El Pontífice inaugura un campus en Guinea Ecuatorial y propone una concepción del conocimiento como apertura, no como dominio
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| Vatican News |
El acto
inaugural del Campus Universitario “León XIV” de la Universidad Nacional de
Guinea Ecuatorial estuvo precedido por las intervenciones del rector y de
varios estudiantes, en un formato que combinó dimensión institucional y
participación directa de la comunidad universitaria.
En el exterior
del campus, desde primeras horas de la jornada, se registró una amplia
presencia de jóvenes que aguardaban la llegada del Pontífice entre cantos y
consignas de bienvenida. El clima, marcado por una participación numerosa y
sostenida, acompañó el desarrollo del acto y anticipó su carácter no meramente
protocolario.
Una
inauguración que se convierte en reflexión sobre el saber
Bajo la
apariencia institucional de la apertura de un nuevo campus universitario, León
XIV ofreció en Malabo una reflexión de notable densidad y profundidad sobre la
naturaleza del saber y su lugar en la vida humana.
El Pontífice
convirtió este momento en ocasión para una reflexión de fondo en torno a una
cuestión clásica y siempre actual qué significa conocer y en qué medida el
conocimiento configura la relación del hombre con la realidad.
La
universidad como espacio donde se decide lo humano
Desde el
inicio, el Papa rechazó toda reducción funcionalista de la institución
universitaria. Inaugurar, sugirió, durante los 10 minutos y 49 segundos de su
discurso, no consiste simplemente en añadir infraestructuras al mapa académico,
sino en afirmar, con un gesto a la vez cultural y moral, que la formación de
las nuevas generaciones sigue siendo una apuesta necesaria en un tiempo marcado
por la incertidumbre. La universidad aparece así no como una institución
intermedia, sino como un espacio en el que se decide, silenciosamente, la
calidad de lo humano.
En este
horizonte introdujo la imagen de la ceiba, árbol nacional de Guinea Ecuatorial.
Su presencia en el discurso no responde a un recurso localista, sino a una
precisa intención simbólica. La ceiba, con sus raíces profundas y su
crecimiento paciente, ofrece una clave de lectura de la educación, arraigo,
elevación y fecundidad. No hay verdadera altura, vino a señalar, sin contacto
con la tierra y no hay fruto auténtico que no sea, en última instancia, don.
Es, sin
embargo, en el desarrollo posterior donde el discurso alcanza su mayor
profundidad. León XIV retoma la relación entre conocimiento y verdad a partir
de la escena originaria del Génesis. En la coexistencia del árbol de la vida y
del árbol del conocimiento del bien y del mal no ve una desconfianza hacia la
inteligencia, sino la advertencia de una posible desviación, la tentación de un
saber que, en lugar de acoger la realidad, pretende someterla a su propia
medida.
Un saber que
abre y un saber que domina
La distinción
es de vital importancia. Para León, hay un conocimiento que abre y otro que
cierra, uno que conduce a la sabiduría y otro que degenera en posesión. Cuando
el saber deja de responder a lo real y se pliega a la conveniencia del sujeto,
se produce, en términos inequívocos, una fractura antropológica. El
conocimiento deja entonces de humanizar y se convierte en instrumento de
afirmación y, en no pocos casos, de dominio.
Frente a esta
deriva, el Pontífice introduce un segundo árbol, el de la cruz, no como
negación, sino como cumplimiento. En una formulación de clara inspiración
agustiniana y tomista, la cruz aparece como el lugar donde la verdad no se
impone por la fuerza de la evidencia ni por la lógica del poder, sino que se
ofrece en la forma del don. La inteligencia no es anulada, sino restituida a su
vocación originaria, es decir, reconocer, acoger y servir.
De este modo,
la fe no irrumpe como refugio ante los límites de la razón, sino como instancia
que la purifica de su autosuficiencia y la abre a una plenitud que no puede
darse a sí misma. La verdad, insistió, no es construcción ni conquista precede
al hombre, lo interpela y lo convoca. En esta afirmación, que recorre todo el
discurso, se condensa una antropología exigente, en la que libertad y verdad no
se oponen, sino que se reclaman mutuamente.
A partir de
ahí, la consecuencia es clara. La medida de una universidad no se encuentra en
sus cifras, sino en sus frutos. Y aquí el término no es solo metafórico, sino
también criterio de evaluación, ya que por sus frutos se conoce el árbol. La
calidad de una institución se verifica en la densidad humana de quienes forma,
en su capacidad de generar no solo competencia técnica, sino también criterio,
sentido y disponibilidad al servicio.
Más allá de
la lógica del éxito
No hay, en todo
el discurso, concesión a la retórica del éxito como su principal criterio de
reconocimiento. Más bien, se percibe una corrección discreta de sus
parámetros. El profesional excelente, en la perspectiva propuesta por León XIV,
no es aquel que acumula capacidades, sino quien ha integrado su saber en una
comprensión más amplia de lo humano y es capaz de traducirlo en
responsabilidad.
La conclusión,
lejos de un cierre convencional, retoma el núcleo teológico de la intervención
mediante la referencia a Gaudium et spes en Cristo, Verdad
encarnada, el hombre descubre su propia dignidad. No se trata de un añadido
doctrinal, sino de la clave de lectura de todo el discurso. Sin esta
referencia, la reflexión sobre la cultura quedaría incompleta; con ella,
adquiere orientación y medida.
Una
universidad al servicio de la verdad y del hombre
En Malabo, León
XIV propuso, con sobriedad y claridad, una idea de universidad que interpela
los automatismos contemporáneos un lugar donde el conocimiento no se absolutiza
ni se instrumentaliza, sino que se ordena a la verdad y, en última instancia,
al destino del hombre.
Silvina Pérez
Ciudad del
Vaticano
Fuente: Vatican News
