Excluir este saber de la escuela no es neutralidad. Es negar legitimidad pública a la pregunta por la plenitud última del hombre y a la posibilidad de su cumplimiento. Reducirlo a ética o cultura, es desactivarlo
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La asignatura
de religión es, hoy, la más incomprendida del sistema educativo. No solo por
quienes la rechazan en nombre de la laicidad o de la autosuficiencia de la
razón, sino también por quienes la aceptan a condición de vaciarla de aquello
que la constituye.
Una parte
decisiva de la incomprensión proviene de una concepción empobrecida de la
razón. La razón humana es capaz de interrogar la realidad, de reconocer su
contingencia y de remontarse al fundamento último de lo que es. «La
inteligencia no se limita a los fenómenos, sino que es capaz de alcanzar con
verdadera certeza la realidad inteligible» (Fides et ratio, 82). En este
sentido, la razón puede llegar a Dios. La tradición filosófica lo ha afirmado
con claridad: el hombre puede conocer que Dios es.
Pero ese
conocimiento, siendo real y experiencial, no meramente conceptivo, (la historia
de las religiones lo constatan), no equivale a poseer plenariamente a Dios, o
de otro modo, a conocer su plan de salvación para el hombre; y más aún todavía,
a saber si esta salvación en sentido ontológico, ya ha acontecido en la
historia; si ya hemos sido «salvados en esperanza».
Aquí aparece un
punto que suele silenciarse: conocer sentientemente a Dios no es lo mismo que
estar salvado en Dios. La razón accede al fundamento, pero no lo habita.
Reconoce que Dios es, pero no puede penetrar en su intimidad, en sus designios,
ni participar de su vida plena; la muerte es un indicador determinante que
descubre todo cuanto decimos. Y, sin embargo, el ser humano no busca
simplemente conocer experiencialmente a Dios: busca su plenitud en Dios, busca
ser en Dios, busca –en palabras clásicas– ser como Dios a modo finito. Este
deseo (volonté voulant dice Blondel) no es accidental
ni culturalmente inducido; pertenece intrínsecamente a la estructura misma del
espíritu humano. Como afirmó Tomás de Aquino, el hombre posee
un desiderium naturale videndi Deum: un deseo natural de ver a
Dios. ¿Será el hombre –todo hombre– «experiencia de Dios», quiéralo o no,
sépalo o no? (Zubiri).
Ese deseo no
puede cumplirse por la sola razón. No porque la razón sea defectuosa, sino
porque su objeto excede radicalmente sus posibilidades. La plenitud a la que el
hombre está ordenado no consiste en un saber más alto, sino en una
participación: participar de la vida personal misma de Dios. Y esa
participación no puede ser conquistada; solo puede ser recibida como don.
Aquí se sitúa
el sentido propio de la fe como correlato de la revelación. La Revelación
cristiana no es una hipótesis añadida allí donde la razón se cansa, ni una
renuncia a la inteligencia. Por su parte, la fe es la entrega libre, total y
razonable a una iniciativa previa: la autocomunicación donante y libre de Dios
en la historia. Dios, no sólo se deja pensar sentientemente como fundamento
último, sino que, a una, se da a conocer, se revela, entra en la historia
humana y comunica su propio ser, dándose a sí mismo. En el cristianismo, esta
autocomunicación alcanza su plenitud en la persona de Jesucristo, en quien Dios
no solo habla, sino que se da a sí mismo para siempre haciéndose hombre.
Este
acontecimiento real que acontece en la historia, es lo que la tradición ha
llamado salvación ( no sólo en sentido moral, sino de plenificación elevante en
el orden del ser) aunque pueda expresarse con otros nombres: felicidad plena,
futuro absoluto consumado, cumplimiento definitivo del hombre (y del mundo). No
se trata de un añadido extrínseco a la razón, sino de la respuesta existencial
a la aspiración más radical que la razón misma descubre y no puede colmar.
Esta revelación
es, necesariamente, misterio, por que es el Misterio Absoluto de Dios dándose.
No en el sentido de lo irracional o de lo oscuro, sino en el sentido estricto:
una realidad inteligible que nunca puede ser comprendida exhaustivamente. La
razón puede pensar el misterio, puede reconocer su coherencia interna, puede
mostrar que no es absurdo y sobre todo, dejarse iluminar por él abriéndose a la
esperanza y al futuro absoluto de Dios; pero no puede agotarlo. La fe (lumen
fidei) no cancela la razón: la introduce en una profundidad que la razón
sola no puede alcanzar.
La asignatura
de Religión, pensada y enseñada con rigor, se sitúa exactamente en este punto
decisivo. Es un saber escolar específico que articula la pregunta racional por
Dios con la posibilidad histórica de su revelación, sin imponer la fe, pero sin
negar aquello a lo que la razón está constitutivamente ordenada.
Excluir este
saber de la escuela no es neutralidad. Es negar legitimidad pública a la
pregunta por la plenitud última del hombre y a la posibilidad de su
cumplimiento. Reducirlo a ética o cultura, es desactivarlo. La asignatura de
Religión seguirá siendo incómoda mientras no se acepte pensarla en toda su
radicalidad.
Este tipo de
saber no presupone el creer. Aunque «la razón en el culmen de su búsqueda
admita como necesario lo que la revelación le presenta» (FR.42). Exige algo
previo: reconocer que una educación que silencia la aspiración última del
sentido del hombre y su posible cumplimiento, no forma plenamente al ser
humano, sino que lo deja estructuralmente inacabado. Y esto nos introduce en un
problema filosófico, extremadamente grave, que hay que acometer.
Arsenio Alonso
Fuente: El Debate
