COMENTARIO AL EVANGELIO DE NUESTRO OBISPO D. JESÚS VIDAL: "DIGNIDADES"

¿Sabes si son dignos? Esta es una pregunta que provocaba en mí una gran conmoción en el tiempo en que fui rector del Seminario de Madrid.
Dominio público

Es la pregunta que hace el obispo a aquel que presenta a los candidatos a ser ordenados sacerdotes. ¿Qué significaba esa dignidad?

En la vida eclesial se ha confundido muchas veces esta dignidad con el honor y el poder. De hecho, si buscamos la palabra “dignidad” en el diccionario, muchas de las acepciones se refieren a situaciones de honor más elevado y dos de ellas hacen referencia directa a la Iglesia. Otra confusión habitual es la de tomar el adjetivo “digno” en la primera acepción del diccionario, que lo define como «merecedor de algo».

Se podría pensar entonces, que el obispo pregunta al rector si el candidato se merece ser sacerdote. Lo mismo se piensa en muchas ocasiones, de forma equivocada, para el ministerio del obispo o para los envíos dentro de la misión de la Iglesia. Así, el carrerismo, tan criticado por el papa Francisco, entra de forma habitual en nuestro lenguaje eclesiástico pensando que la misión corresponde a los méritos que uno ha alcanzado, como en la escala de la administración pública o del ejército.

Pero es la segunda acepción del diccionario la que se ajusta mejor al verdadero significado de esta pregunta: «Correspondiente, proporcionado al mérito y condición de alguien o algo». Más concretamente, en este caso, podemos definirlo como correspondiente a alguien: a Jesucristo.

La pregunta acerca de la dignidad del candidato se refiere a lo que hoy escuchamos en el Evangelio en el que Jesús, concluye su enseñanza acerca de la misión con palabras duras: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga su cruz y me sigue, no es digno de mí». Jesús envía a los discípulos a anunciar el Evangelio de la misma manera que él ha sido enviado por el Padre. Para que se cumpla lo que dice un poco después («el que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado») es necesaria una correspondencia total entre el discípulo y Jesucristo.

¿Cómo se da esta correspondencia o configuración? Por dos caminos. En primer lugar, por el amor más grande. De la misma forma que por el amor nos configuramos por mimetismo con nuestros padres, así, por amor a Cristo hemos de mimetizarnos con él. Muchas veces, al vernos junto a nuestros padres, se nos dice: «¡Es innegable que es tu padre! ¡Cómo os parecéis!».

Lo mismo se debería decir de nosotros con relación a Jesucristo. Quien viera a un cristiano, debería ver una forma concreta y única del Hijo de Dios encarnado. Así lo vemos en los santos, y todos estamos llamados a vivir esta perfecta configuración que va haciéndose por el amor.

El segundo camino, consecuencia del primero es la victoria sobre el misterio del mal que hiere el amor. La cruz es la entrega de Cristo en las manos confiadas del Padre, mostrando así que el mal y la muerte no tienen la última palabra. La identificación del discípulo con el Maestro está en la disponibilidad para cargar con su propia cruz, es decir, a vivir en sus circunstancias personales testimonio de un amor que ha vencido a la muerte.

Estas palabras nos parecen duras. Ciertamente están fuera de nuestro alcance, pero es amor de Cristo el que las va realizando en aquellos que permanecen junto a él. Además, la enseñanza de Jesús concluye con una gran esperanza: basta abrir un poco la puerta de nuestra casa para que el Señor entre en ella a raudales; un sencillo gesto de amor, como un vaso de agua, no pasará desapercibido y abrirá a quien lo da a la nueva lógica del don.

 + Jesús Vidal 

Obispo de Segovia

Fuente: Diócesis de Segovia