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| Dominio público |
Es la
pregunta que hace el obispo a aquel que presenta a los candidatos a ser
ordenados sacerdotes. ¿Qué significaba esa dignidad?
En la vida
eclesial se ha confundido muchas veces esta dignidad con el honor y el poder.
De hecho, si buscamos la palabra “dignidad” en el diccionario, muchas de las
acepciones se refieren a situaciones de honor más elevado y dos de ellas hacen
referencia directa a la Iglesia. Otra confusión habitual es la de tomar el
adjetivo “digno” en la primera acepción del diccionario, que lo define como
«merecedor de algo».
Se podría
pensar entonces, que el obispo pregunta al rector si el candidato se merece ser
sacerdote. Lo mismo se piensa en muchas ocasiones, de forma equivocada, para el
ministerio del obispo o para los envíos dentro de la misión de la Iglesia. Así,
el carrerismo, tan criticado por el papa Francisco, entra de forma habitual en
nuestro lenguaje eclesiástico pensando que la misión corresponde a los méritos
que uno ha alcanzado, como en la escala de la administración pública o del
ejército.
Pero es la
segunda acepción del diccionario la que se ajusta mejor al verdadero significado
de esta pregunta: «Correspondiente, proporcionado al mérito y condición de
alguien o algo». Más concretamente, en este caso, podemos definirlo como
correspondiente a alguien: a Jesucristo.
La pregunta acerca
de la dignidad del candidato se refiere a lo que hoy escuchamos en el Evangelio en el que Jesús, concluye su
enseñanza acerca de la misión con palabras duras: «El que quiere a su padre o a
su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija
más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga su cruz y me sigue, no es
digno de mí». Jesús envía a los discípulos a anunciar el Evangelio de la misma
manera que él ha sido enviado por el Padre. Para que se cumpla lo que dice un
poco después («el que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe a
mí, recibe al que me ha enviado») es necesaria una correspondencia total entre
el discípulo y Jesucristo.
¿Cómo se da
esta correspondencia o configuración? Por dos caminos. En primer lugar, por el
amor más grande. De la misma forma que por el amor nos configuramos por
mimetismo con nuestros padres, así, por amor a Cristo hemos de mimetizarnos con
él. Muchas veces, al vernos junto a nuestros padres, se nos dice: «¡Es
innegable que es tu padre! ¡Cómo os parecéis!».
Lo mismo se
debería decir de nosotros con relación a Jesucristo. Quien viera a un
cristiano, debería ver una forma concreta y única del Hijo de Dios encarnado.
Así lo vemos en los santos, y todos estamos llamados a vivir esta perfecta
configuración que va haciéndose por el amor.
El segundo
camino, consecuencia del primero es la victoria sobre el misterio del mal que
hiere el amor. La cruz es la entrega de Cristo en las manos confiadas del
Padre, mostrando así que el mal y la muerte no tienen la última palabra. La
identificación del discípulo con el Maestro está en la disponibilidad para
cargar con su propia cruz, es decir, a vivir en sus circunstancias personales
testimonio de un amor que ha vencido a la muerte.
Estas
palabras nos parecen duras. Ciertamente están fuera de nuestro alcance, pero es
amor de Cristo el que las va realizando en aquellos que permanecen junto a él.
Además, la enseñanza de Jesús concluye con una gran esperanza: basta abrir un
poco la puerta de nuestra casa para que el Señor entre en ella a raudales; un
sencillo gesto de amor, como un vaso de agua, no pasará desapercibido y abrirá
a quien lo da a la nueva lógica del don.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
