“HE TENIDO UNA EXPERIENCIA CON DIOS”: EL CONMOVEDOR TESTIMONIO DE VIRGINIA TRAS LA PÉRDIDA DE SU MARIDO

Hace apenas unas semanas que su marido, Miguel, partió al cielo.
Virginia y Miguel en el Hospital Gregorio Marañón.
Crédito: Cortesía de Virginia Pérez de Santana. Dominio público

En medio del dolor y el duelo, Virginia, aferrada a un Rosario, rememora con serenidad y una fortaleza arrolladora los últimos momentos que pasaron juntos en la tierra: la historia de un amor verdadero que perdura, sostenido hasta el último instante por la certeza de que Dios existe y nunca nos abandona.

Aunque creció en una familia y un entorno católico, Virginia Pérez de Santana sentía que le “faltaba algo”: una chispa, un impulso de fe que disipara sus dudas sobre la existencia de Dios. Lo que nunca habría imaginado es que esa anhelada certeza llegaría con la enfermedad de su marido Miguel, un dentista a quien conoció durante un voluntariado en Camboya hace catorce años y con quien formó una familia con tres hijos: Virginia, de cinco años; Miguel, de cuatro; y María, de tres.

A pesar de que Miguel nunca dudó, la fe no ocupaba un lugar central en sus vidas. Pero todo cambió un día de julio de 2024, cuando disfrutaban de las vacaciones con sus hijos.

Tras sufrir unos fuertes dolores de cabeza y pérdida de la movilidad en el brazo izquierdo, decidieron acudir a urgencias. Y aquel momento marcó el inicio de todo.

“En la espera, Miguel estaba súper nervioso, porque intuía que algo le pasaba. Estaba muy nervioso todo el rato, decía ‘me quiero ir de aquí, me quiero ir de aquí, no puedo respirar’”, cuenta Virginia a ACI Prensa. Tras varias pruebas y una larga espera, los médicos les confirmaron lo que más temían: Miguel tenía un tumor cerebral y debía ser operado de urgencia. 

“He tenido una experiencia con Dios”

Presa del miedo y la incertidumbre, Virginia salió de la consulta para avisar a sus padres de lo que ocurría. Pero al regresar, Miguel ya no era el mismo: los nervios habían desaparecido y su rostro reflejaba una paz y serenidad sorprendentes. “Cuando volví, a él ya le habían metido en el box de urgencias, y le vi ahí riéndose y hablando con el resto de los enfermos”, recuerda.

Entonces, Miguel le cogió de las manos a su mujer y dijo: “Virginia, tranquila, he tenido una experiencia con Dios”.

Miguel le contó que, al quedarse a solas en la habitación después de que se marchara la enfermera, se puso de rodillas y suplicó: “Dios mío, por favor, no me dejes solo”.

Un amor que no era de este mundo

Después de rezar, Miguel sintió como si alguien le diera un abrazo, y en ese instante, un calor recorrió todo su cuerpo: “Desde la punta de los pies hasta la cabeza, notó como una especie de electricidad, de amor, de amor, de amor. Un amor tan puro, un amor tan profundo, que decía que no era de este mundo”.

Aún emocionada, recuerda cómo su marido le relataba cada detalle de aquel abrazo que sintió en una sala vacía, donde escuchó que alguien le decía: “Tranquilo, yo estoy contigo y tu cruz la llevo contigo”.

“Y en ese momento se puso a llorar, no de pena, no por el tumor, sino de felicidad. Entonces, me volvió a coger las manos y me dijo: ‘Virginia, tú que has tenido dudas alguna vez, nunca, nunca, nunca tengas dudas, porque Dios existe. Yo ya no tengo fe, tengo la certeza de que Dios existe’”.

A partir de ese instante, Miguel experimentó una paz profunda y un cambio absolutamente radical. “Hasta físicamente”, recuerda Virginia, a quien sus amigas y familiares le decían que estaba incluso “más guapo” por la felicidad que irradiaba.

“Estaba enamorado de Dios”

Aunque su marido era “muy buena persona”, Virginia recuerda con una sonrisa que en ocasiones solía quejarse. Sin embargo, ofreció todo su sufrimiento y enfermedad. “Me decía que estaba enamorado de Dios y que no quería quejarse, quería hacerlo todo por Dios”.

“Me contaba que tenía la misma sensación que el típico adolescente que estaba esperando a la salida del colegio a que salga su novia”, recuerda.

Explica que su marido no dejaba de hablar de Dios y que solía decirle: “Con el tiempo, lo vas a ver como una bendición, porque gracias al tumor Dios me ha regalado esta experiencia, y gracias a esta experiencia yo he abierto los ojos, porque antes estaba ciego”. 

Después de la operación, a Miguel le dieron el alta pasados 15 días. “Él estaba felíz”, recuerda su mujer. Durante la estancia en el hospital, rezaban el Rosario a diario y Miguel se dedicaba a visitar a algunos de los enfermos de las habitaciones cercanas con la Virgen peregrina de Schoenstatt. 

Tras la biopsia, les comunicaron que el tumor era uno de los más agresivos, incurable y de rápida progresión. Sin embargo, Miguel aceptó el diagnóstico con serenidad, sin cuestionarse por qué le estaba ocurriendo a él.

“Fue una aceptación brutal de su enfermedad —prosigue Virginia—y la verdad es que íbamos de la mano siempre, como un equipo, siempre pensando que estábamos en las manos de Dios y que era aceptar su voluntad. Si ocurría un milagro y se curaba, fenomenal, y si no, pues lo que Él decida, porque nunca vamos a entender sus cosas”.

Amigos y padres del colegio Alegra de Madrid, donde estudian sus hijos, crearon un grupo de oración que llegó a casi 500 personas, “de las cuales prácticamente no conocíamos a nadie… eso también nos dio mucha fuerza. Tanta gente tan buena, que sin conocerte se preocupaba y rezaba por ti”. 

Vivir la enfermedad como un regalo

Miguel, aunque ya no tenía el mismo “chute” de la experiencia que vivió al inicio en el hospital, veía el amor de Dios en los “guiños” cotidianos y gestos de la gente que rezaba por él. “A mí también me hizo acercarme muchísimo más a Dios. Al final, toda su enfermedad y cómo la hemos llevado ha estado totalmente marcada por esa experiencia, que nos ha dado mucha paz, más fe, y confianza en Dios”.

Virginia afirma que se considera una privilegiada: “Nosotros veíamos la enfermedad como un regalo. Decía que, gracias a esta experiencia, su vida no habría seguido igual, ni la nuestra tampoco; no habríamos estado tan cerca de Dios. Y su forma de afrontar la enfermedad, de enfrentar su muerte, no sería la misma de no haber pasado por esto”.

En julio del año pasado, el tumor se volvió a reproducir, y regresó con más fuerza y de una manera mucho más agresiva. “Él lo afrontó siempre con mucha valentía, con mucha fuerza y muchísima fe. Siempre decíamos que sería lo que Dios quiera”.

Un ejemplo absoluto de amor y de fe

El tumor avanzó rápidamente y ya no había nada que hacer, por lo que en febrero ingresó en cuidados paliativos de la Clínica de Navarra en Madrid, hasta el 10 de marzo de este año, cuando falleció. “En todo este mes que Miguel estuvo en el hospital no se quejó nunca, hasta los propios doctores de paliativos nos decían que estaban asombrados de la paz que transmitíamos”.

Miguel pudo despedirse de sus hijos, quienes a día de hoy saludan a su padre con la mirada dirigida al cielo. “En todo este tiempo de enfermedad, él ha sido un ejemplo absoluto de paz, de amor, de fe. Ver cómo ha llevado la enfermedad y cómo ha llevado la muerte, me ha dejado el listón muy alto. Para mí también ha sido una cosa súper bonita”, cuenta Virginia. 

“Ver a Miguel con esa paz y con esa fe, con todo lo que le pasaba...Me siento súper privilegiada, porque haya tenido esa experiencia del amor de Dios. Porque no solamente le acercó a Dios a él y a mí, sino a muchísima gente de nuestro alrededor, que ahora está mucho más cerca de Dios”.

“Me siento súper afortunada de poder decir que mi marido está en el cielo”

Virginia comparte lo que considera lo más importante de todo: “Me siento súper afortunada de poder decir que mi marido está en el cielo, porque lo sé, porque él tenía muchísima fe, tenía muchísimo amor a Dios, lo demostraba en muchísimas cosas, en rezar el rosario todos los días”.

Poco antes de morir, el capellán de la Clínica de Navarra le dio la unción de los enfermos. “Y yo le decía a Miguel: ¿Te das cuenta de la cantidad de gente que se ha acercado a Dios a raíz de tu enfermedad? Es que yo creo que no hay una cosa más importante que haya podido hacer. Es que, en el fondo, es una pasada”, dice Virginia con la mirada llena de esperanza.

Con lágrimas en los ojos, Virginia afirma que, si se deja de lado “el egoísmo humano”, su marido ya ha conseguido su objetivo: “Estar con Dios, y además de esa manera”. 

Asegura que su marido también ha sido un afortunado: “La paz que hemos tenido en todo el proceso de la enfermedad y de su muerte no ha sido una paz normal, sé que ha sido porque estábamos arropados de tanta oración de la gente y que estábamos arropados por Dios”.

Con esperanza y a raíz de su experiencia, se dirige a quienes están atravesando una enfermedad similar. Aunque no hayan vivido la misma experiencia que su marido, Virginia les anima a que se agarren al testimonio de los demás: “Ese mismo amor y esa misma fe, Dios la quiere también para ellos”.

“Aunque en su propio cuerpo no lo hayan sentido, que se apoyen en los testimonios del resto de la gente, porque es real, porque es verdad que Dios existe, que resucitó, que está con nosotros, que aunque tú le llames y de la sensación de que a veces Dios no escucha, sí te está escuchando”.

“Esa misma fuerza que Dios nos ha dado, también se la está dando a las otras personas, aunque ellas no lo sientan de esa misma forma. Obviamente yo hubiera preferido que Miguel siguiera conmigo y envejecer con él, que nuestra vida siguiese sin enfermedades, sin problemas. Pero pienso que si nosotros hubiéramos seguido de esa misma manera, ¿hubiéramos seguido tan cerca de Dios? Pues no, probablemente no”, afirma.

“Me siento súper afortunada de poder decir que mi marido está en el cielo”

Virginia comparte lo que considera lo más importante de todo: “Me siento súper afortunada de poder decir que mi marido está en el cielo, porque lo sé, porque él tenía muchísima fe, tenía muchísimo amor a Dios, lo demostraba en muchísimas cosas, en rezar el rosario todos los días”.

Poco antes de morir, el capellán de la Clínica de Navarra le dio la unción de los enfermos. “Y yo le decía a Miguel: ¿Te das cuenta de la cantidad de gente que se ha acercado a Dios a raíz de tu enfermedad? Es que yo creo que no hay una cosa más importante que haya podido hacer. Es que, en el fondo, es una pasada”, dice Virginia con la mirada llena de esperanza.

Con lágrimas en los ojos, Virginia afirma que, si se deja de lado “el egoísmo humano”, su marido ya ha conseguido su objetivo: “Estar con Dios, y además de esa manera”. 

Asegura que su marido también ha sido un afortunado: “La paz que hemos tenido en todo el proceso de la enfermedad y de su muerte no ha sido una paz normal, sé que ha sido porque estábamos arropados de tanta oración de la gente y que estábamos arropados por Dios”.

Al recordar a sus hijos, a su hermana, amigas y tanta gente que le acompaña, Virginia asegura que siempre hay algo por lo que dar las gracias Dios, incluso en medio del más profundo dolor. “Realmente esto no es lo importante, sino lo que viene después. Miguel está con Dios, está feliz, y eso es realmente lo importante y lo que tenemos que pensar. Y si piensas eso, tu vida cambia. Para Miguel, este ha sido el mejor regalo que le podía dar Dios”.

Por Almudena Martínez-Bordiú