Sin perdón no hay familia que se mantenga en pie. Pero si no se perdona bien, es un arma de doble filo que puede aumentar el problema
![]() |
| Antonio Guillem|Shutterstock |
1. PRIMERO PERDÓNATE A TI MISMO
No es el más obvio, ni el más
fácil. Pero amarse a sí mismo es un mandamiento, y no hay amor sin perdón.
Pensamos en esto cuando se trata del amor de Dios y de nuestros hermanos y
hermanas, pero a menudo lo olvidamos cuando se trata de nosotros mismos.
Si nuestro pasado nos impide
vivir en paz, ser plenamente nosotros mismos, es una señal de que tenemos que
perdonar: a nosotros mismos, a los demás.
2. NO CONFUNDAS EL PERDÓN CON EL
OLVIDO
El proceso de perdón no consiste
en negar la herida, en mantenerla enterrada tan profundo como sea posible. Al
contrario: el camino del perdón es ante todo un camino de verdad, por lo tanto
de descubrimiento.
Para poder perdonar, primero hay
que darse cuenta de que uno ha sido ofendido, ver y nombrar el delito, ya seas
el autor o la víctima.
3. NO INSTRUMENTALIZAR EL PERDÓN
El perdón puede servir para
aplastar al otro, para manipularlo, para convertirlo en un doble deudor: «No
sólo eres culpable de haberme ofendido, sino que también me debes gratitud, ya
que, en mi gran bondad, te perdono».
Este pseudo-perdón, en oposición
a una actitud verdaderamente misericordiosa, está completamente distorsionado
porque no está dictado por el amor, sino por el orgullo o la maldad.
4. PURIFICAR TUS INTENCIONES
¿Cómo se distingue un
pseudo-perdón de un perdón genuino? Hay varios criterios de valoración
posibles.
Por ejemplo, uno debe hacerse las
preguntas correctas: «¿Estoy listo para pedir perdón primero?»; «¿Mi perdón
tiene como objetivo hacer crecer a la otra persona, especialmente en
autoestima?», «¿Estoy dispuesto a perdonarlo antes de que me haya pedido
perdón?»; «¿Soy capaz de perdonarlo sin decir nada, si mi perdón corre el
riesgo de humillarlo?», «¿Estoy dispuesto a esperar el tiempo que tomará –
sabiendo que este tiempo puede no llegar nunca – para manifestar ese perdón?»
5. NO SEAS DESCONFIADO DEL PERDÓN
GENUINO
Lo que es peligroso no es
perdonar, sino ¡el no hacerlo! Cuidémonos de las apariencias, pues nada se
parece más al perdón (o a la bondad, o a la santidad) que su opuesto.
Aparentar el perdón sin darlo
representaría una gran falta de vergüenza, mientras que el perdón genuino (ya
sea pedido o dado) puede manifestarse de mil maneras, aparte de las palabras.
6. PERDONAR CON PALABRAS Y/O CON
ACTOS
Pedir perdón, conceder perdón, a
veces es obvio, pero es mucho mejor cuando lo dices en voz alta. Abrir la
boca para decir «te pido perdón» o «te perdono» es un signo de la apertura del
corazón. Por supuesto, el perdón puede comunicarse de otras formas: un beso,
por ejemplo.
El amor—cuando es el amor el que
inspira el perdón—encuentra las formas que te permiten expresarte, respetando
la modestia y la sensibilidad del otro. Una sonrisa, un gesto de afecto, una
palabra amable pueden ser signos muy claros del perdón, aunque no siempre
sustituyen a las palabras.
7. EL PERDÓN LLEVA TIEMPO (ENSEÑAR
A LOS NIÑOS A PERDONAR REQUIERE PACIENCIA)
Este puede ser un proceso largo:
los padres deben saber cómo ayudar a sus hijos en este camino, sin apresurarse
ni desanimarse. A los «ofendidos» les cuesta mucho más pasar la página que a
los «ofensores».
Es importante respetar el ritmo
de cada uno: lo principal no es que sean rápidos para perdonar, sino que sean
sinceros. A los «ofensores» les resultará más difícil ver la gravedad del
delito: hay que ayudarles a mirar al pasado para que se den cuenta de la
verdadera importancia de las lesiones que se han causado o sufrido.
Al final, no deberíamos
alegrarnos demasiado rápido por el hecho de que aparentemente hayan olvidado
todo. Olvidar no es perdonar.
8. PERDONAR A TIEMPO Y A DESTIEMPO
«Es demasiado tarde» es una
mentira de Satanás. Él es el que afirma que nuestros dramas son desesperados,
nuestras elecciones irremediables, y que ciertas cosas no pueden perdonarse
nunca. Y caemos en sus mentiras, porque el amor incondicional de Dios parece
demasiado bueno para ser verdad. No creemos realmente que «por Dios, todo es
posible».
9. SUPLICAR AL ESPÍRITU SANTO
El perdón ayuda a la memoria a
sanarse al establecer un estado de paz. El recuerdo de la ofensa sufrida se
convierte lo que era un camino de muerte y maldición en un camino de vida y
bendición. El perdón es, en verdad, la resurrección: el paso de la muerte a la
vida.
Este paso—del Jesús resucitado
que nos pidió que perdonáramos «setenta veces siete» (Mt 18, 22), es decir, sin
fin—nos hace capaces de ello. No tengamos miedo de pedir al Espíritu Santo que
nos recuerde todas las ofensas que tenemos que perdonar.
Luc Adrian
Fuente: Edifa
