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| Cardenal Robert Sarah frente a la basílica de San Pedro. Dominio público |
Si algo distingue al cardenal Robert Sarah como una de las voces más respetadas de la Iglesia, es la claridad, contundencia y sobriedad de su palabra.
Su nueva obra, 2050, nace con la vocación de iluminar el presente bajo un título que evoca inevitablemente la carga profética del 1984 de George Orwell: si aquel libro fue una revelación por su capacidad para radiografiar la realidad de los años venideros, el trabajo de Sarah —publicado este 4 de marzo por la editorial Fayard— se postula como un diagnóstico para el futuro de la Iglesia. En sus páginas, el prefecto emérito lanza una interrogante decisiva sobre el horizonte de la institución: «¿Será todavía un faro o el eco lejano de una voz olvidada?».
Una Iglesia de santos, no de estrategias
Para el cardenal Sarah, la crisis actual de la Iglesia no se soluciona con reformas estructurales ni con una adaptación a los criterios del mundo moderno como la eficiencia o la representatividad. En la entrevista concedida a Le Journal du Dimanche en la que presenta su nuevo libro, afirma que «no tenemos necesidad de una institución mundana más».
Según explica, cuando la dimensión divina de la Iglesia se olvida, sus debilidades humanas se vuelven «aplastantes», por lo que defiende que «la Iglesia no necesita ser reconstruida; necesita santos».
El libro aborda cómo la fe se ha debilitado porque la vida interior ha disminuido, buscando en su lugar una «legitimidad exterior». Sarah advierte contra la tentación de una Iglesia que «se casa con el espíritu del mundo», recordándonos que «el mundo no tiene necesidad de un espejo; tiene necesidad de salvación».
Palabras que protegen el mensaje
Uno de los puntos más claros de sus respuestas es la defensa de la verdad frente al relativismo, además en un ámbito muy concreto: el del lenguaje. A menudo se afirma que hoy el mundo ya no entiende el lenguaje de la Iglesia porque estaría anticuado o sería demasiado complicado. Pero, ¿realmente es así?
Sarah advierte precisamente que el verdadero peligro reside en la ambigüedad y la falta de rigor. Para él, «una crisis de vocabulario es siempre el preludio de una crisis de fe». Al definir con precisión cada concepto, no se busca complicar el mensaje, sino proteger su núcleo; por ello, el prelado sostiene que «nombrar la esencia es salvaguardar la sustancia».
En lugar de diluir el discurso para hacerlo más aceptable, reivindica que los fieles tienen derecho a una palabra clara, sentenciando que «la precisión doctrinal es un acto de caridad» y que «la confusión nunca es pastoral: es siempre destructiva». Asimismo, exhorta a la 'resistencia lingüística': pide no permitir que «los ideólogos nos roben las palabras que expresan los misterios de nuestra fe».
Esta firmeza se extiende a su visión sobre el papel de Cristo en la sociedad actual. El purpurado sostiene que la Iglesia no puede guardar silencio ante las derivas ideológicas o la crisis de valores: «Debemos defender una verdadera claridad doctrinal, callar a Cristo sería una infidelidad». Por ello, advierte que frente a las presiones mediáticas y legislativas que atacan pilares como la familia, «el silencio sería una traición».
Contra la fragmentación de la fe
La liturgia no es un terreno de experimentos ni de luchas de poder, sino el «tesoro de la Iglesia, corazón latente de la humanidad». En su reflexión, cuando es preguntado sobre la diversidad de ritos, subraya que esta es una riqueza siempre que exprese una misma fe, pero cuestiona la «obsesión» por intentar cambiar la liturgia antigua. Defiende que el rito no se inventa ni se fabrica, sino que se recibe y se transmite, teniendo como misión fundamental la de «devolver a Dios el primer lugar» en la vida interior del creyente.
Desde esta visión, el purpurado aborda también la crisis provocada por los escándalos en comunidades religiosas. Reconoce que estos «exigen verdad, justicia y purificación», pero advierte que «no suprimen la vocación», sino que ponen de manifiesto la urgencia de una conversión profunda del corazón. En una sociedad materialista, la vida consagrada sigue recordando que solo «Dios basta».
Además, en su nueva obra ha denunciado «la tentación del particularismo doctrinal», criticando que algunas iglesias locales absoluticen su contexto cultural por encima de la fe universal. Al interpretar el mensaje cristiano «bajo categorías nacionales o ideológicas», se fragmenta la catolicidad y se debilita la unidad por el relativismo doctrinal.
Un análisis de la civilización actual
2050 no se limita a mirar hacia dentro de la Iglesia, sino que también aborda con sobriedad algunos de los grandes desafíos de la sociedad occidental, como la eutanasia o la crisis de la natalidad. Para Robert Sarah, la pérdida de esperanza y el descenso demográfico están relacionados con un progresivo alejamiento de lo sagrado: «Una civilización que renuncia a Dios renuncia a vivir, ya no sabe por qué debe durar».
Es así como sitúa también la defensa de la vida. Sarah se muestra especialmente crítico con las legislaciones que promueven el suicidio asistido y recuerda que ninguna vida puede considerarse indigna. A su juicio, el verdadero criterio para medir la calidad de una sociedad está en «la delicadeza con la que acompaña a los moribundos».
¿Y qué opina sobre el nuevo pontificado? Sarah expresa una «profunda alegría espiritual». Le conmueve que el Papa priorice «la adoración sobre la organización y la santidad sobre la gobernanza», permitiendo que la institución recupere su eje fundamental. Este enfoque —añade— permite que el sucesor de Pedro cumpla su misión esencial: confirmar a sus hermanos en la fe recibida directamente de los apóstoles.
María Rabell García
Corresponsal en Roma y El Vaticano
Fuente: El Debate
