LA ORACIÓN PERSONAL
II.
Oración personal: diálogo confiado con Dios.
III.
Poner los medios para rezar con recogimiento y evitar las distracciones.
“Transcurridos los dos
días, Jesús partió hacia Galilea. Él mismo había declarado que un profeta no
goza de prestigio en su propio pueblo. Pero cuando llegó, los galileos lo
recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén
durante la Pascua; ellos también, en efecto, habían ido a la fiesta. Y fue otra
vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había allí un
funcionario real, que tenía a su hijo enfermo en Cafarnaúm. Cuando supo que
Jesús había llegado de Judea y se encontraba en Galilea, fue a verlo y le
suplicó que bajara a curar a su hijo moribundo. Jesús le dijo: "Si no veis
signos y prodigios, no creéis". El funcionario le respondió: "Señor,
baja antes que mi hijo se muera". "Vuelve a tu casa, tu hijo
vive", le dijo Jesús. El hombre creyó en la palabra que Jesús le había
dicho y se puso en camino. Mientras descendía, le salieron al encuentro sus
servidores y le anunciaron que su hijo vivía. El les preguntó a qué hora se
había sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la
fiebre", le respondieron. El padre recordó que era la misma hora en que
Jesús le había dicho: "Tu hijo vive". Y entonces creyó él y toda su
familia. Este fue el segundo signo que hizo Jesús cuando volvió de Judea a
Galilea” (Juan 4,43-54).
I. Muchos pasajes del
Evangelio muestran a Jesús que se retiraba y quedaba a solas para orar. Era una
actitud habitual del Señor, especialmente en los momentos más importantes de su
ministerio público. ¡Cómo nos ayuda contemplarlo! La oración es indispensable
para nosotros, porque si dejamos el trato con Dios, nuestra vida espiritual
languidece poco a poco. En cambio, la oración nos une a Dios, quien nos dice:
Sin Mí, no podéis hacer nada (Juan 15, 5). Conviene orar perseverantemente
(Lucas 18, 1), sin desfallecer nunca.
Hemos
de hablar con Él y tratarle mucho, con insistencia, en todas las circunstancias
de nuestra vida, sabiendo que verdaderamente Él nos ve y nos oye. Además,
ahora, durante este tiempo de Cuaresma, vamos con Jesucristo camino de la Cruz,
y “sin oración, ¡qué difícil es acompañarle!” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino).
Quizá sea la necesidad de la oración, junto con la de vivir la caridad, uno de
los puntos en los que el Señor insistió más veces en su predicación.
II. En la oración personal
se habla con Dios como en la conversación que se tiene con un amigo, sabiéndolo
presente, siempre atento a lo que decimos, oyéndonos y contestando. Es en esta
conversación íntima, como la que ahora intentamos mantener con Dios, donde
abrimos nuestra alma al Señor, para adorar, dar gracias, pedirle ayuda, para
profundizar en las enseñanzas divinas.
Nunca
puede ser una plegaria anónima, impersonal, perdida entre los demás, porque
Dios, que ha redimido a cada hombre, desea mantener un diálogo con cada uno de
ellos: un diálogo de una persona concreta con su Padre Dios. “Me has escrito:
“orar es hablar con Dios. Pero ¿de qué? -¿De qué? De Él, de ti: alegrías,
tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias...
¡flaquezas! : y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En
dos palabras: conocerle y conocerte: ¡tratarse!”.
III. Hemos de poner los
medios para hacer nuestra oración con recogimiento, luchando con decisión
contra las distracciones, mortificando la imaginación y la memoria. En el lugar
más adecuado según nuestras circunstancias; siempre que sea posible, ante el
Señor en el Sagrario. Nuestro Ángel Custodio nos ayudará; lo importante es no
querer estar distraídos y no estarlo voluntariamente.
Acudamos
a la Virgen que pasó largas horas mirando a Jesús, hablando con Él, tratándole
con sencillez y veneración. Ella nos enseñará a hablar con Jesús.
Textos
basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente:
Almudi.org