En el aniversario de su fallecimiento, recordamos al fundador del Opus Dei, aquel hombre que reavivó una verdad que cambió la espiritualidad del siglo XX: la vida cotidiana como camino de encuentro con Dios
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| San Josemaría Escrivá de Balaguer |
Durante
siglos, muchos habían buscado a Dios lejos del ruido de las ciudades y de las
preocupaciones cotidianas. Josemaría
Escrivá de Balaguer, sin embargo, comprendió que la gracia podía
transformar precisamente esos lugares aparentemente corrientes en camino de
santidad. En una España de los años 30, proponer que un ingeniero, una madre de
familia o un campesino podían alcanzar las más altas cotas de unión con Dios
sin abandonar su lugar en la vida ordinaria era, cuanto menos, desconcertante.
En un tiempo en el que
la perfección cristiana se concebía ligada a los votos
religiosos, aquel joven sacerdote aragonés entendió que el taller de la
santidad también podía trabajarse en el mostrador de un comercio, la mesa de un
despacho o el salón de un hogar. No buscaba crear hombres extraños al mundo,
sino cristianos capaces de encontrar a Dios en el ruido de la calle y en la
fatiga del trabajo ordinario.
Hoy, cuando la Iglesia celebra su festividad litúrgica, la figura del fundador del Opus Dei se presenta como el motor de una realidad que resultó revolucionaria en sí misma. Lo que Escrivá vio el 2 de octubre de 1928 en Madrid —mientras repicaban las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles— no era una nueva estructura jurídica, sino una verdad vieja como el Evangelio y, a la vez, relegada a un segundo plano durante siglos: que la vida corriente es lugar de encuentro con el Creador.
La alegría de saberse hijo de Dios
La vida de Escrivá estuvo marcada por una búsqueda constante que dio sentido a cada uno de sus pasos. Desde aquellos primeros barruntos de su juventud en Logroño, cuando las huellas de unos carmelitas descalzos en la nieve le hicieron sospechar que Dios quería algo de él, hasta su ordenación sacerdotal y sus años de entrega a pobres y enfermos en los suburbios de Madrid, su camino fue una preparación silenciosa para un encargo divino. Sin embargo, el punto de inflexión definitivo ocurrió aquella mañana de octubre de 1928, cuando descubrió con nitidez el camino que estaba llamado a abrir en la Iglesia: una senda para hombres y mujeres inmersos en las realidades del mundo, para ayudarlos a llevar «una vida plenamente cristiana, sin modificar su modo normal de vida, ni su trabajo ordinario, ni sus ilusiones y afanes».
Esta misión no nació de una reflexión teórica, sino de una vivencia personal tan profunda que configuró su propio carácter y su trato con los demás. Por eso, quienes le conocieron destacan que su vida interior no era algo añadido o postizo, sino una atmósfera que lo envolvía todo; era un hombre alegre, enérgico y con un gran sentido del humor. Su personalidad vibrante era el reflejo de una fe que no entendía de compartimentos estancos. De este modo, tenía la capacidad de pasar de comentar un hecho trivial a hablar de la Santísima Trinidad con total sencillez, haciendo que la realidad divina fuera tan cercana como los objetos de su mesa de trabajo.
Esa misma naturalidad fue la que le llevó a formular una intuición que entonces resultaba desconcertante: Dios no espera al hombre únicamente en el monasterio o en la sacristía, sino también en una oficina, en un aula, en una fábrica o en la cocina de una casa. No se trataba de hacer cosas extraordinarias, sino de convertir en extraordinario, por amor a Dios, lo que aparentemente era ordinario.
El último regreso a casa
Escrivá rompió esos
muros invisibles. Su mensaje no pedía a los hombres que fueran menos ciudadanos
para ser más cristianos, sino que fueran mejores profesionales precisamente por
serlo. Esta intuición, que años más tarde el Concilio
Vaticano II recogería como doctrina común, sigue siendo hoy el núcleo
de una Prelatura que cuenta con más de 87.000 miembros en los cinco
continentes.
También su despedida de
este mundo estuvo marcada por esa misma sencillez con la que había enseñado a
encontrar a Dios en las cosas pequeñas. La mañana del 26
de junio de 1975 comenzó como siempre. A las 7:53 celebró la Santa
Misa y, poco después, emprendió viaje a Castelgandolfo para
visitar a un grupo de mujeres de la Obra. A pesar de un cansancio creciente,
bromeaba y rezaba durante el trayecto. En su última tertulia, que apenas duró
veinte minutos, insistió en el amor a la Iglesia y al Papa.
De
vuelta en Villa Tevere, la sede
central en Roma, pasó a saludar al Santísimo en el oratorio y, después de
dirigir una última mirada a una imagen de la Virgen, pronunció cuatro palabras:
«No me encuentro bien». Segundos después, se desplomaba. Falleció instantes
después, habiendo suplicado a Dios en repetidas ocasiones la gracia de morir
«sin dar la lata». Aquella muerte rápida y serena fue la culminación de un ofrecimiento diario de su vida por la Iglesia.
San Josemaría se marchó
con una promesa que hoy muchos experimentan como una realidad viva: «Desde el Cielo podré ayudaros mejor». Una
herencia que interpela a quien se sabe llamado a convertir la prosa diaria en
«endecasílabos de amor de Dios», transformando el mundo desde dentro, con la
fuerza de la gracia y el valor de lo ordinario.
María Rabell García Corresponsal
en Roma y El Vaticano
Fuente: El Debate
