización anterior. La vida humana, desde su
inicio hasta su fin, se ha vuelto negociable. El celibato, la oración, la
penitencia, la mortificación: conceptos que para los monjes medievales eran el
aire que respiraban, hoy resultan exóticos a veces incluso dentro de la
Iglesia. El Estado se ha entregado al wokismo, ha atacado las raíces cristianas
y humanas de España y de Occidente, y ha perdido completamente el norte.
Y mientras eso
ocurre, miles de personas de fe islámica, con convicciones religiosas firmes y
con una identidad cultural muy definida, entran en España y en Europa cada año.
Muchas de ellas ilegalmente, en circunstancias que el Estado no controla con la
eficacia que debería. Véase lo sucedido hace no mucho en Ceuta... La pregunta
que los cronistas medievales nos legan es: ¿Los musulmanes que están entrando
encuentran una sociedad fuerte con convicciones sólidas y valores humanos que
hacen frente a su posible colonización cultural? ¿O más bien lo contrario?
¿Está la Iglesia defendiendo la fe cristiana frente a la “fe musulmana”? ¿O lo
reduce todo a una cuestión social? Lo que queda en Europa hoy, en términos de
identidad, de convicciones, de fe capaz de sostener una civilización, es
bastante menos de lo que había en la España visigoda cuando llegaron los
ejércitos de Tariq...
La España
visigoda tenía concilios, tenía doctrina, tenía una Iglesia organizada, tenía
santos recientes como Isidoro de Sevilla. Y aun así cayó, porque por dentro la
disciplina se había disuelto, la jerarquía había traicionado y el pueblo había
dejado de vivir lo que profesaba. Y porque el Gobierno se había relajado y
estaba enzarzado en disputas internas, con los gobernantes buscando sólo su
propio interés, y habiendo perdido las raíces cristianas, incluso
despreciándolas.
Un paralelismo
inquietante...
El paralelismo
que los cronistas medievales establecían era un examen de conciencia propio.
Igual que Isaías: advierte a Israel de que su propio pecado lo ha vuelto
vulnerable. La lección es que cuando una sociedad y una Iglesia pierden su
identidad, su fe, su cohesión interior y su voluntad de transmitir lo que han
recibido, se vuelven frágiles ante cualquier cosa que llegue con más fuerza y
más convicción que ellas.
La pregunta que
esos cronistas nos lanzan desde el siglo IX no es demográfica ni política. Es
espiritual: ¿cuánta fe queda? ¿Cuánta disciplina? ¿Cuánta coherencia entre lo
que se dice y lo que se vive?
Si hay una lección
que aprender de lo que pasó en el 711, es esa. La vulnerabilidad de un pueblo
cristiano no nace de la fuerza del que llega desde fuera. Nace de la debilidad
con que ese pueblo custodia por dentro lo que ha recibido.
Y la respuesta
a esa debilidad no debe hacerse solo desde lo político o lo social. La
respuesta es la conversión. Es recuperar la fe que se perdió, la familia que se
deshizo, la oración que se abandonó, la doctrina que se diluyó. Es que la
Iglesia deje de mirar de reojo al mundo esperando su aprobación y vuelva a ser
lo que fue en los peores momentos de su historia: la que sostiene, la que
transmite, la que no cede aunque todo alrededor presione para que ceda.
La historia
trata de enseñarnos una lección. Espero que sepamos verla y reaccionemos antes
de que sea tarde. Tal vez esto sea una corrección que Dios nos está dando para
que reaccionemos. En todo caso, aunque sucediera lo peor, no dudo que Dios
suscitará un Pelayo de la mano de María que recogerá el testigo y podrá
devolver a España a sus raíces. Esperemos que no haga falta llegar a ese
punto.
Jesús
María Silva Castignani
Fuente:
ReligiónenLibertad
