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Algunos creen que ser un buen padre es pagar las cuentas a tiempo y poner el pan sobre la mesa. Y sí eso es importante. Pero reducir la paternidad a la eficacia de un proveedor es como creer que un árbol vive solo por la corteza y no por la savia que lo recorre en silencio.
Muchos hombres, quizá sin mala intención, han caído en ese espejismo. Trabajan duro, pagan las colegiaturas, ropa, aparatos, comodidades, y terminan creyendo que allí va incluido el amor. Como si el cariño pudiera depositarse en una cuenta bancaria. Como si el cariño estuviera pegado. Como si la presencia pudiera sustituirse con objetos.
Pero el alma de un hijo se alimenta de cercanía, de mirada, de escucha, de esa extraña y sagrada sensación de saberse importante para alguien. El dinero resuelve muchas cosas, sin duda, pero no puede abrazar, no puede consolar, no puede interpretar un miedo infantil, no puede celebrar y festejar cuando se decide la vocación, o quedarse en silencio al lado de un hijo enfermo para decirle, sin palabras: aquí estoy.
Cumplir con lo material es apenas el umbral
Es la puerta de entrada, no la casa entera. Porque un hogar no se sostiene solo con ladrillos y despensa; también necesita calor humano, conversación, complicidad, tiempo compartido. De poco sirve construir un patrimonio si dentro de ella crecen corazones huérfanos. Hay padres impecables en la logística familiar, pero ausentes en el territorio más delicado: el mundo interior de sus hijos.
Y ahí es donde empieza la verdadera paternidad: no solo en la cartera sino en la convivencia. Un padre no está llamado solo a mantener, sino a formar. No solamente a cubrir gastos, sino a generar confianza. No únicamente a dar cosas, sino a entregarse él mismo.
Ser padre, algo más que buena voluntad
Exige conciencia. Exige aprendizaje. Exige humildad para reconocer que amar a un hijo no es tan simple como quererlo mucho. Hay que saber amarlo. Hay que cultivarse para entender sus etapas, sus crisis, sus lenguajes, sus silencios, sus nuevos desafíos.
La psicología, la pedagogía y la simple sensibilidad humana pueden ayudar mucho en esta tarea. No para volver artificial la relación, sino para volverla más lúcida.
Educar no es delegarla por completo a la escuela
Educar también es ser el primer maestro del afecto, el primer testigo de las emociones del hijo, el primer espejo donde aprende a verse con dignidad o con vergüenza. En la convivencia cotidiana, en la paciencia, en el modo de corregir, en la manera de escuchar, en todo eso se está modelando el carácter.
Al final, lo que nuestros hijos recordarán no será la marca de los zapatos ni el costo del juguete ni el tamaño de la casa. Recordarán si podían hablar con nosotros. Recordarán si nuestra presencia les daba paz o distancia. Recordarán si los mirábamos de verdad. Recordarán si, en medio del ruido del mundo, tuvieron en su padre unos oídos qué escuchaban y un abrazo qué contenía.
Ser padre es una obra de arte que nunca termina. Una especie de manuscrito vivo donde cada día se corrige, se aprende, se borra y se vuelve a escribir. Y quizá la inversión más sabia no esté en multiplicar el patrimonio, sino en multiplicar los momentos de presencia verdadera: sentarse a su lado, caminar juntos, preguntarles cómo está, escuchar sin prisa, tocarles el corazón con las palabras exactas.
Guillermo Dellamary
Fuente: Aleteia
