SALVATORE CERNUZIO DESVELA SU MOMENTO MÁS ÍNTIMO CON FRANCISCO: «EN ESA DESPEDIDA EN EL HOSPITAL COMPRENDÍ QUE TENÍA UN LUGAR ESPECIAL EN SU CORAZÓN PARA MÍ»

El periodista de los medios vaticanos relata en un libro la relación que él y su familia mantuvieron con el Pontífice argentino

OSV News. Salvatore Cernuzio

Salvatore Cernuzio es vaticanista. Hoy trabaja para los medios vaticanos (Vatican News, L’Osservatore Romano). Antes se había desempeñado en Zenit o Vatican Insider. Un trabajo que le ha permitido seguir de cerca los pasos de Francisco, aunque su relación fue más allá de lo profesional. Tras verse en el viaje a Irak en 2021 y entregarle una carta personal, el Pontífice lo llamó. A partir de ahí, comenzó una relación que se extendió a su familia. Hasta el punto de que Francisco lo hizo llamar cuando estaba hospitalizado en el Gemelli para despedirse personalmente de él. Allí le confesó que era como un hijo, un nieto y un hermano. Estos momentos y otros son los que el periodista cuenta en su nuevo libro, Padre. Un retrato inédito del papa Francisco, publicado en italiano por Piemme.

—¿Cómo recuerdas el momento en el que te lo comunicaron?
—No lloré, porque cuando se te rompe algo por dentro, no quiero exagerar, no tienes lágrimas, tienes muchos sentimientos: rabia, frustración… Por otra parte, estaba satisfecho de que fuera justo ese día, después de haber saludado a la gente en la plaza de San Pedro. Pero a partir de ahí te subes a la montaña rusa y ya no entiendes nada. Tenía unas 50 llamadas del trabajo y, como coordinador de Vatican News, debía guiar a la redacción. No entendí nada durante 24 horas. Hasta que lo vi en el féretro, pero, incluso allí, todavía no lo asimilaba. Hoy tengo la sensación de que no está en Santa María la Mayor, sino dando vueltas por alguna parte. Con su Fiat 500L blanco. 

¿Lo echas de menos?
—Muchísimo. Cada día, aunque ya lo he digerido un poco. Los meses posteriores a su muerte, cuando salía de viaje, por ejemplo, a Perú, para hacer un documental sobre León XIV, veía un crucifijo o algún regalo y pensaba que se lo podía comprar. O cuando me llegaba la llamada de un número desconocido [él llamaba desde número desconocido], el corazón me latía fuerte. Sí, lo echo de menos.

—La relación más estrecha con el Papa comenzó tras el viaje de Irak, justo después de la pandemia, cuando leyó una carta que le entregaste. El Papa te llamó. ¿Cómo cambió tu vida tras esa llamada?
—He escrito en mi vida muchos artículos sobre esas llamadas que hacía Francisco, así que pensaba que sería una de tantas. Pero lo que vino fue una obra de Dios. Él me dijo qué podía hacer por mí. Yo estaba en un momento duro, con una mudanza, mi esposa embarazada, el trabajo… Tenía dificultades y la primera cosa que se me vino a la mente fue pedirle una bendición para mi familia. Así que fuimos todos a verle. Luego, ni yo sé cómo continuó. Un correo electrónico, una felicitación, un libro, otra llamada… Así hasta vernos dos o tres veces al mes, merendar con helado, acompañarlo a Roma y al extranjero y, sobre todo, despedirme de él unos días antes de su muerte.

—En ese encuentro en el Gemelli, que narras al inicio del libro, el Papa te dice que eres como un hijo, un sobrino y un hermano. ¿Cómo reaccionaste?
—Lloré tanto… En ese momento, me di cuenta de que tenía un lugar especial en su corazón para mí. Tenía relación con muchos periodistas y a muchas personas les decía que los consideraba como hijos. Yo pensaba que era uno más, con la particularidad del afecto que se había creado con los niños. En cambio, en esa despedida en el hospital, en esa decisión de dejarme entrar solo, comprendí que tenía un lugar especial. Y eso me destruyó, porque entendí lo que estaba a punto de perder. Encima, yo tenía que viajar a Líbano inmediatamente y estaba la posibilidad de no verle más.

—¿Te costó guardar el secreto de ese encuentro?
—Sí, porque seguía yendo a las ruedas de prensa, donde todos preguntaban por él, por una foto, por cómo estaba… Y yo lo había visto. Había escuchado su voz, visto su rostro. Fue duro, aunque el viaje a Líbano fue peor. Cada vez que sonaba el móvil, me sobresaltaba, porque pensaba que era un parte médico o una noticia. Cuando tuvo la primera crisis, pensé que no pasaría de esa noche. Y yo seguía en Líbano. Luego, gracias a Dios, la superó. Por cómo estuvo en el hospital y por lo que vivió, con tantas complicaciones, puedo decir que lo salvaron las oraciones. Empezando por la mía. Yo no le pedía a Dios un milagro, sino que no muriese en una habitación de hospital. Que un Papa que había ido a todas partes, que había visitado países, que recorría parroquias y recibía a gente, no podía terminar su camino en esta tierra en un hospital. Recé para que reapareciera ante el mundo y para que todos lo pudieran saludar. Dios creó un guion maravilloso, con la Pascua, la bendición Urbi et Orbi, el saludo a la gente…

—¿Qué decían tus hijos de esta relación tan especial con un Papa?
—Lo veían con normalidad. Mi hijo mayor [se ríe], para justificar que no había hecho los deberes, decía que había ido a ver al Papa. Para ellos es como decir que van a ver a un amigo. Y siempre se sorprendían con los dulces que les enviaba. Mi hija Julia, al ver el libro que he escrito, también ha querido hacer un pequeño libro con sus recuerdos. Me lo enseñó hace poco y se me encogió el corazón. Ellos también guardan sus momentos con Francisco.

—¿Qué has aprendido de Francisco?
—Siempre me invitaba a seguir adelante. Quizás es la frase más banal del mundo, pero él sabía de las dificultades que vivía en el día a día entre el trabajo, la familia, el estrés y las preocupaciones por el futuro. Este sigue adelante se ha convertido en un mantra, en una enseñanza. También me decía que el tiempo corre rápido y que lo que pasó ya pasó, y que era inútil quedarse en lamentaciones. También me mostró la certeza del amor de Dios. Sabía hacerte sentir amado, amado por Dios. 

—¿Qué crees que le hubiera gustado hacer y no pudo?
—Primero, la visita a Turquía. Sé que había pedido a todos los colaboradores, a los médicos y personal, que encontraran las condiciones para ir, incluso acostado en una camilla. Le importaba mucho Nicea. Era una promesa a su hermano Bartolomé. También tenía el deseo de volver a África Estos eran los proyectos. Los sueños eran otros. China, para ser el primer Papa en visitar el país, o Ucrania y Rusia, para crear un puente. Hablaba de ser el Papa en medio de dos países en guerra, naturalmente con la conciencia de que Rusia es el país agresor y Ucrania el agredido. Y el otro sueño era Gaza, para ver, tocar y abrazar a la gente a la que llamaba cada noche. Sabía los nombres de todos. Yo presencié una videollamada. Era noviembre y dijo: «Sería hermoso ir en Navidad».

—Pronto León XIV vendrá a España y cumplirá otro de los deseos de Francisco: visitar Canarias, uno de los focos migratorios en Europa.
—Es hermoso que León XIV recoja esta herencia, como hizo en Turquía y Líbano. Con respecto a Canarias, creo que hay una gran sensibilidad por parte de este Pontífice, más allá de que fuera un viaje de Francisco. Me impactó mucho su discurso a los movimientos populares, cuando denunció que los migrantes eran tratados como basura. Creo que tiene muy presente la tragedia que se vive en Canarias o en Lampedusa. Para Francisco, habría sido la trilogía: Lesbos, Lampedusa y Canarias. Además, Eva Fernández le había llevado cartas de migrantes y había recibido a las autoridades. El papa León recoge esto, pero lo hace suyo.

Fran Otero

Fuente: Ecclesia