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| Dominio público |
I. Al llegar la plenitud de los
tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer.
Como culmen del amor por nosotros,
envió Dios a su Unigénito, que se hizo hombre, para salvarnos y darnos la
incomparable dignidad de hijos. Con su venida podemos afirmar que llegó la
plenitud de los tiempos. San Pablo dice literalmente que fue hecho de mujer. Jesús
no apareció en la tierra como una visión fulgurante, sino que se hizo realmente
hombre, como nosotros, tomando la naturaleza humana en las entrañas purísimas
de la Virgen María. La fiesta de hoy es propiamente de Jesús y de su Madre. Por
eso, «ante todas las cosas -señala fray Luis de Granada- es razón poner los
ojos en la pureza y santidad de esta Señora que Dios ab aeterno escogió para
tomar carne de ella.
»Porque así como, cuando determinó
criar al primer hombre, le aparejó primero la casa en que le había de
aposentar, que fue el Paraíso terrenal, así cuando quiso enviar al mundo el
segundo, que fue Cristo, primero le aparejó lugar para lo hospedar: que fue el
cuerpo y alma de la Sacratísima Virgen». Dios preparó la morada de su Hijo,
Santa María, con la mayor dignidad creada, con todos los dones posibles y llena
de gracia.
En esta Solemnidad aparece Jesús más
unido que nunca a María. Cuando Nuestra Señora dio su consentimiento, «el Verbo
divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el
seno purísimo de María. La naturaleza divina y la humana se unían en una única
Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre;
Unigénito eterno del Padre y, a partir de aquel momento, como Hombre, hijo
verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la
segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre -sin
confusión- la naturaleza humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa,
como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre
de Dios». ¡Tantas veces le hemos repetido: Santa María, Madre de Dios, ruega
por nosotros... ! ¡Tantas veces las hemos meditado al considerar el primer
misterio gozoso del Santo Rosario!
II. Y el Verbo se hizo carne, y
habitó entre nosotros....
A lo largo de los siglos, santos y
teólogos, para comprender mejor, buscaron las razones que podrían haber movido
a Dios a un hecho tan extraordinario. De ninguna manera era preciso que el Hijo
de Dios se hiciera hombre, ni siquiera para redimirlo, pues Dios -como afirma
Santo Tomás de Aquino- «pudo restaurar la naturaleza humana de múltiples
maneras». La Encarnación es la manifestación suprema del amor divino por el
hombre, y sólo la inmensidad de este amor puede explicarla: Tanto amó Dios al
mundo que le entregó a su Hijo Unigénito..., al objeto único de su Amor. Con
este abajamiento, Dios ha hecho más fácil el diálogo del hombre con Él. Es más,
toda la historia de la salvación es la búsqueda de este encuentro; la fe católica
es una revelación de la bondad, de la misericordia, del amor de Dios por
nosotros.
Desde el principio, Dios fue
enseñando a los hombres su gratuito acercamiento. La Encarnación es la plenitud
de esta cercanía. El Emmanuel, el Dios con nosotros, tiene su máxima expresión
en el acontecimiento que hoy nos llena de alegría. El Hijo Unigénito de Dios se
hace hombre, como nosotros, y así permanece para siempre, encarnado en una
naturaleza humana: de ningún modo la asunción de un cuerpo en las purísimas
entrañas de María fue algo precario y provisional. El Verbo encarnado,
Jesucristo, permanece para siempre Dios perfecto y hombre verdadero. Éste es el
gran misterio que nos sobrecoge: Dios, en su amor, ha querido tomar en serio al
hombre y, aun siendo obra de puro amor, ha querido una respuesta en la que la
criatura se comprometa ante Cristo, que es de su misma raza. «Al recordar que
el Verbo se hizo carne, es decir, que el Hijo de Dios se hizo hombre, debemos
tomar conciencia de lo grande que se hace todo hombre a través de este
misterio; es decir, ¡a través de la Encarnación del Hijo de Dios! Cristo,
efectivamente, fue concebido en el seno de María y se hizo hombre para revelar
el eterno amor del Creador y Padre, así como para manifestar la dignidad de
cada uno de nosotros».
La Iglesia, al exponer durante siglos
la verdadera realidad de la Encarnación, tenía conciencia de que estaba
defendiendo no sólo la Persona de Cristo, sino a ella misma, al hombre y al
mundo. «Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15), es también el hombre
perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina,
deformada por el primer pecado. En Él la naturaleza humana asumida, no
absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de
Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo el hombre.
Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón
de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los
nuestros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado». ¡Qué valor debe
tener la criatura humana ante Dios, «si ha merecido tener tan grande
Redentor»!. Demos hoy gracias a lo largo del día por tan inmenso bien a través
de Santa María, pues Ella «ha sido el instrumento de la unión de Jesús con toda
la humanidad».
III. La Encarnación debe tener muchas consecuencias en la vida del cristiano.
Es, en realidad, el hecho que decide su
presente y su futuro. Sin Cristo, la vida carece de sentido. Sólo Él «revela
plenamente al hombre el mismo hombre». Sólo en Cristo conocemos nuestro ser más
profundo y aquello que más nos afecta: el sentido del dolor y del trabajo bien
acabado, la alegría y la paz verdaderas, que están por encima de los estados de
ánimo y de los diversos acontecimientos de la vida, la serenidad, incluso el
gozo ante el pensamiento del más allá, pues Jesús, a quien ahora procuramos
servir, nos espera... Es Cristo quien «ha devuelto definitivamente al hombre la
dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en
gran medida a causa del pecado».
La asunción de todo lo humano noble
por el Hijo de Dios (el trabajo, la amistad, la familia, el dolor, la
alegría...) nos indica que todas estas realidades han de ser amadas y elevadas.
Lo humano se convierte en camino para la unión con Dios. La lucha interior
tiene entonces un carácter marcadamente positivo, pues no se trata de aniquilar
al hombre para que resplandezca lo divino, ni de huir de las realidades
corrientes para llevar una vida santa. No es lo humano lo que choca con lo
divino, sino el pecado y las huellas que dejaron en el alma el pecado original
y el personal. El empeño por asemejarnos a Cristo lleva consigo la lucha contra
todo aquello que nos hace menos humanos o infrahumanos: los egoísmos, las
envidias, la sensualidad, la pequeñez de espíritu... El verdadero empeño del
cristiano por la santidad lleva consigo el desarrollo de la propia personalidad
en todos los sentidos: prestigio profesional, virtudes humanas, virtudes de
convivencia, amor a todo lo verdaderamente humano...
De la misma forma que en Cristo lo
humano no deja de serlo por su unión con lo divino, por la Encarnación lo
terrestre no dejó de serlo, pero desde entonces todo puede ser orientado por el
hombre hacia Él. Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum. Y
Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré todo hacia Mí. «Cristo con su
Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros
por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su
Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda
criatura.
»(...) Quiere el Señor a los suyos en
todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a
desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que
esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios.
A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere
en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos
cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas
humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del
artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña».
Ése es nuestro cometido.
Terminamos nuestra oración acudiendo
a la Madre de Jesús, nuestra Madre. «¡Oh María!, hoy tu tierra nos ha germinado
al Salvador... ¡Oh María! Bendita seas entre todas las mujeres por todos los
siglos... Hoy la Deidad se ha unido y amasado con nuestra humanidad tan
fuertemente que jamás se pudo separar ya esta unión ni por la muerte ni por
nuestra ingratitud». ¡Bendita seas!
