Los sacramentos nos facilitarán la salvación, sobre todo la Eucaristía, pero si no puedo comulgar, ¿qué ocurrirá conmigo al final de mi vida?
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| Loli Monseco |
El cristiano
que no puede confesarse por las circunstancias que sean y en consecuencia no
puede comulgar, está invitado, en medio de su dolor, a permitir de alguna
manera que esa luz divina, aunque sea tenue, ilumine toda su interioridad.
La persona que
no se puede confesar, mal haría en ampliar la distancia o el abismo que ha
establecido y lo aleja de Dios; todo lo contrario, haría bien en esforzarse por
reducir dicha distancia y alcanzar la salvación.
Qué dice la
Palabra de Dios
Dios no quiebra
la caña cascada ni apaga el pabilo vacilante o humeante (Is 42,3).
Mateo describe en su evangelio que en Jesús se da el cumplimiento de esta
profecía (Mt 12,20).
La imagen del
pabilo humeante sirve para ilustrar a la persona cuyo testimonio se ha vuelto
ineficaz pero que Jesús buscará restaurarlo para que continúe brillando.
La caña cascada
y la mecha humeante, representan toda clase de miserias, penas y dolores a que
está sujeta la humanidad.
Dios no
terminará de romper la caña ya cascada; al contrario, se inclina sobre ella, la
endereza con sumo cuidado y le da la fortaleza y la vida que le faltan.
Tampoco apagará
el pabilo que parece que se extingue, sino que empleará todos los medios para
que vuelva a iluminar. Ésta es la actitud de Jesús ante los hombres.
La
misericordia infinita de Dios
La misericordia
de Jesús por los hombres no decayó ni un instante, a pesar de las ingratitudes,
las contradicciones y los odios que encontró. Su amor por los hombres es
profundo porque se preocupa del alma para conducirla, con eficaces ayudas, a la
vida eterna. Y ese amor de Cristo es universal, inmenso, y quiere extenderse a
todos.
Es lo mismo que
se expresa con la imagen del buen pastor. Él se va a buscar la oveja perdida y
si esta se deja encontrar y ayudar confiando en su Pastor, Él la salvara.
Él es el Buen
Pastor de todas las almas, a todas las conoce y las llama por su nombre. No
deja a ninguna perdida en el monte. Ha dado su vida por cada persona.
Otros medios
de salvación
Es por esto que
los fieles que no pueden confesarse y en consecuencia comulgar están invitados
a poner de su parte para que no desaparezca en su totalidad la comunión que
pueda existir con Dios.
¿Cómo? Mediante
la vida de oración -oración de arrepentimiento, el Santo Rosario, la misa
haciendo la comunión espiritual, viacrucis, etcétera-; hacer las obras de
misericordia con espíritu o sentido penitencial porque la caridad también
cubrirá una multitud de pecados (1 Pe
4,8); el ofrecimiento a Dios de su vida, de sus sacrificios y sufrimientos;
la lectura de la palabra de Dios y de textos que fortalezcan la fe; servicios
en la Iglesia y relación con el párroco y con la parroquia, etcétera.
Este tipo de
fieles está invitado a favorecer la cercanía con Dios y a luchar por que cada
día sea más plena y perfecta. Que Dios nos vea que estamos en esta tónica o lo
que es lo mismo “dichosos los siervos, que el Señor al venir encuentre
despiertos” (Lc 12,37a); lo importante es querer estar en vía de
salvación.
Dios quiere
salvar lo salvable. Jesús no da a nadie por perdido. Nos ayuda aunque hayamos
pecado.
Luchar
contra el pecado
El hombre más
endurecido en el pecado, el que ha caído más veces y en faltas más grandes
nunca es abandonado por el Maestro; es aún más amado, la oveja que Jesús sale a
buscar. También para él tiene la medicina que cura.
“Jesús no vino
a condenar sino a salvar” (Jn 3,17),
Jesús pues se acerca; y si uno de sus discípulos está lejos de Dios, no
favorecer más ese alejamiento.
Ahora bien, una
cosa es no poder confesarse y de consecuencia no poder comulgar y otra, muy
diferente, es no querer confesarse (pudiendo) y no comulgar (pudiendo).
Seguramente
Dios mirará con más benevolencia a los primeros quienes tendrían más opción de
salvación pues, aun en medio de su pecado, luchan por acercarse a Dios; a
diferencia de los que no se creen necesitados de Dios. Bien lo decía Jesús: “En
verdad os digo, los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera” (Mt
21,31).
Dios conoce
nuestro corazón
Estar en pecado
no implica necesariamente condenación absoluta al final de nuestro día
terrenal; como tampoco por el hecho de decir "¿pero de qué me
confieso?" o decir "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los
demás hombres: rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este
publicano…"(Lc 18,11-12) implica necesariamente salvación al final de
nuestro día terreno, pues Dios escruta nuestro corazón y sabe lo que hay en él.
Dios tiene la última palabra.
No perdamos
nunca la esperanza si nos vemos débiles, con defectos, con miserias. El Señor
no nos deja ni se quiere alejar de nosotros; basta que pongamos los medios y
que no rechacemos la mano que Él nos tiende. Cuando el hombre da un paso hacia
Dios, Dios da dos hacia el hombre.
Henry
Vargas Holguín
Fuente: Aleteia
