JACQUES PHILIPPE: «DEBEMOS APRENDER A REZAR MÁS CENTRADOS EN DIOS»

Tras haber vendido más de un millón de libros sobre el camino de la vida interior, se ha consagrado como referente de la espiritualidad católica

Jacques Philippe, en la Universidad de Navarra/UNAV 

Licenciado en Matemáticas y con una trayectoria de varios años como docente e investigador científico, Jacques Philippe (Metz, 1947) es hoy una de las voces más leídas y respetadas de la espiritualidad católica. En 1976, respondió valiente y fervientemente a la llamada vocacional, incorporándose a la Comunidad de las Bienaventuranzas en la secularizada Francia surgida del Mayo del 68. Ordenado sacerdote en 1985, Philippe ha dedicado buena parte de su vida a la dirección espiritual y la predicación de retiros por todo el mundo, alumbrando en su caminar una obra honda y rigurosa, pero de profunda sencillez pastoral. 

Aparte de la doble titulación en Teología y Derecho Canónico, acredita formación en hebreo y raíces judías del cristianismo en Jerusalén y Nazaret. Es autor de más de una docena de libros traducidos a múltiples idiomas, entre los que destacan títulos emblemáticos como La paz interior, La libertad interior, Tiempo para Dios o La paternidad espiritual del sacerdote. Sus escritos han vendido más de un millón de copias y se han convertido en clásicos de la espiritualidad moderna. 

Durante su reciente visita a España, ofreció una conferencia en la Universidad de Navarra sobre la esperanza —«quizás la virtud más importante que tenemos», según sus propias palabras— y dedicó un tiempo precioso de su apretada agenda para atender a ECCLESIA.

—En sus libros, despliega un programa espiritual para vivir en paz y presencia de Dios: ¿cómo recomendaría usted, más allá del tiempo y el lugar y de manera concreta, empezar a practicar la oración en silencio y la contemplación a un principiante?
—Es difícil dar un consejo general. Yo diría, quizás, que hay que empezar por tomar un pequeño momento todos los días, como 15 o 20 minutos. Después, también es interesante encontrar un lugar favorable, tranquilo y silencioso. Lo importante es ponerse en presencia: creer y saber que Dios está ahí, porque se puede pasar un momento con él, darle gracias… siendo conscientes de que él se cuela por cualquier rendija que le dejemos abierta. Además, siempre es bueno partir de la Palabra; coger las lecturas e intentar mantenerse atento. Leer, volver a leer con tranquilidad, con paz, para percibir poco a poco qué es lo que Dios desea decirme a través del texto. Sentir la invitación que se me está haciendo: puede ser a la confianza, a amar, a comprender una llamada concreta en mi vida… Y, de ahí, agradecer, sobre todo si nos ha impresionado y/o interpelado algo en la Escritura. Este puede revelarse como un momento apropiado para confiar y poner en práctica lo que el Evangelio nos pide. Luego, quizás, un pequeño momento de intercesión por alguna necesidad, y finalizar con la acción de gracias. Terminar, pues, en manos de María en la oración. Creo que este es un programa que evolucionará y nos hará evolucionar según la acción del Espíritu Santo en nuestro corazón.

—¿Cómo ha evolucionado su forma de entender la oración y, con ella, su vida interior a lo largo de los años?
—Ha habido una evolución esencial. La oración en mi vida se ha vuelto menos una actividad que se realiza y que hay que organizar para centrarse más en la presencia de Dios y en la acogida de su amor, con más confianza, mediante actitudes muy simples. La simplificación es una evolución muy importante: estar menos en la actividad y más en la acogida.

—¿De qué manera podemos trabar una relación de equilibrio entre la libertad, la obediencia y la entrega en el espíritu?
—La verdadera libertad es la que Dios nos da, lo cual supone, ya de por sí, una confianza y una sumisión. La verdadera libertad es la libertad de amar, que se traduce en una liberación de un corazón estrecho, de juicios, de mi egocentrismo… de la tentación de colocarme en el centro de todo. El precio de acceder a esta libertad verdadera es aceptar todo un trabajo de purificación y de verdad, y es ahí, justamente, donde cuestiones como la obediencia nos pueden ayudar. La obediencia, lejos de plantear una forma infantil de vivir o hacer imitación, es un arma: nos obliga a salir de nosotros, nos abre a otras maneras de pensar y actuar, ensancha nuestro espíritu y nuestra mente.

—Desde una perspectiva humilde y basada en la propia experiencia, ¿qué errores comunes ve en este camino espiritual, incluso entre personas devotas?
—Pienso que uno de los errores principales es desanimarse cuando la oración se vuelve más difícil. Y, a veces, hay que pedir la gracia. Otro muy común es que nos hacemos una idea demasiado elevada de lo que es la oración, como si siempre tuviera que ser perfecta. Creo que hay que rezar de forma sincera y con buena voluntad, pero aceptando que la oración de uno tiene una cierta pobreza. Si lo vemos desde una perspectiva idealista en lugar de realista, nos desanimaremos. Y, por último, algo importantísimo: comprender y analizar si la oración está centrada en uno mismo: lo que hago y lo que no, lo que siento o que dejo de sentir… Debemos aprender a rezar más centrados en Dios. Eso sí, desde una actitud de confianza, mirándole a él y su misericordia.

Por Luís Rivas

Fuente: Ecclesia