XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A Mateo 18, 21-35
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| Foto: Gus Moretta / Unsplash. Dominio público |
Perdonar es algo serio, humanamente difícil, si no imposible. No se debe hablar
de ello a la ligera, sin darse cuenta de lo que se pide a la persona ofendida cuando se le
dice que perdone. Junto al mandato de perdonar hay que proporcionar al hombre
también un motivo para hacerlo. Es lo que Jesús hace con la parábola del rey y de los dos
siervos.
Por la parábola está claro por qué se debe perdonar: ¡porque Dios, antes, nos ha perdonado y nos
perdona! Nos condona una deuda infinitamente mayor que la que un semejante
nuestro puede tener con nosotros. ¡La diferencia entre la deuda hacia el rey
(diez mil talentos) y la del colega (cien denarios) se corresponde a una actual
de tres millones de euros y unos pocos céntimos!
San Pablo ya puede
decir: «Como el Señor os ha perdonado, haced así también vosotros» (Col 3,13).
Está superada la ley del talión: «Ojo por ojo, diente por diente». El criterio
ya no es: «Lo que otro te ha hecho a ti, házselo a él»; sino: «Lo que Dios te
ha hecho a ti, házselo tú al otro». Jesús no se ha limitado, por lo demás, a
mandarnos perdonar; lo ha
hecho Él primero. Mientras le clavaban en la cruz rogó diciendo: «Padre,
¡perdónales, porque no saben lo que hacen!» (Lc 23,34). Es lo que distingue la
fe cristiana de cualquier otra religión.
También Buda dejó
a los suyos la máxima: «No es con el resentimiento como se aplaca el
resentimiento; es con el no-resentimiento como se mitiga el resentimiento».
Pero Cristo no se limita a señalar el camino de la perfección; da la fuerza para recorrerlo. No
nos manda sólo hacer, sino que actúa con nosotros. En esto consiste la gracia. El perdón cristiano va
más allá de la no-violencia o del no-resentimiento.
Alguno podría objetar: ¿perdonar setenta veces siete no representa alentar la
injusticia y dar luz verde a la prepotencia? No; el perdón cristiano no excluye que puedas también, en
ciertos casos, denunciar a la persona y llevarla ante la justicia, sobre todo
cuando están en juego los intereses y el bien incluso de otras personas. El
perdón cristiano no ha impedido, por poner un ejemplo cercano a nosotros, a las
viudas de algunas víctimas del terror o de la mafia buscar con tenacidad la
verdad y la justicia en la muerte de sus maridos.
Pero no hay sólo grandes perdones; existen también los perdones de cada día: en la vida de pareja, en el
trabajo, entre parientes, entre amigos, colegas, conocidos. ¿Qué hacer cuando
uno descubre que ha sido traicionado por el propio cónyuge? ¿Perdonar o
separarse? Es una cuestión demasiado delicada; no se puede imponer ninguna ley
desde fuera. La persona debe descubrir en sí misma qué hacer.
Pero puedo decir una cosa. He conocido casos en los que la parte ofendida ha
encontrado, en su amor por el otro y en la ayuda que viene de la oración, la
fuerza de perdonar al cónyuge que había errado, pero que estaba sinceramente arrepentido. El
matrimonio había renacido como de las cenizas; había tenido una especie de
nuevo comienzo. Cierto: nadie puede pretender que esto pueda ocurrir, en una
pareja, «setenta veces siete».
Debemos estar atentos para no caer en una trampa. Existe un riesgo también en
el perdón. Consiste en formarse la
mentalidad de quien cree tener siempre algo que perdonar a los demás. El
peligro de creerse siempre acreedores de perdón, jamás deudores. Si reflexionáramos bien, muchas veces,
cuando estamos a punto de decir: «¡Te perdono!», cambiaríamos actitud y
palabras y diríamos a la persona que tenemos enfrente: «¡Perdóname!». Nos
daríamos cuenta de que también nosotros tenemos algo que hacernos perdonar por ella. Aún más importante que perdonar es
pedir perdón.
Por Raniero Cantalamessa
Tomado de Homilética.
Fuente: ReL
