Durante su pontificado, el Papa tuvo que enfrentar dos grandes amenazas:
la difusión del protestantismo y las invasiones de los turcos, frente a lo cual
trabajó incansablemente
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Dominio público |
Desde pequeño fue pastor por no poder ser clérigo y tener que
arrimar el hombro a la economía familiar.
Sabedor de las
inclinaciones del muchacho, el Sr. Bastone se ofreció a pagar los gastos para
que pudiera entrar en la escuela de los dominicos, cuando también ingresó a su
hijo Francesco.
Ingresa en los dominicos de
Voghera; a fray Miguel –es ahora su nuevo nombre– lo destinaron a Vigevano; en
Bolonia cursa los estudios filosóficos y teológicos y aprende santidad allí
mismo junto al sepulcro del fundador santo Domingo de Guzmán. Se ordenó
sacerdote en Génova en 1528.
Fray Miguel de Alessandría
vive pobre, enseña y predica, atiende los oficios divinos y combate a los
herejes en Pavía, Alba y Como, donde lo nombraron inquisidor. Camina a pie de
un lado a otro poniendo orden entre los nobles y herejes, sin respeto humano,
ni miedo a las amenazas del Conde de Alba –llegó a amenazarle con arrojarlo a
un pozo–, o a los mercaderes que se irritan profundamente cuando les requisa
los libros heréticos.
En 1550 está en Roma; hasta
allí han llegado las quejas y protestas por la rectitud con la que lleva
adelante su encargo inquisitorial; vista la cosa, nadie puede ponerle un pero a
su trabajo, que supo llevar con una escrupulosidad ejemplar. El mismo cardenal
Caraffa lo reconoció y hasta lo admiró.
Al bueno y recto fray Miguel
lo nombraron obispo de Sutri y Nepi el 4 de septiembre de 1556 y Paulo IV lo
hizo cardenal de la Iglesia el 15 de marzo de 1575, y luego, Inquisidor
General.
Pío IV, Médici de pura
cepa, lo despreció, olvidó e ignoró porque varias veces tuvieron un ten con ten
en el que el último papa del Renacimiento solía recibir alguna que otra
amonestación del cardenal Ghislieri, amante de la pobreza, despegado del mundo
y de los honores, recio, y en algunos puntos inflexible.
Contra su voluntad lo
eligieron papa el 7 de enero de 1566, por la decisión que tomaron en un
agitadísimo cónclave los cardenales Borromeo y Farnesio. Lo pintan de mediana
estatura, de ojos pequeños con mirada aguda, y nariz aguileña; lleva como
atributos un crucifijo y un rosario.
En el Vaticano se nota que
ha dado un giro la Iglesia con su presencia. Despidió a todos los bufones, se
mostró enemigo de los abundantes aduladores y generosísimo con los pobres;
decía Misa diaria –cosa nada frecuente en aquella época–, impuso austeridad y
redobló la oración meditando de modo preferente la Pasión, acompañada por el
Rosario; desconfiando de los cardenales, se propuso renovar el Colegio. Se iban
corriendo las voces de que el antiguo inquisidor –ahora papa– solo sabía
reformar.
Y tenían bastante razón aquellos
rumores. Pío V ha decidido poner en marcha los Decretos del Concilio
Tridentino; reforma el Breviario y el Misal; publica el Catecismo de Trento,
que también se conoce por su nombre; urge la obligación de residencia en sus
diócesis para los obispos, les manda la celebración de sínodos anuales, y da
ejemplo en Roma realizando las visitas pastorales. El viejo inquisidor frena
todo lo que puede la herejía protestante, contando con el saber y la fidelidad
de Pedro Canisio, ayudando a los católicos franceses a luchar contra los
hugonotes, y adoptando medidas para favorecer la ortodoxia: fomentó las
ciencias eclesiásticas, cuidó la universidad de Roma y nombró Doctor de la
Iglesia a santo Tomás de Aquino.
Además hay un terrible
problema planteado. El turco. A Pío V le preocupa la unidad de la Iglesia,
defender y extender la fe. Intenta la unidad de los príncipes y reinos
cristianos para dar respuesta al peligro turco; una y mil veces propone formar
la Santa Liga y fracasa tanto por sus escasas dotes políticas como por los
sobrados intereses políticos de los gobernantes. Por fin, consigue la Triple
Alianza entre Venecia, los Estados Pontificios y España para montar una
escuadra capaz de presentar batalla a los turcos; los venció en Lepanto y la
mandaba Juan de Austria como almirante.
Murió el ilustre piamontés
que tuvo un origen tan humilde, el 1 de mayo de 1572, como simple fraile
dominico; deseó morir vestido con el hábito de la Orden. Su voluntad expresa
fue que se le enterrara en Bosco, pero en este punto no le dieron gusto; el
papa Sixto V trasladó sus restos a Santa María la Mayor, desde su entierro
provisional en el Vaticano.
Al papa de la recuperación
moral de la Iglesia –el que se mostró implacable contra el nepotismo, que
excomulgó a Isabel de Inglaterra y eliminó en la práctica el protestantismo en
Italia– lo canonizaron en 1712, aunque hubiera sido tratado de intransigente y
duro. Y es que en la Iglesia pasa como en el cuerpo humano; arreglarlo, cuesta.
Y a veces es preciso cortar para el bien de la totalidad.
Fuente: Archimadrid.org