Tras años plantando cara al
Partido, pudo huir de Checoslovaquia
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| El obispo Peter Esterka, en 2009 en el centro espiritual Brno-Lesna.Foto: MemoryOfNations.eu |
Un obispo checo recuerda
su huida de la opresión comunista
Cuando era niño, la patria checoslovaca del obispo emérito Petr Esterka, de 85 años, ordenado obispo auxiliar de
Brno, República Checa, en 1999 y que hoy vive retirado en el sur de California,
no conocía la paz ni la libertad.
Los
"libertadores"
En abril de 1945, los habitantes de Dolni Bojanovice, la ciudad
natal del joven Petr, se entusiasmaron al oír el estruendo de la artillería en la distancia. Los
rusos, hermanos eslavos de los checos, venían a liberar a la esclavizada
Checoslovaquia (que se disolvió en 1992 y se convirtió en dos naciones, la
República Checa y Eslovaquia).
Sin embargo, los alemanes pretendían hacer pagar caro a los rusos
cada kilómetro de terreno capturado. Se estableció una intrincada red de
ametralladoras, artillería y explosivos para hostigar el avance del ejército
ruso. Petr, de nueve años de edad, se apiñó en una bodega a las afueras del
pueblo con otros 60 familiares y amigos dada la posibilidad de una batalla
cruenta. Sin embargo, sorprendentemente, el pueblo se rindió sin apenas oposición. Los alemanes
apenas utilizaron las defensas que habían preparado y, en algunos casos
cruciales, los habitantes del pueblo ayudaron a los rusos. Un ejemplo: un
observador alemán se había instalado en la torre de la iglesia para transmitir
información sobre el enemigo que se acercaba, pero fue neutralizado por un párroco que cortó sus cables de
comunicación.
Sin embargo, el entusiasmo por la liberación rusa se convirtió
rápidamente en desilusión. Los soldados rusos eran toscos y proferían continuas
amenazas; los saqueos y
las violaciones estaban a la orden del día. Cuando Petr y su padre
regresaron a su casa, esta estaba destrozada, ocupada por soldados rusos
borrachos. Un oficial borracho agarró a Petr a punta de pistola y le dijo a su
padre: "Quiero que me traigas en 30 minutos 15 cuartos de vino. Si no lo
haces, te encontraré y te meteré una bala en la cabeza. Para asegurarme de que
vuelvas, retendré aquí a tu hijo".
Petr fue retenido como rehén en la despensa mientras su padre
salía en busca del vino. Cuando regresó con él, el oficial sirvió una copa y
ordenó al niño que se la bebiera. Este se resistió. Su padre le susurró:
"Tiene miedo de que el vino esté envenenado. Intenta beberlo".
Después de engullirlo, el oficial sacó dos balas de su pistola, las dejó caer
al suelo y declaró: "Toma, te las doy. Estaban destinadas a ti y a su hijo".
Décadas más tarde, el obispo Esterka escribió sobre el suceso:
"Mi padre las recogió lentamente. Nunca olvidaré la expresión de su
rostro. ¡Qué recuerdos para conservar de nuestros 'libertadores'!".
Bajo un gobierno títere de
Moscú
Los rusos acabaron abandonando Checoslovaquia, y un gobierno de coalición, que incluía
a muchos comunistas, se hizo con el control total del gobierno bajo el
mando de Klement Gottwald.
Como explica el obispo Esterka, "Checoslovaquia volvió a estar ocupada por
tiranos".
Nacido en 1935, Petr Esterka es el mayor de tres hermanos. Su
padre era obrero y carpintero. En su familia y en su pueblo, el catolicismo estaba
completamente integrado en la vida cotidiana. Los padres de Petr, con su
modesta educación, le instruyeron diligentemente en los principios de la fe
católica; en el pueblo se veían a menudo procesiones con el Santísimo Sacramento.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el obispo local estableció
en Brno un colegio
católico dirigido por los jesuitas, que también servía de seminario menor
para poder iniciar la formación de los futuros sacerdotes de la diócesis. Petr
entró en el colegio a los 13 años y, con el tiempo, destacó tanto en los
estudios como en los deportes (el fútbol y el atletismo eran sus favoritos).
El 13 de abril de 1950, el gobierno dio la orden de arrestar a los clérigos y los
religiosos y enviarlos a campos de concentración. A las 2 de la madrugada,
la policía secreta comunista tomó el control de la escuela de Petr y a la
mañana siguiente los agentes comunistas sustituyeron a los jesuitas. Cuando se
reanudaron las clases, la
ideología comunista sustituyó a la enseñanza católica. Los emblemas de la
estrella roja y la hoz y el martillo sustituyeron a la cruz.
El obispo Esterka recuerda un episodio especialmente ofensivo
cuando un agente comunista entró en la capilla del colegio y profanó el
Santísimo Sacramento, esparciendo
las Hostias consagradas por el suelo.
La resistencia cotidiana
Los padres de Petr lo sacaron del instituto y lo inscribieron en
la escuela de su pueblo, también impregnada de propaganda comunista. La
formación jesuita de Petr le permitió sobresalir y se graduó como el mejor de
su clase. Tenía la intención de seguir estudiando, pero su solicitud fue
rechazada porque él y su familia eran católicos.
El obispo explica: "He vivido la realidad del comunismo. Se
dice que todos son iguales, así que en teoría suena bien, pero en realidad el estado comunista es una
sociedad de clases. Solo los comunistas pueden triunfar".
Petr fue finalmente admitido en una escuela de comercio -aunque no era su preferencia- y
durante los dos años siguientes los agentes comunistas (a los que tenía que
referirse como "camarada", un título que llegó a despreciar)
intentaron adoctrinarle en la ideología comunista. En más de una ocasión Petr
se enfrentó al agente comunista de turno que intentaba convencerle de que no
había Dios. Sin embargo, las sesiones de lavado de cerebro tuvieron un efecto
inverso, ya que Petr se
vio obligado a estudiar cuidadosamente su fe para responder a diversos
desafíos. Líder nato, convenció a muchos de sus compañeros a ir a misa con él
antes de ir a la escuela.
Los comunistas presionaban constantemente a Petr para que
comprometiera su fe y se uniera a un grupo juvenil comunista; incluso
intentaron convencerle de que dejara de llevar la cruz en la solapa de su
chaqueta. Durante algunos
años fue el único miembro de su clase que no se unió a los comunistas.
Siempre tenía que tener cuidado con lo que decía, incluso en privado, ya que
los informantes y los dispositivos electrónicos de escucha estaban por todas
partes. Afirma: "Es muy difícil que alguien que no haya vivido bajo la
tiranía pueda darse cuenta y entender cómo puede ser la vida cuando debes sopesar cada palabra que
digas y cada opinión que tengas".
Testigos de la Fe
El obispo Esterka compartió la persecución que era el destino
común de los católicos checos. Muchos fueron enviados a prisión, otros
ejecutados. A menudo, el
gobierno declaraba oficialmente como suicidas a los que habían desaparecido.
Recuerda con cariño a su párroco, el padre Jaromír Porizek, que se oponía a los esfuerzos de los
comunistas por suprimir la religión. El sacerdote fue arrestado y condenado a
15 años de prisión, pero fue liberado 11 años después debido a su débil salud.
Murió en un hospital en circunstancias misteriosas.
También recuerda el ejemplo del obispo Karel Otčenášek (1920-2011), de la diócesis de Hradec
Kráové, encarcelado por
el régimen. Cuando finalmente fue liberado, lo enviaron a trabajar a una granja
lechera como un simple obrero.
Unos años más tarde, un grupo de turistas de los Países Bajos buscó al obispo y
lo encontró, demacrado y agotado, sin ningún símbolo de su alto cargo, pero
impertérrito ante los años de persecución. El obispo sorprendió a sus
compañeros de trabajo, que vieron cómo los turistas se arrodillaban ante él
para recibir su bendición.
Esta persecución tuvo diferentes efectos en la población católica. Algunos, que
antes habían descuidado la práctica religiosa, se volvieron practicantes
fervientes y resistieron. Otros, que antes se sentaban en primera fila los
domingos por la mañana, traicionaron su fe y se convirtieron en informadores
del gobierno.
La huida
La fidelidad de Petr a su fe hizo que lo echaran de la escuela y
lo enviaran a trabajar a una fábrica. Los horarios eran largos, los salarios
bajos y la supervivencia difícil en medio de la escasez y el racionamiento constantes. Una vez más,
en la fábrica se daba preferencia a los que cooperaban con los comunistas. Pero
Petr no cedía: "Créame, luché en muchas ocasiones conmigo mismo
preguntándome si podría haber alguna vez una reconciliación entre mi fe en Dios y la pertenencia al partido
comunista. Pero la respuesta era siempre la misma: ambas cosas son
incompatibles. No podía ceder".
En 1957, a la edad de 20 años, Petr decidió escapar. Había sido
interrogado por la policía secreta porque sospechaba que había hablado contra
el gobierno, y temía que su detención fuera inminente.
Junto con dos compañeros, Petr se dirigió a la frontera
checo-austríaca. Esparciendo pimienta detrás de ellos para que los perros de la
policía no pudieran seguir su rastro, el trío se arrastró a través de campos de
trigo y remolacha hacia una hilera de tres vallas, una de las cuales estaba
electrificada. Las minas eran una amenaza constante. Rezaban continuamente a la Virgen y a San Judas pidiendo
que intercedieron por su seguridad.
Se tropezaron con un cohete de señalización y chocaron con una
torre con ametralladoras, pero milagrosamente los guardias fronterizos no les
vieron. Con ayuda de unas cizallas, atravesaron las vallas y llegaron sanos y salvos a Austria.
Tras seis meses de discernimiento, Petr ingresó en un seminario
para checos y en 1963 fue ordenado sacerdote. Al no poder regresar a
Checoslovaquia por ser oficialmente un criminal y un traidor, buscó otro lugar
para comenzar su ministerio. Invitado por un obispo de Texas, partió a Estados Unidos para
atender a la creciente población checa de su diócesis (a pesar de no saber
inglés). En 1966 regresó a Roma para continuar sus estudios, incorporándose
después al profesorado del St. Catherine's College de St. Paul, en Minnesota.
Durante 23 años impartió clases
de teología moral, matrimonio y ecumenismo.
En 1993 recibió una invitación para ir a la diócesis de Orange,
California, a fin de coordinar la misión católica para los checos católicos en
Estados Unidos, Canadá y Australia. (Con su ordenación como obispo en 1999, la
misión incluyó también a Europa).
Desde la caída del comunismo en 1989, el obispo ha podido viajar
libremente por la República Checa. Lamenta el efecto devastador que los 40 años de comunismo han tenido
en la Iglesia; pocos asisten a la Iglesia o conocen su fe y las vocaciones
son escasas. Se retiró como obispo en 2013.
Traducido
por Elena Faccia Serrano.
Fuente: ReL
