Fernando Redondo Benito reivindica que las fiestas patronales no terminen con la procesión y pone como ejemplo la labor de la Santa Caridad de Toledo en una prisión
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| Religión Confidencial |
Agosto llena de
nuevo las calles de procesiones, romerías, novenas y fiestas patronales.
Pueblos y ciudades recuperan durante estos días tradiciones transmitidas
durante generaciones, mientras miles de personas regresan a sus lugares de
origen para reencontrarse con sus familias y con las devociones que forman
parte de su historia.
Pero, cuando
termina la procesión y la imagen regresa al templo, queda una pregunta: ¿qué
permanece de esa celebración en la vida de los demás? Fernando Redondo
Benito, Mayordomo de Finados de la Antigua, Ilustre y Real Cofradía de la Santa
Caridad de Toledo, propone mirar precisamente hacia ese momento. «La
religiosidad popular no necesita más público, sino más prójimo», afirma.
Su reflexión no
pretende cuestionar el valor de las fiestas patronales ni de las tradiciones
religiosas. Al contrario, plantea que la emoción de la celebración debería
prolongarse en el cuidado de las personas, especialmente de quienes viven
situaciones de soledad, enfermedad, pobreza, exclusión o privación de libertad.
Una
religiosidad que continúa después de la procesión
Para Redondo
Benito, el éxito de una fiesta patronal no debería medirse únicamente por el
número de asistentes, la dimensión de una procesión o la repercusión pública de
los actos. Su verdadera fecundidad aparece cuando aquello que se celebra ayuda
también a reconocer al prójimo.
Las cofradías y
hermandades cuentan, en este sentido, con una capacidad de presencia
difícilmente sustituible. Están arraigadas en barrios y municipios, mantienen
vínculos entre generaciones y pueden llegar a personas que permanecen alejadas
de otros espacios de participación eclesial.
El reto está en
que esa capacidad de convocatoria no termine en los cultos, las
procesiones o las celebraciones. La pertenencia a una corporación religiosa,
sostiene Redondo Benito, debería educar la mirada para reconocer también a
quienes permanecen lejos del centro de la escena.
«La caridad
tampoco cierra en agosto»
El descenso de
la actividad pública durante el verano puede transmitir la sensación de que las
cofradías entran en periodo de descanso. Sin embargo, la caridad no sigue
el mismo calendario que las procesiones.
La soledad, la
enfermedad, la pobreza, la exclusión y la realidad penitenciaria no desaparecen
durante agosto. Por eso, Redondo Benito reivindica una acción caritativa que no
dependa de campañas puntuales ni quede limitada a determinados momentos del
año.
La Antigua,
Ilustre y Real Cofradía de la Santa Caridad de Toledo mantiene
precisamente durante estos meses su actividad en el Centro Penitenciario
Ocaña I, donde desarrolla una labor de acompañamiento y encuentro con personas
privadas de libertad.
En ese
contexto, la caridad adquiere una dimensión alejada de los grandes actos
públicos. Se traduce en tiempo compartido, escucha, cultura y
acompañamiento, además de en la voluntad de recordar que una persona no puede
quedar reducida únicamente a la condena que cumple.
De la devoción
al cuidado del prójimo
Para Redondo
Benito, esta actividad no constituye un elemento separado de la vida de una
cofradía, sino una de sus expresiones más profundas. La misma fe que se
manifiesta públicamente en una procesión puede hacerse cercana dentro de una
prisión.
La cuestión,
por tanto, no es elegir entre culto y compromiso, celebración y servicio o
belleza y caridad. Se trata de recuperar su unidad. Las flores, la música, los
hábitos, los estandartes y los pasos procesionales pueden expresar una fe que,
después, se transforma en responsabilidad hacia los demás.
La caridad
tampoco debería reducirse a un apartado dentro del calendario anual de una
hermandad. Comienza en gestos cotidianos: recibir a quien llega por primera
vez, acompañar a un hermano enfermo, escuchar a quien atraviesa dificultades o
detectar las necesidades que existen alrededor de la propia comunidad.
El futuro de
las fiestas patronales
Las
celebraciones de agosto ofrecen una oportunidad para recuperar precisamente esa
dimensión. Miles de personas vuelven a sus pueblos, se reencuentran con sus
devociones familiares y participan en tradiciones que forman parte de su
memoria.
Pero, para
Redondo Benito, el futuro de la religiosidad popular no dependerá
únicamente de conservar las costumbres o aumentar el número de participantes.
También dependerá de su capacidad para transformar la emoción en
responsabilidad, la pertenencia en cuidado y la devoción en proximidad.
«Una fiesta
patronal no debería terminar cuando concluye la procesión. Tendría que
continuar en alguna soledad acompañada, en alguna necesidad reconocida y en
alguna puerta que haya quedado abierta», sostiene.
La actividad de
la Santa Caridad de Toledo en el Centro Penitenciario Ocaña I representa, en su
opinión, una forma concreta de mantener esa continuidad. Mientras las fiestas
llenan las calles durante agosto, la caridad mantiene su propio
calendario: el de las personas, sus necesidades y sus esperanzas.
La propuesta de
Redondo Benito no consiste en restar importancia a la fiesta, sino en llevarla
hasta sus últimas consecuencias: desplazar por un momento la mirada desde
el público hacia el prójimo.
Porque una
religiosidad popular capaz de reunir y emocionar a miles de personas encuentra
también su sentido cuando sabe detenerse ante una sola.
Fuente: Religión Confidencial
