LA INFANCIA ESPIRITUAL Y SUS SECRETOS PARA LLEGAR A DIOS

Abrazar la infancia espiritual es combinar audacia, humildad, inventiva y, sobre todo, un abandono y confianza en Dios en todo momento

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Jesús nos advierte: "En verdad les digo que si no vuelven a ser como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos" (Mt 18,3). Pero, ¿cómo volver a ese estado? No se trata de embrutecerse, ni de gatear, ni de hablar con un lenguaje inarticulado. Al contrario, hay que progresar siempre en la inteligencia de la fe y en la inteligencia en general. ¿Cómo conciliar entonces una inteligencia cada vez más viva con la infancia? En realidad, por infancia espiritual hay que entender dos cosas: confianza y entrega en las manos del Padre, por un lado, y audacia, por otro.

En efecto, el niño es aquel que se refugia en los brazos de sus padres por cualquier cosa. Del mismo modo, el cristiano tiene la certeza de que no llegará al Reino de los Cielos por sus propias fuerzas, por sus propios medios, sino que necesitará la ayuda constante de Dios para ello. 

Hasta aquí la confianza. Pero, ¿qué hay de la audacia en la infancia espiritual? La infancia es la época en la que no se calcula. El niño se entrega por completo a lo que emprende. Además, asume todos los riesgos. En su creatividad, el niño no está limitado por el recuerdo de sus fracasos ni por una experiencia desilusionada. Es nuevo en el mundo. La infancia es la época de la libertad. Por eso los santos se parecen más a los niños: ellos también lo arriesgan todo, inventan nuevas formas de amar, dan muestras de inventiva en las iniciativas que emprenden para dar a conocer a Dios. 

La experiencia no es un obstáculo para la iniciativa

Es cierto que los santos tienen más experiencia de la vida que los niños. Conocen sus peligros, saben adivinar las trampas que el demonio tiende en el camino de sus proyectos de evangelización. Además, los santos se conocen bien a sí mismos y saben distinguir entre lo que es iniciativa divina y lo que es búsqueda interesada del reconocimiento de los hombres. Sin embargo, esta experiencia, lejos de paralizarlos, les permite evitar los callejones sin salida para alcanzar su objetivo de forma más directa y eficaz. La conciencia de los peligros no los detiene y nunca debilita su sentido de la iniciativa y la asunción de riesgos. Porque su audacia se apoya en su abandono y su confianza. 

De hecho, los santos siempre tienen presente que, en todo lo que emprenden, es Dios quien realiza la mayor parte del trabajo. De este modo, se unen al espíritu de abandono que es la primera característica del espíritu de la infancia espiritual.

Los santos, y los cristianos en general, se cuidan mucho de descuidar la ayuda de Dios cuando se embarcan en una empresa. Le confían todas las dificultades, como un niño que tira de la manga de su padre o de su madre cuando se encuentra con un obstáculo. Así es como el espíritu de iniciativa y el abandono van de la mano. 

El orgullo, enemigo del espíritu infantil

Sin embargo, en este camino hacia el espíritu infantil hay un obstáculo que hay que evitar: el orgullo, el pecado por excelencia. No solo nos lleva a menospreciar injustamente a los demás, sino que además nos impide pedir ayuda al Altísimo. Ahora bien, los santos, al igual que los niños, han renunciado a todo orgullo: ahí reside la clave de su éxito. Conscientes de sus limitaciones, han aceptado sin rencor la idea de que no pueden hacerlo todo.

Pero hay más: humildes y confiados, saben que Dios no es un amo sombrío o severo, sino un Padre amoroso. Por eso se encomiendan a Él para todos sus proyectos. Exentos de toda soberbia, no proyectan su orgullo sobre Dios y, por lo tanto, no lo convierten en alguien duro y celoso de sus prerrogativas.

Los santos, dulces y tiernos de corazón como Jesús, son coherentes con su fe al proyectar estas cualidades en Dios, al igual que los orgullosos lo son con su desconfianza al proyectar en Él su soberbia. Porque siempre tendemos a ver a Dios a través del filtro de nuestras cualidades o defectos. Con la diferencia de que nuestras cualidades se las debemos a Dios, mientras que nuestra desconfianza proviene de nuestra propia maldad. 

Al volver a ser niños, los santos comprenden intuitivamente cuán tierno es Dios, como un padre atento. No solo no se avergüenzan de recurrir a Él en las dificultades porque no tienen el orgullo de querer hacerlo todo por sí mismos, sino que, además, el Espíritu de Jesús los ha hecho mansos y humildes de corazón como Él, y saben que el Padre celestial es a imagen de su Hijo: manso y amoroso. Están seguros de que Dios no los juzgará, porque Él no es un examinador. 

Superar los obstáculos con su pequeñez

Así es como los cristianos vuelven a ser niños, tal y como nos recomienda Jesús, y cómo logran conciliar la audacia y la entrega a Dios. Al haber conservado la ingenuidad y el gusto por las cosas grandes y bellas de la infancia, los santos se lanzan a los proyectos más atrevidos. A menudo los niños nos sorprenden porque han logrado cosas que nosotros nunca hubiéramos emprendido.

¿Y por qué han tenido éxito? ¡Porque no sabían que era imposible de lograr! Más experimentado, pero no menos confiado, el discípulo de Cristo también se lanzará a las empresas más difíciles, porque sabe que Dios suplirá sus carencias. Para él, no existen obstáculos insuperables, siempre y cuando la obra corresponda al Espíritu de Dios. Dios llenará las lagunas del obrero, ya que es Él quien le ha inspirado esta aventura. Y si el obrero de la viña del Señor fracasa, no se lamenta durante mucho tiempo, ya que, al no ser orgulloso, no le da vueltas a su fracaso y no tarda en embarcarse en una nueva obra. 

Así, el espíritu infantil logra combinar la conciencia de su pequeñez con el deseo de realizar grandes cosas. Santa Teresa de Lisieux quería abarcar todas las vocaciones: mártir, misionera en los confines del mundo y todas las demás que han ilustrado la historia de la Iglesia. Sin embargo, consciente de su impotencia para lograrlo, encontró la solución sirviéndose de Jesús como ascensor para subir la montaña de la santidad y encontrarse así en el corazón de la Iglesia, ese Corazón desde el que podría realizar sus sueños de misiones en todas partes. Al igual que la pequeña Teresa, la infancia espiritual es a la vez humilde, inventiva y audaz. 

Jean-Michel Castaing 

Fuente: Aleteia