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| Dominio público |
Para los que
escucharon estas palabras, estaba muy claro. Sabían que se refería a la
celebración de la Pascua, la fiesta con la que el Pueblo de Israel hacia
memorial de la liberación de Egipto. En esta fiesta, según leemos en el libro
del Éxodo, cada familia debía elegir un cordero y sacrificarlo al atardecer
para cenarlo juntos esa noche. Y no valía un cordero cualquiera.
Tenía que
ser un cordero inmaculado, sin defectos. No se puede pretender ofrecer a Dios
lo que nos sobra. Pero, además, esta falta de defecto en el cordero no se
refería sólo al aspecto físico, sino también al carácter del cordero. Se
buscaba un cordero que fuera dócil, que se dejara atar sin revolverse. Así se
recordaba otro pasaje.
Se trata del
episodio que encontramos en el libro del Génesis en el que Abraham, escuchando
la voz de Dios, iba a sacrificar a su propio hijo, Isaac. Este era el hijo de
la promesa y en él estaba toda la esperanza de Abraham. Cuando van subiendo
hacia el monte Moria, donde debía realizarse el sacrificio, Isaac, que va
cargando con la leña, pregunta a su padre: «Padre, ¿dónde está el cordero para
el holocausto?».
Entonces,
Abraham responde con unas palabras misteriosas: «Dios proveerá el cordero para
el holocausto, hijo mío». Tal vez Abraham pensaba que el cordero era su propio
hijo, tal vez confiaba en que al final, sucedería algo que evitaría este
espantoso sacrificio, tal vez Abraham miraba más allá en la historia.
Finalmente, el ángel de Dios paró la mano de Abraham cuando iba a degollar a su
hijo y, alzando los ojos, vio un cordero enredado en unas zarzas. Dios había
provisto.
¡Cómo no iban
a recordar este pasaje aquellos judíos cuando escucharon a Juan decir: «Este es
el Cordero de Dios»! Dios ha provisto un cordero para sellar su alianza con
nosotros. ¡Este es su propio Hijo! Esta es la certeza que nos une a todos los
cristianos, los que confesamos a Jesús como el Hijo de Dios, enviado para
nuestra salvación.
El pasado
mes de noviembre, poco antes de su viaje a Turquía y Líbano para conmemorar el 1700
aniversario del concilio de Nicea, el papa León escribió una pequeña carta que
invito a todos a leer. Se titula In unitate fidem (En la unidad de la
fe). En ella el Papa repasa las circunstancias y el itinerario que llevó a
convocar aquella primera gran reunión universal de obispos, casi 300 años
después de la muerte y resurrección de Jesús.
Los tiempos
eran turbulentos y la Iglesia se encontraba muy dividida; especialmente por un
conflicto que afectaba al núcleo de la fe. Un presbítero de Alejandría, al
norte de Egipto, llamado Arrio había empezado a enseñar que Jesús no era propiamente
el Hijo de Dios, sino un hombre divinizado por Dios.
Esto era más
sencillo de comprender que la Encarnación de Dios mismo y su enseñanza empezó a
difundirse y a llenar toda la Iglesia de confusión. Los obispos, reunidos en
Nicea y, unos años después en Constantinopla, fijaron una fórmula que expresaba
lo que la Iglesia de los apóstoles creía. Esta es la fórmula que los cristianos
profesamos en el centro de la Misa todos los domingos: el credo.
En un
momento dado de este documento, el Papa se pregunta: «¿qué ha sido de la
recepción interior del credo hoy? ¿Sentimos que concierne también a nuestra
vida actual? ¿Comprendemos y vivimos lo que decimos cada domingo, y lo que eso
significa para nuestra vida?». Son preguntas fundamentales para nuestra vida
como cristianos y para la persistencia de la Iglesia.
Hoy
deberíamos sentir, al rezar el credo cada domingo, la misma conmoción que
aquellos judíos experimentaron cuando escucharon a Juan decir: «¡Este es el Cordero
de Dios!».
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
