He escuchado unas declaraciones suyas en la gala de los premios Goya. Por eso me he animado a escribirle y contarle algunas cosas
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| Patxi Bronchalo/RTVE.es |
«Al ver sus
declaraciones pensé que usted podría haber venido conmigo al tanatorio y,
mirando a esos hijos a los ojos, haberles dicho: 'Me niego a aceptar que la
juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano'. Y luego,
a su viuda y a sus padres: 'Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren
a la fe cristiana'»
Estimada
Silvia:
Me llamo
Francisco Javier. Soy un sacerdote del montón que vive y trabaja en un barrio
obrero del sur de Madrid, en Leganés. En mi día a día no hay focos ni
maquillaje; aquí la vida es muy auténtica. Me dedico a estar con gente que
sufre mucho, a escuchar a quien no duerme por la ansiedad de los problemas, a
consolar a quien ha perdido a alguien querido y a dar esperanza a quien ya no
ve salida. Como mis compañeros, trato de ayudar a todo el que lo pide.
He escuchado
unas declaraciones suyas en la gala de los premios Goya en las que, entre otras
cosas, dijo: «Me niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y
esa tirada hacia lo cristiano; me da pena que necesiten creer en algo y se
agarren a la fe cristiana». Por eso me he animado a escribirle y contarle
algunas cosas.
Hace menos de
un mes celebré un funeral de cuerpo presente por un hombre de cincuenta años
que murió de manera repentina. Infarto. Aún tengo grabados a su padre y a su
madre llorando desconsolados delante del féretro, y la cara de angustia de su
mujer y de sus dos hijos, que han quedado huérfanos. Fue duro. Les dije que, si
existe la sed, es porque existe el agua; y que, si existe el deseo de volver a
abrazar a las personas que queremos, es porque existe el Cielo. Les anuncié que
seguimos a un Dios que conoce el camino para salir de la tumba. Hace unos días
su mujer me dio las gracias porque aquella oración era lo único que le había
dado esperanza. Al ver sus declaraciones pensé que usted podría haber venido
conmigo al tanatorio y, mirando a sus hijos a los ojos, haberles dicho: «Me
niego a aceptar que la juventud que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia
lo cristiano». Y luego, a su viuda y a sus padres: «Me da pena que necesiten
creer en algo y se agarren a la fe cristiana».
La última vez
que asistí de cerca a la muerte de una niña fue el año pasado. La planta de
oncología infantil del hospital estaba decorada con cariño para dar algo de luz
en medio del sufrimiento de aquellos pequeños. Sus padres me llamaron. Estuve
hablando largo rato con ellos. Me emocioné cuando su madre me dijo que la niña
había dicho que sabía que iba a estar bien porque iba «con Jesús». Después le
administré la unción y rezamos juntos en familia. Volví por los pasillos
secándome las lágrimas. Aún la recuerdo riendo con su pañuelo en la cabeza.
Murió unos días después. ¿Sabe qué, Silvia? He pensado que quizá le hubiera
gustado estar allí para decirle aquello de: «Me niego a aceptar que la juventud
que sube tenga esa carencia y esa tirada hacia lo cristiano». Hoy sus padres
siguen adelante con un dolor inmenso y también con esperanza; incluso han
recibido el regalo de otra hija. ¿Se atrevería usted a venir conmigo un día a
verles y repetirles que le da pena que necesiten creer en algo?
Usted dijo
también: «Lo siento por la Iglesia, menudo chiringuito tenéis montado». ¿Sabe
algo? En este barrio donde estoy no hay alfombras rojas ni se celebran galas.
No hay salas VIP ni trajes de noche. Sí que hay camareros inmigrantes, pero
aquí suelen servir café en las mesas, no están con bandejas llevando cócteles y
aperitivos gourmet en las fiestas. Soy feliz aquí, quiero a este barrio. La
invito a venir, Silvia. Véngase a mi «chiringuito» parroquial y quédese una
mañana conmigo visitando a los enfermos que ya no pueden salir a la calle
porque viven en edificios sin ascensor. Escuche las historias de mujeres que
están solas porque sus hijos no las visitan nunca. Oiga a hombres que viven con
la herida de haber perdido hijos por la droga o el alcohol. Puede ofrecerles
alguno de esos consejos que se dicen en televisión. Después, por la tarde,
acompáñenos con las voluntarias de Cáritas repartiendo alimentos a familias
inmigrantes. No tenemos photocall, pero puede ayudar a repartir
cajas de fruta, puede mirarlas y escuchar sus historias, y comparta con ellas
sus recetas sobre la fe.
O quédese
conmigo atendiendo a jóvenes que no logran salir de una adicción, que sufren
por la ruptura de sus familias o por la angustia de no poder independizarse.
Estarán encantados de escuchar sus soluciones. Luego le invito a quedarse en
Misa con nosotros. Y no voy a cobrarle nada. En mi «chiringuito» no entra un
solo céntimo de quien no quiere darlo libremente en la declaración de la renta.
En cambio, de los impuestos que yo pago, una parte irá a sus películas, lo
quiera yo o no.
¿Sabe por qué
muchos jóvenes, y también adultos, vuelven a lo cristiano? No es que volver sea
una carencia. Es que tienen carencias porque han crecido rodeados de cosas,
pero vacíos de sentido. Mucha gente de las generaciones anteriores les han dado
de todo pero les han negado lo más importante. Cuando alguien tiene frío, busca
un refugio donde haya fuego, ese fuego que a veces se les ocultó. Necesitan
creer porque, como usted y como yo, sufren, lloran, se angustian, tienen miedo
y experimentan debilidad. Porque ven la vida con profundidad y no se conforman
con que sea solo lo que se les ha ofrecido. Sus declaraciones suenan a cierta
superioridad moral, como si ser frágil y apoyarse en la fe fuera algo
vergonzoso, como si tuviéramos que ser superhéroes perfectos que nunca fallan.
Y luego nos preguntamos por qué la salud mental es un problema creciente.
Sinceramente,
hoy rezaré por usted.
Que tenga un
buen día.
Francisco
Javier Bronchalo, cura de barrio.
Fuente: El Debate
