El Adviento es, ante todo, un momento para que los cristianos recuerden que su vida está orientada hacia el regreso de Cristo en el Juicio Final
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| Stéphane Ouzounoff / Hans Lucas / Hans Lucas via AFP |
"Esperamos que se cumpla esta feliz esperanza, la
venida de Jesucristo, nuestro Salvador", se dice en la Misa, justo después
del Padre Nuestro. Esta venida (adventus, en latín), que da nombre
al tiempo litúrgico del Adviento, es la del regreso definitivo del Mesías. En
otras palabras, el Juicio Final.
Una herejía actual: apocatástasis
La espera, actitud espiritual de este comienzo del año
litúrgico, está efectivamente orientada hacia el futuro, aunque se nutre de las
promesas de la Antigua Alianza y de la llegada, en el tiempo y en el espacio,
del Verbo hecho carne. Así, cada fiel puede preguntarse, al comenzar el camino
hacia la Natividad: ¿estoy preparado para el Juicio y es normal tener
confianza?
"Velen, pues, porque no saben en qué día vendrá su
Señor" (Mt 24, 40), aconseja Jesús a los discípulos en el evangelio
del año A. ¿Debemos entonces tener un miedo terrible al Juicio? Algunos de
nuestros predecesores en el seguimiento de Cristo temían este acontecimiento
final, con el riesgo de no ver más que la misericordia de Dios.
Esa época pasada ha dado paso a otro defecto, incluso a una
herejía: la apocatástasis o, en la cultura popular, "todos iremos al
paraíso".
Esperar el juicio con conciencia y confianza
Como ya enseñaba Aristóteles unos
siglos antes del Salvador, la verdad se encuentra en un justo equilibrio entre
dos extremos. Por un lado, el menosprecio de uno mismo o del Señor, que hace
temer lo peor: nunca seré digno de vivir junto al Padre; el Creador es celoso
de su amor, nuestro Dios es un Dios vengativo.
Por otro lado, la presunción: no veo qué me aleja de Dios;
¿dejaría el Padre que uno de sus hijos se perdiera? En medio, la Escritura y la
Tradición, que no se pronuncian sobre la salvación personal, rechazan la
apocatástasis y profesan una única esperanza: Dios quiere que todos los hombres
se salven.
Por lo tanto, el Juicio rima con conciencia y confianza.
Cada uno está invitado a ser consciente de que la libertad que el Creador da a
sus criaturas es una responsabilidad y que los actos realizados serán juzgados
por el amor que hayamos puesto en ellos. En un movimiento paralelo, aunque
aparentemente contrario, cada uno debe entregarse a la gracia.
San Ignacio resume esta línea divisoria del cristiano en sus
Ejercicios: "Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad
todo depende de Dios". El orgullo en cuanto al Juicio no se sitúa tanto en
la confianza en sí misma como en el objeto de esta: ¿de mí mismo o de Dios, que
es el único autor de la Salvación?
La penitencia como anticipación
A este respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica precisa
que "el Hijo no ha venido a juzgar, sino a salvar" y que "cada
uno se juzga a sí mismo al rechazar la gracia en esta vida2 (§679).
Y recuerda un lugar muy concreto donde se experimenta el
juicio, para anticipar en esta vida esa realidad venidera: el sacramento de la
reconciliación. "Al convertirse a Cristo mediante la penitencia y la fe,
el pecador pasa de la muerte a la vida y "no está sujeto al juicio2 (Jn 5,
24)" (§1470). Confianza, pues, Él te llama.
Valdemar
de Vaux
Fuente: Aleteia
