LAICOS, LAICIDAD Y LAICISMO EN LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

Laicos, laicidad y laicismo... tres palabras, un mismo origen, diferentes significados. Aquí una explicación sobre sus diferencias

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La raíz común a estas palabras nos viene del latín laĭcus, y este del griego λαϊκός (laïkós), que significa 'del pueblo'. Conocer esta raíz nos permite arribar al sentido exacto de las palabras que ahora nos ocupan.

Laico

Esta palabra es bastante socorrida tanto en el argot religioso como en el político y social. La Iglesia nos habla de ella en numerosos documentos; en tanto que en lo político y social la encontramos frecuentemente como una de las características del Estado. No obstante, la realidad es que pocos conocen su real significado y, por ello, la usan de manera apropiada.

Para empezar, se suele definir en términos negativos: ‘el laico es el que NO es sacerdote’. Incluso la Real Academia Española define esta palabra, desafortunadamente, en este mismo sentido negativo al señalar que el laico es el “que no tiene órdenes clericales”. La Iglesia ha reflexionado al respecto y su magisterio se ha desarrollado sin ruptura alguna hasta llegar a una definición en sentido positivo: 

“Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso sancionado por la Iglesia; es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes a su modo del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde. El carácter secular es propio y peculiar de los laicos”.

(Lumen gentium, 31).

En efecto, la Constitución Apostólica Lumen Gentium sitúa la cuestión en el sentido gramatical, teológico y pastoral exacto: Los fieles laicos somos el Pueblo de Dios al que nos hemos incorporado por el sacramento del Bautismo para el cumplimiento de la misión que nos corresponde en el ámbito secular; es decir: “Buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (Lumen gentium, 31).

En este sentido, los sacerdotes también son parte del Pueblo de Dios toda vez que han recibido el Bautismo, pero no son laicos pues su misión no está en la secularidad, sino en la celebración (liturgia), en la docencia y en el gobierno de la Iglesia.

La índole secular propia del laico: el mundo

San Juan Pablo II, escuchado el sentir de los padres sinodales, acogió la necesidad de profundizar en el alcance teológico del término ‘índole secular’ y por ello nos dejó en su magisterio la preciosa Exhortación Apostólica post sinodal Christifideles Laici en la que afirma: 

“(...) En realidad el Concilio describe la condición secular de los fieles laicos indicándola, primero, como el lugar en que les es dirigida la llamada de Dios: ‘Allí son llamados por Dios’. Se trata de un ‘lugar’ que viene presentado en términos dinámicos: los fieles laicos ‘viven en el mundo, esto es, implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, de la que su existencia se encuentra como entretejida’. Ellos son personas que viven la vida normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc".

“El Concilio considera su condición no como un dato exterior y ambiental, sino como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud de su significado. Es más, afirma que ‘el mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia humana (...). Santificó los vínculos humanos, en primer lugar los familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales, sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria. Quiso llevar la vida de un trabajador de su tiempo y de su región’ (Gaudium et spes, 32).

“De este modo, el ‘mundo’ se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, porque él mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo (...) No han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el mundo".

Laicidad y Estado laico

La laicidad señala la característica de su naturaleza laical, señalando la distinción entre la esfera política y la religiosa. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI) abunda al respecto señalando que la distinción entre ambas esferas “es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado” y precisa que:

"Cuando el Magisterio de la Iglesia interviene en cuestiones inherentes a la vida social y política, no atenta contra las exigencias de una correcta interpretación de la laicidad, porque ‘no quiere ejercer un poder político ni eliminar la libertad de opinión de los católicos sobre cuestiones contingentes. Busca, en cambio —en cumplimiento de su deber— instruir e iluminar la conciencia de los fieles, sobre todo de los que están comprometidos en la vida política, para que su acción esté siempre al servicio de la promoción integral de la persona y del bien común. La enseñanza social de la Iglesia no es una intromisión en el gobierno de los diferentes países. Plantea ciertamente, en la conciencia única y unitaria de los fieles laicos, un deber moral de coherencia’"

(CDSI, n. 571).

Laicismo

El sufijo griego ‘ismo’ se utiliza en numerosas palabras, con diferentes significados. En la práctica –aunque no de manera general– se utiliza en sentido peyorativo para señalar una desviación. Por ejemplo, el feminismo de la feminidad, o el populismo de la popularidad. Sin embargo, hay ‘ismos’ no peyorativos sino descriptivos; por ejemplo: impresionismo (estilo pictórico) o capitalismo (sistema político y económico). Esto es así, ya que el sufijo, en estricto sentido, señala un sistema, doctrina o modo de ser.

Cuando la Iglesia habla del laicismo lo hace para describir la desviación de la laicidad. En este sentido, el laicismo señala la errónea concepción acerca de la fe como enemiga del Estado y de la política. Por ello es común encontrar posturas torpes e inmorales como el pretender destruir la civilización cristiana en aras del Estado laico:

“Esta negación, que deja prever una condición de anarquía moral, cuya consecuencia obvia es la opresión del más fuerte sobre el débil, no puede ser acogida por ninguna forma de pluralismo legítimo, porque mina las bases mismas de la convivencia humana” (CDSI, n. 572).

Dos tentaciones a evitar

El Papa san Juan Pablo II alerta sobre dos tentaciones típicas del laicado: “(...) la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas” (Christifideles Laici, n.2). Tomar conciencia de estas tentaciones es principio seguro para evitarlas, permaneciendo fieles a la condición secular del estado de vida de los laicos y de su índole secular en su vocación y misión particulares.

Luís Carlos Frías

Fuente: Aleteia