Jesús lo ha ganado para sí, lo ha introducido en su casa, la casa de la
misericordia, donde el hombre reconoce sus pecados y siente la necesidad de
cambiar de vida
Si
observamos bien, la historia de Zaqueo tiene un gran parecido con la parábola
del hijo pródigo. Zaqueo es un pecador público, que se había enriquecido con el
dinero de los demás extorsionando a los pobres. Cuando Jesús llega a Jericó,
Zaqueo busca discernir quién es, desea verlo y, como era bajo de estatura, se
sube a un sicomoro. Como el hijo pródigo que anhela retornar al Padre, surge en
él el deseo de ir a Jesús.
El
hijo pródigo había caído en la pobreza más radical del pecado, pero en esa
postración siente la llamada de retornar al Padre y se pone en camino. Zaqueo
busca a Jesús y pone todos los medios para encontrarlo.
Cuando
Jesús pasa junto a Zaqueo, levanta los ojos hacia él, y le pide que baje del
árbol porque quiere comer con él en su casa. Jesús se hace el encontradizo de
quien le busca. Zaqueo busca a Jesús, pero, en realidad, es Jesús quien busca a
Zaqueo para entrar en su casa, la casa de un pecador público. Este gesto
suscita murmuraciones. Un maestro de la ley, como era Jesús, no podía entrar en
casa de un pecador ni compartir mesa con él. Pero Jesús supera los
convencionalismos porque ha venido a salvar a Zaqueo.
Como
en la parábola del hijo pródigo, también la historia de Zaqueo termina en un
banquete gozoso donde el pecador público pide perdón de sus pecados y, sobre
todo, anuncia su propósito de cambiar de vida. Jesús lo ha ganado para sí, lo
ha introducido en su casa, la casa de la misericordia, donde el hombre reconoce
sus pecados y siente la necesidad de cambiar de vida. Nos gustaría mucho saber
de qué hablaron Jesús y Zaqueo. El evangelista no lo dice, pero constata la
consecuencia del encuentro entre ambos: La salvación ha entrado en casa de
Zaqueo.
En
su encíclica Deus caritas est, el
Papa Benedicto XVI afirma: «No se comienza a ser cristiano por una decisión
ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una
Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación
decisiva» (n. 1). La historia de Zaqueo es un ejemplo iluminador de esta
verdad. Cuando Cristo entra de verdad en la vida de una persona, esta cambia
radicalmente. Nada sigue igual. El hombre experimenta que la “salvación” le ha
alcanzado.
No
se trata de una salvación cualquiera, la que nos libera de los problemas de la
vida ordinaria. Es una salvación integral, que afecta a la totalidad de nuestro
ser y que nos proyecta hacia al futuro con una vitalidad sobrenatural que
implica la caridad con los más pobres y necesitados. Se trata de la salvación
definitiva que nos arranca del pecado y nos lanza a la vida más allá de la
muerte. El banquete de Jesús con Zaqueo, como el que ofrece el padre al hijo
pródigo, es un símbolo del banquete del Reino de los cielos, que consumará la
historia con una alegría inagotable. Esta es la alegría que invade a Zaqueo cuando
Jesús le dice que quiere comer con él.
Hay
muchos cristianos que, a pesar de vivir en la Iglesia y sentirse discípulos de
Cristo, no han experimentado aún el encuentro transformador con su persona. Les
falta dejarse mirar por él, acogerle en su intimidad, tratar con él de la
orientación de su vida, y determinarse a vivir a la luz del evangelio que nos
invita a la conversión.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
