El Papa León XIV continuó durante la Audiencia General de este miércoles con su reflexión sobre los documentos del Concilio Vaticano II, centrándose en la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la liturgia.
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| El Papa saluda a los peregrinos en la plaza de San Pedro del Vaticano | Crédito: Daniel Ibañez/EWTN News |
En este
contexto, valoró la reforma litúrgica impulsada por los Padres conciliares, en
particular la elaboración del Leccionario, el libro que recoge las lecturas
bíblicas para las celebraciones litúrgicas. Lea aquí el texto completo de la
catequesis del Santo Padre.
Queridos
hermanos y hermanas,
seguimos con
las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, en particular
sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) sobre la Liturgia.
Cuando san
Agustín quiere explicar a los nuevos bautizados el misterio del Cuerpo de
Cristo, retoma el pasaje de san Pablo que hemos escuchado: «Vosotros sois el
cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Cor 12, 27).
Y añade:
«Recibís el misterio que sois vosotros. A eso que sois, respondéis “Amén”, y al
responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues: “Cuerpo de Cristo”, y respondes:
“Amén”.
Sé miembro del
cuerpo de Cristo, para que tu “Amén” responda a la verdad. [...] Sed lo que
veis y recibid lo que sois» (Sermón 272). Justo después de haber evocado la
Última Cena de Jesús, la Constitución sobre la Liturgia habla de la Eucaristía
con estos acentos agustinianos. Para los cristianos, formar parte de la mesa
del Señor significa que «sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan
en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios» (SC, 48).
Recibiéndolo en
su Palabra y en la Eucaristía nos convertimos en lo que recibimos. Nos
convertimos en el Cuerpo cuya Cabeza es el Cristo resucitado, sentado a la
derecha del Padre (cfr Col 1, 18), el cual nos prepara un lugar en los cielos
(cfr Jn 14, 3): la Eucaristía es así el sacramento del Reino que viene. Es el
Pan del camino, que nos conduce hacia la Patria celeste, hasta el día beato en
el que «Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28).
La asamblea
litúrgica ofrece el Sacrificio «no sólo por manos del sacerdote, sino
juntamente con él» (SC, 48). En esta perspectiva, la Eucaristía es la forma del
sacrificio espiritual de los cristianos (cfr Hb 13, 16; Rm 12, 1), en cuanto
camino de la unión con Dios y de la unión recíproca.
Al participar
en ella, aprenden a que «se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la
unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos»
(ibid.). Así, incorporándonos a Cristo, la Eucaristía nos enseña a adoptar el
estilo de vida del mismo Señor Jesús, marcado por el don gratuito de sí mismo.
Este don nos
hace entrar, por esto, en la dinámica de la unidad, que ofrece un poderoso
antídoto a los fermentos de división que amenazan nuestro mundo, nuestras
comunidades, nuestras familias, nuestro corazón (cfr SC, 47).
Queridos,
cuando participamos en la Eucaristía somos invitados a escuchar la Palabra de
Dios y a nutrirnos en la mesa del Señor, donde Él mismo se ofrece al Padre.
Estas dos partes de la Misa, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia
eucarística, «están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de
culto» (SC, 56).
En lo que se
refiere a la Palabra, es necesario recordar que no se trata solamente de
adquirir un saber intelectual sobre las Escrituras, sino de recibir la Palabra
«viva y eficaz» (Hb 4, 12), dirigida por Dios a todos y al mismo tiempo a cada
uno, Palabra que nutre y alimenta junto al Pan eucarístico y nos hace pasar de
la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo.
«La Eucaristía
nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su
vez, ilumina y explica el misterio eucarístico» (BENEDICTO XVI, Exhort. ap.
postsin. Verbum Domini, 55).
El Concilio
Ecuménico II ha pedido: «ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia,
de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes
más significativas de la Sagrada Escritura» (SC, 51).
La reforma
litúrgica ha traducido esta petición en ese tesoro que es el Leccionario, es
decir, el libro que recoge todas las Lecturas bíblicas para las celebraciones
litúrgicas. Tal amplitud se ha extraído de la fuente más pura de la Tradición
viviente, que combina la «sana tradición» con «el camino a un progreso
legítimo» (SC, 23).
El inicio del
capítulo II de la Constitución sobre la Liturgia está entretejido con
referencias al gran río de la Tradición, que va desde los Padres de la Iglesia
hasta nosotros.
Lo cito:
«Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó
el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar
por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su
Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de
piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se
come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria
venidera» (SC, 47).
Queridos
hermanos y hermanas, acudamos con fe a esta fuente de vida divina y dejémonos
transformar por el misterio que celebramos.
Por Papa León XIV
Fuente: ACI Prensa
