Hablar de mortificación en pleno siglo XXI parece inconcebible, sobre todo en una época en la que nadie quiere sufrir, por eso, veamos este interesante tema
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| Bastian Weltjen | Shutterstock |
Hablar de mortificación en el siglo XXI parece cosa del pasado, por eso nos parece inconcebible que aún exista gente que tome en serio este tema, sin embargo, para quien desea progresar espiritualmente, cobra sentido y actualidad.
1. MORTIFICACIÓN Y ASCESIS
La mortificación es una dimensión de la ascesis. El término ascesis procede
de la cultura griega y significa «ejercicio realizado con esfuerzo y método».
Para los griegos, la ascesis indicaba cualquier ejercicio físico, intelectual,
moral y religioso, realizado con método y disciplina, cuyo objetivo es el
progreso constante. Sin embargo, en el ámbito cristiano, la ascesis,
especialmente en la Edad Media, estuvo marcada por aspectos negativos.
Para los griegos, eran dimensiones de la ascesis, por ejemplo, que
el soldado que se ejercitara en el uso de las armas, el filósofo en la
meditación, el sabio en el ejercicio de las virtudes, y el religioso en la
contemplación de Dios.
La ascesis no era un término de connotaciones negativas. Al
contrario, se comprendía como algo necesario para el desarrollo humano, pues
estimulaba y consolidaba la disciplina imprescindible a la conquista de un
objetivo.
Una versión actual sería cultivar las virtudes para ser feliz.
El error: el cuerpo es inferior al
alma
Pero en su asimilación por la cultura cristiana, sufriendo
influencias de corrientes de pensamiento pesimistas y dualistas –dicotomía
alma-cuerpo–, la ascesis quedó marcada preferencialmente por la dimensión
negativa.
Para varias generaciones de cristianos, la mortificación fue
interpretada como muerte literal al cuerpo, considerado como fuente de los
pecados.
El cuerpo era visto como la sede de las pasiones, la parte
inferior del hombre, en continua oposición a la parte superior, el alma.
La Edad Media fue el período de las más duras ascesis corporales.
A pesar de la influencia de san Agustín (354-430) –siendo la ascesis definida
como esfuerzo para crecer en la capacidad de amar– y de san Benito (480-547)
–énfasis en la humildad–, la espiritualidad occidental, en ese período, en gran
parte acabó adhiriéndose a la práctica de los sacrificios físicos.
Flagelación y descrédito de la
ascesis cristiana
Formas de penitencia corporal como la «disciplina»
(autoflagelación voluntaria) fueron perfeccionadas. A finales de la Edad Media,
la «disciplina» cotidiana fue llevada al fanatismo por los «flagelantes»,
causando descrédito a la ascesis cristiana.
Los «flagelantes» eran los miembros de movimientos y cofradías
medievales que practicaban la penitencia con flagelaciones públicas.
Ese movimiento tuvo su culmen en la segunda mitad del siglo XIII.
Estos grupos de personas recorrían ciudades y campos flagelándose a sí mismos o
unos a otros mientras rezaban.
Hoy tales prácticas son rechazadas, pues son fruto de una
mentalidad religiosa que ya no es aceptada, debido a su gran pesimismo
antropológico.
Pero esto no significa que la mortificación, en su verdadero
sentido, sea algo superado e innecesario para el desarrollo de la vida
cristiana.
2. EL BAUTISMO,
SACRAMENTO REGENERADOR
El bautismo, sacramento por el cual los cristianos son regenerados
como hijos de Dios, es la verdadera fuente de la mortificación cristiana. Así, mortificar no
significa dar muerte al cuerpo, sino al pecado. Es tener una
vida disciplinada para no desperdiciar la gracia de Dios.
El término «mortificación» tiene su origen en el texto bíblico de
la Carta a los
Colosenses, capítulo 3, versículo 5. Al inicio de este pasaje, el
autor conjuga el verbo «mortificar», que significa literalmente «mortificarse»,
es decir, «dar muerte», «hacer morir».
Este verbo está inserto en el contexto integral del pasaje
bíblico, que retoma el tema de la muerte del «hombre viejo», tratado por san
Pablo en el capítulo 6 (versículos 1 al 11),
de la Carta a los Romanos.
De este modo, el verbo «mortificar» asume el significado de muerte
a una existencia pecaminosa. Por tanto, el término mortificación significa
muerte al pecado, al «hombre viejo».
San Pablo, en el referido pasaje de la Carta a los Romanos, afirma
que, por el bautismo, el cristiano permanece unido a la muerte de Jesucristo y
participa, de este modo, de la vida del «hombre nuevo».
Morir al pecado para resucitar con
Cristo
Estar unido a la muerte de Cristo tiene como objetivo seguirlo en
la vida nueva inaugurada por la resurrección.
En el bautismo, el cristiano ya está muerto para el pecado y
renacido para Dios, en Cristo Jesús. Y dado que ya está muerto, debe continuar
muriendo cada día al pecado, en cada situación de su vida cotidiana.
Para los cristianos, la mortificación sigue siendo no solamente
actual, sino necesaria. Ser cristiano es revestirse del «hombre nuevo», y para
que éste viva, el «hombre viejo» tiene que morir en nosotros.
Aunque en el bautismo nos sea concedida la simiente de la nueva
vida, esta necesita ser actualizada y concretada en las actitudes y acciones
del día a día.
La mortificación sigue existiendo y disfrutando de amplio espacio
en la vida de las personas. Evidentemente, no se usa este término, sino el de
vida disciplinada, que constituye el núcleo de la práctica de la mortificación.
Una vida regulada por dietas, ejercicios físicos e incluso ayunos, es un tema
relevante para la cultura contemporánea.
Tener disciplina en la vida es un dato fundamental de la
existencia humana. Para lograr objetivos, independientemente de cuál sea su
motivación, es indispensable el esfuerzo personal.
La mortificación, en sentido amplio, es eso: lucha a muerte contra
todo aquello que impide la obtención de un ideal, que obstaculiza la
consecución de una meta.
Por esta razón, la mortificación– entendida como valor positivo de
la disciplina personal para educar la voluntad– es parte integrante de la
educación humana.
Si en el pasado, con la intención de privilegiar el alma, el
cuerpo fue víctima de prácticas exageradas de mortificación, hoy es el alma la
gran olvidada.
Alma y cuerpo deben valorarse por
igual
Pero el alma y el cuerpo son las dos dimensiones constitutivas de
la persona humana y, como tal, deben ser igualmente valoradas.
En la vida diaria concreta, matar al «hombre viejo» implica
renunciar a todo lo que contradice al Evangelio. Significa luchar para vivir
según los mismos valores que guiaban la vida de Jesús, en la relación con uno
mismo, con la comunidad, con la naturaleza y con Dios.
La mortificación no es más que una existencia en continua
conversión. Es la disciplina necesaria para no desperdiciar la gracia
bautismal. En este sentido, no es algo pasajero, fruto de una época, sino un
imperativo de la vida cristiana en todos los tiempos.
Además, la mortificación capacita al cristiano para discernir, a
través de un espíritu crítico y de una vida sobria, las diversas y sutiles
formas de tentación que, si no se identifican y neutralizan, acaban conduciendo
a alguna forma de esclavitud.
La información fue consultada en la
tesis doctoral: «La Fuerza Salvífica de la Mortificación – Propuesta de una
nueva reflexión teológico-pastoral acerca de la mortificación cristiana», del Pbro. José Roberto Palau.https://www.maxwell.vrac.puc-rio.br/10064/10064_1.PDF
Fuente: Aleteia
