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| Benedicto XVI | © The Catholic Herald. Dominio público |
«Orar
significa empujar contra la inercia del corazón». Con esas palabras, Benedicto
XVI describe en una carta inédita de 2021 la naturaleza de la oración
cristiana, inseparable de Cristo y de la Eucaristía. El texto se publica ahora
con prólogo del cardenal Parolin.
La
carta, titulada Introducción: Reflexiones sobre la
oración cristiana, se publica en La fede del
futuro, cuarto volumen de una colección de textos hasta ahora
inéditos o de difícil acceso de Joseph Ratzinger,
editada por la casa italiana Edizioni
Cantagalli, con sede en Siena. El texto fue dado a conocer por
el semanario británico The
Catholic Herald, que lo reprodujo íntegro con permiso de
la editorial.
El
volumen lleva prólogo del cardenal Parolin, secretario de Estado vaticano, que
sitúa las reflexiones de Ratzinger en un horizonte cultural marcado por la
incertidumbre. Según Parolin, «el tema del futuro se está convirtiendo cada vez
más en objeto de reflexión teológica sobre la fe, porque no es en absoluto
evidente que la humanidad siga creyendo en Dios». Las preocupaciones del Papa
emérito, añade el cardenal, no se limitan al destino de la fe, sino que abarcan
también «la incertidumbre y la confusión que prevalecen en el mundo, que son
causas de la pérdida de esperanza y del miedo generalizado».
En
una época de aceleración histórica sin precedentes, el futuro –señala Parolin–
«ya no se espera con esperanza, sino con aprensión; para muchos se ha
convertido incluso en una pesadilla». Frente a este diagnóstico, la pregunta
que vertebra el volumen es directa: ¿tiene la Iglesia algo que decir al mañana?
La
respuesta de Benedicto XVI se articula en torno a la naturaleza de la oración
cristiana. En la carta, la define como «el acto religioso fundamental» y «el
intento de entrar concretamente en contacto con Dios». La especificidad
cristiana, subraya, radica en que se ora «junto con Jesucristo y, al mismo
tiempo, a Él». Cristo, en cuanto verdadero hombre y verdadero Dios, es el pontifex, el puente que hace posible
«superar el abismo infinito entre Dios y el hombre». En este sentido, escribe,
Cristo es «la posibilidad ontológica de la oración» y también «su guía
práctica».
El
Papa emérito recuerda a este propósito la escena evangélica en que los
discípulos, tras contemplar a Jesús en oración, le piden: «Señor, enséñanos a
orar» (Lc 11,1). Ellos sabían que incluso Juan Bautista había
instruido a sus discípulos en la oración, pero que Jesús estaba «infinitamente
más cerca de Dios que incluso el mayor de los personajes religiosos: Juan
Bautista». De ahí extrae lo que llama las dos características fundamentales de
la oración: la relativa al ser y la relativa a la conciencia, inseparablemente
entrelazadas en un vínculo profundo con Dios.
Benedicto
XVI insiste en que la oración cristiana no puede separarse de la Cruz ni de la
Eucaristía. Recordando la sentencia profética de Samuel –«obedecer vale más que
el sacrificio, prestar atención vale más que la grasa de los carneros» (1 Sam
15,22)– sostiene que en Jesús se consuma la crítica definitiva a un culto
reducido a exterioridades rituales.
«La
oración cristiana, en cuanto oración junto con Jesucristo, está siempre anclada
en la Eucaristía, conduce a ella y tiene lugar en ella», escribe. La Eucaristía
es «la oración cumplida con todo el propio ser», la «síntesis crítica del culto
y la adoración verdadera». En ella, Cristo ha pronunciado su definitivo «no» a
las meras palabras y a los sacrificios de animales, y ha puesto en su lugar «el
gran «sí» de su vida y de su muerte». Por ello, la Eucaristía es a un tiempo
«la crítica definitiva del culto» y «el culto en el sentido más amplio del
término». Los Padres de la Iglesia, recuerda el Papa emérito, la caracterizaron
acertadamente como el fin del paganismo y, al mismo tiempo, como aquello que
define al cristianismo mismo en cuanto oración. «Creo que deberíamos
reflexionar mucho más profundamente sobre esta oposición fundamental»,
concluye.
El
texto aborda asimismo la dimensión realista de la enseñanza de Jesús sobre la
oración. A partir de la parábola del amigo que no quiere levantarse para dar
pan, Benedicto subraya que orar «es siempre también una superación de nuestra
inercia, que sugiere tantas excusas para no levantarse». Orar, escribe,
«significa empujar contra esta inercia del corazón» e implica la humildad de
presentar ante Dios «incluso las pequeñas cosas de nuestra vida cotidiana».
En
el párrafo conclusivo, el Papa emérito responde a quienes sostienen que la
oración auténtica debería consistir únicamente en la alabanza, sin peticiones.
Tal postura sería, a su juicio, «una necedad» si presupone que Dios no debería
ser molestado con las necesidades humanas. Al contrario, «necesitamos a Dios
precisamente para poder vivir nuestra vida cotidiana a partir de Él y
orientados hacia Él». La propia estructura del Padrenuestro, con sus siete
peticiones, lo confirma. «Pedir a Dios significa también y sobre todo purificar
nuestros deseos para poder ponerlos ante Dios y para que puedan insertarse en
el «nosotros» de la familia de Cristo», concluye.
La
publicación de esta carta ofrece un testimonio del vigor intelectual que
Benedicto XVI mantuvo hasta el final de su vida, retomando en la vejez y en la
fragilidad física los grandes temas que habían marcado décadas de reflexión
teológica: Cristo mediador, la centralidad de la Eucaristía y la purificación
del deseo humano.
Fuente: The Catholic Herald/InfoCatólica
