El perdón ilimitado
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| Dominio público |
Puesto a hacer
cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía
pagar; el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo
que tenía, y así pagase. Entonces el servidor; echándose a sus pies, le
suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo.
El
señor; compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al
salir aquel siervo, encontró a tino de sus compañeros que le debía cien denarios
y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: Págame lo que me debes. Su compañero,
echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Pero no
quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda.
Al
ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su
señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: Siervo
malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No
debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?
Y su señor; irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la
deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no
perdona de corazón a su hermano.» (Mateo 18, 21-35)
I.
¿Cómo puede un hombre guardar rencor y pedir la salud al Señor? (Eclo 27, 33;
28, 1-9) Dios concede su perdón a quien perdona. La indulgencia que empleemos
con los demás es la que tendrán con nosotros. Ésta es la medida. El Señor con
su Muerte en la Cruz nos ha hecho a todos los hombres y ha saldado el pecado de
todos. Jesús le contesta a Pedro cuando le pregunta si debe perdonar hasta
siete veces a su hermano que le ofende: No te digo hasta siete veces, sino
hasta setenta veces siete (Mateo 18, 21-35). Para perdonar de corazón, con
total olvido de la injuria recibida, hace falta una gran fe que alimente la
caridad.
Por
eso las almas que han estado muy cerca de Cristo ni siquiera han tenido
necesidad de perdonar porque, por grandes que hayan sido las injurias, las
calumnias, no se sintieron personalmente ofendidas, pues sabían que el único
mal es el mal moral, el pecado; las demás ofensas no llegaban a herirles.
Examinemos si guardamos en el corazón algún agravio, algo de rencor por una
injuria real o imaginaria, si nuestro perdón es rápido y sincero, y si pedimos
al Señor por aquellas personas que, quizá sin darse cuenta, nos ofendieron.
II. A veces son cosas
pequeñas las que nos pueden herir: un favor que no nos agradecen, una
recompensa justa que nos es negada, una palabra desagradable que nos llega en
un momento de cansancio… Otras pueden ser más graves: calumnias sobre las
personas que amamos, interpretaciones torcidas de aquello que hemos procurado
hacer con rectitud de intención… Sea lo que fuere, para perdonar con rapidez,
sin que nada quede en el alma, necesitamos desprendimiento y un corazón grande
orientado a Dios.
El perdón cristiano y, cuando sea necesario la defensa justa
y serena de los propios derechos o los de aquellos que nos están encomendados,
servirán para acercar a Dios a quienes hayan podido cometer injusticias. Hemos
de esforzarnos a imitar al Señor que está dispuesto a perdonar todo de todos.
Mal viviríamos nuestro camino de discípulos de Cristo si al menor roce con los
que convivimos se enfriase nuestra caridad. Algunas veces bastará con sonreír o
devolver el saludo. Las pequeñeces diarias no pueden hacernos perder la
alegría, que debe ser algo habitual y profundo en nuestra vida.
III.
Debemos perdonar siempre y todo porque es mucho –sin medida- lo que Dios nos
perdona. De ahí que sólo sepan perdonar las almas humildes, conscientes de lo
mucho que se les ha perdonado. En el sacramento de la penitencia, el Señor nos
concede su perdón de modo muy personal.
¡Qué
gran escuela de amor y generosidad es la Confesión! Pidamos a la Virgen nos
ayude a aumentar el espíritu de desagravio y de reparación por las ofensas al
Corazón misericordioso de Jesús.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
