En Redes Sociales y en espacios juveniles crece la visibilidad de quienes se identifican como “therians”. Más que una rareza pasajera, el fenómeno invita a mirar con mayor profundidad las preguntas que habitan en el corazón de los jóvenes de hoy
Hasta hace
pocas semanas no era reconocido el nombre ni el fenómeno, pero repentinamente
comenzó a circular en redes sociales y conversaciones de adolescentes el
término “therian” (del griego therion, "bestia”). Se
trata principalmente de jóvenes y adolescentes que expresan una identificación
profunda con un animal, ya sea en el plano simbólico, emocional o de
autoimagen.
El fenómeno,
amplificado por los medios digitales, ha despertado curiosidad, desconcierto y,
en algunos casos, preocupación, principalmente por padres de familia y
educadores. Más allá de las reacciones inmediatas, la situación ofrece una
oportunidad para mirar con mayor atención la búsqueda que atraviesan las nuevas
generaciones.
Y ¿qué están
buscando muchos jóvenes hoy?
La adolescencia
siempre ha sido una etapa de preguntas intensas: ¿quién soy?, ¿dónde encajo?,
¿con quién me identifico y quiero ser visto? Lo que cambia en nuestro tiempo no
son las preguntas, sino el contexto cultural en el que se hacen.
La mayoría de
los jóvenes hoy crecen en entornos digitales donde las etiquetas de identidad
se multiplican y difunden con rapidez. En ese ecosistema, asumir un nombre, una
categoría, pertenecer a una comunidad online, puede ofrecer algo muy valioso
para el adolescente: pertenencia, visibilidad y un relato concreto sobre sí
mismo.
Algunos
expertos en temas psicológicos afirman que -aunque no se trata de un trastorno,
porque aún no está reconocido por The American Psychiatric Association-
merece un análisis clínico -y social- serio.
Mirado así, el
fenómeno therian deja de ser solo una etiqueta llamativa y se
convierte en un signo de nuestro tiempo: el anhelo profundo de identidad y de
pertenencia.
La mirada
cristiana sobre la identidad humana
Ante estos
escenarios culturales, la fe cristiana propone una visión de la persona a la
busca iluminar sin descalificar. El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda
que el ser humano posee una dignidad única, fruto de haber sido creado a imagen
y semejanza de Dios. Esta afirmación no es abstracta: significa que cada
persona es querida, conocida y amada en su singularidad.
Además, la
tradición cristiana invita a acercarse a cada situación humana con respeto y
caridad. La verdad del ser humano no se propone desde la confrontación, sino
desde el encuentro. Por eso, cuando surgen estos fenómenos culturales que
generan preguntas o inquietudes, la primera actitud cristiana no es el rechazo
o la burla, sino la comprensión acompañada de caridad.
El papel de
los padres y educadores
Su presencia se
vuelve indispensable y decisiva. Las reacciones impulsivas —ya sea de
ridiculización o de indiferencia— rara vez ayudan a los jóvenes a integrar sus
inquietudes más profundas.
La experiencia
pastoral y educativa muestra que muchos adolescentes necesitan que se les
escuche sin miedo, pero también que se les acompañe sin renunciar a la verdad.
La confianza se construye en el diálogo cotidiano, en el interés genuino por el
otro y en la capacidad de proponer horizontes más amplios de sentido.
Aquí aparece
nuevamente la misión insustituible de la familia. El hogar sigue siendo el
primer espacio donde un niño aprende quién es y cuánto vale. Cuando ese vínculo
se fortalece, muchas búsquedas de identidad encuentran cauces serenos e
integrales.
La escuela, por
su parte, cumple un papel complementario de gran importancia. Docentes atentos,
cercanos y bien formados pueden ayudar a los jóvenes a desarrollar pensamiento
crítico, madurez afectiva y sentido de realidad, elementos clave para navegar una
cultura saturada de estímulos.
Claves de
discernimiento para los padres hoy
Frente a
fenómenos emergentes como el de los therians, puede ser útil que
las familias mantengan una actitud de vigilancia serena. Algunas preguntas
pueden orientar el acompañamiento:
- ¿Estoy generando espacios reales de conversación
con mis hijos?
- ¿Conozco los entornos digitales en los que se
mueven?
- ¿Les ayudo a descubrir su valor más allá de
etiquetas pasajeras?
- ¿Estoy ofreciendo testimonio de identidad y
coherencia en casa?
Este discernimiento no busca controlar cada paso del
adolescente, sino fortalecer el vínculo que le permita crecer con raíces firmes
y horizonte amplio.
Sin perder
la esperanza
Cada época trae
consigo nuevos lenguajes y expresiones juveniles. En nuestro tiempo, este
anhelo de identidad se magnifica por la búsqueda de validación digital y
viralidad. Pero en el fondo, las grandes preguntas del corazón humano
permanecen sorprendentemente estables.
El desafío para
las familias, la escuela, la comunidad eclesial, no es reaccionar con miedo
ante cada tendencia, sino aprender a leer lo que estas revelan sobre la sed de
sentido de los jóvenes. Allí donde hay confusión, también hay búsqueda, y donde
hay búsqueda sincera, también hay esperanza.
Acompañar con
paciencia, proponer con claridad y amar con perseverancia sigue siendo el mejor
camino, el más fecundo porque, más allá de cualquier etiqueta, cada joven
continúa siendo una historia sagrada en construcción.
Mónica Alcalá
Fuente: Aleteia
