Cajón
desastre
Hola,
buenos días, hoy Israel nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
Dentro
de un mes y unos días me mudo. Bueno, no es que me vaya a otro convento, sino
que pasaré, de vivir en el Noviciado, a vivir en Comunidad. Pero la realidad es
que sí es una mudanza en toda regla...
Estos
días voy ordenando mi celda actual para guardarlo en cajas. Y nos han explicado
que, la mejor manera de ordenar, es sacarlo todo e ir agrupando las cosas según
la utilidad para la que sirven. Y así estoy tratando de hacer: herramientas por
un lado, cosas para personalizar por otro, cables allá...
Lo
cierto es que tenía algún “cajón desastre”, que, al tratar de ordenar de esta
forma, ha quedado genial. Hasta tenía cosas que ni siquiera eran mías y que no
recordaba que tenía guardadas, y así he podido devolverlas.
Después,
en la oración, me daba cuenta de que muchas veces en nuestro interior sucede lo
mismo. Se vuelve un cajón desastre de pensamientos por aquí, de agobios, o de
pesos... que nos quitan la paz. Y, lo que es peor aún, cuando nuestra mente
está ocupada en ese ovillo de cosas, no nos permite disfrutar del momento
presente, porque no deja al corazón centrarse en otra cosa nada más que en su
agobio.
Y,
sin embargo, el Señor nos quiere libres, nos quiere felices, y la felicidad
solo está en el presente. Por eso, Él nos invita cada día a poner cada cosa en
su lugar. Cuando hacemos esto y le dejamos que ponga orden, nos damos cuenta de
que tampoco era para tanto: porque este problema no me pertenece a mí, la vida
de esta persona es suya, o porque el pasado le pertenece solo a Cristo y el
futuro está en Sus Manos...
El
Señor nos quiere responsables, pero eso no significa que carguemos con todo,
pues sabe que es superior a nuestras fuerzas. Por eso Él lo ha cargado ya por
nosotros. Tan solo necesita que se lo entregues y que Le des la oportunidad de
salvarte, o de salvar a esa persona.
Hoy
el reto del amor es que te adentres en tu cajón desastre y, con Cristo, de la
mano, hagáis juntos una cosa nueva. Por ejemplo, una llamada de teléfono a esa
persona que tienes pendiente y que te quita la paz. Llámala para desearle un
feliz día y deja que tu corazón vuelva a amar.
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
