En el final de la celebración, como todos los años, el
Santo Padre Francisco llevó la imagen del Niño Jesús hacia el pesebre situado
en el interior de la Basílica Vaticana
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| El Papa Francisco celebra la Santa Misa de la Noche de Navidad en la Basílica de San Pedro (Vatican Media) |
«El cuerpecito del Niño de Belén propone un modelo de
vida nuevo: no devorar y acaparar, sino compartir y dar. Dios se hace pequeño
para ser nuestro alimento. Nutriéndonos de él, Pan de Vida, podemos renacer en
el amor y romper la espiral de la avidez y la codicia». Homilía del Papa en la
Noche de Navidad
El canto de la Calenda resonó fuerte en la Basílica de
San Pedro: fue el canto del Anuncio gozoso del nacimiento de nuestro Salvador,
el pregón de Navidad, la buena noticia de Dios que asume la realidad de nuestra
carne. La homilía del Papa en la Santa Misa de Nochebuena, comenzó situándose
en la “subida” de María y José hacia Belén. Esta noche – dijo el Papa – también
nosotros subimos a Belén para descubrir el misterio de la Navidad.
El Romano Pontífice desarrolló su homilía en torno al
lugar que vio nacer a Jesús en nuestro mundo, dividiéndola en dos partes: en la
primera de ellas habló del significado del nombre Belén, es decir, la “casa del
Pan”, mientras que en la segunda habló de Belén como “ciudad de David”.
Belén, la “casa
del pan”
«En esta ‘casa’ – dijo - el
Señor convoca hoy a la humanidad. Él sabe que necesitamos alimentarnos para
vivir. Pero sabe también que los alimentos del mundo no sacian el corazón».
Francisco señaló que en la "casa del pan",
Dios nace en un pesebre, y esto es como si nos dijera: “Aquí estoy para
ustedes, como su alimento”. Jesucristo “no toma, sino que ofrece el
alimento”, explicó. No da “algo”, sino que “se da a sí mismo”.
Según el Sucesor de Pedro, este lugar es “el punto de inflexión” que
cambia “el curso de la historia”.
El cuerpecito
del Niño de Belén, un modelo de vida nuevo
En Belén Dios se hace pequeño para ser nuestro
alimento: “Él sabe que necesitamos alimentarnos todos los días”, dijo el Papa
Francisco, precisando que en ello descubrimos que Dios “no es alguien que
toma la vida, sino Aquel que da la vida”:
«Al hombre, acostumbrado desde los orígenes a tomar y
comer, Jesús le dice: ‘Tomad, comed: esto es mi cuerpo’ . El cuerpecito del
Niño de Belén propone un modelo de vida nuevo: no devorar y acaparar, sino
compartir y dar. Dios se hace pequeño para ser nuestro alimento. Nutriéndonos
de él, Pan de Vida, podemos renacer en el amor y romper la espiral de la avidez
y la codicia».
Amor, caridad y
sencillez alimentan la vida
«Desde la ‘casa del pan’, - prosiguió el Papa - Jesús lleva de nuevo al hombre a casa, para
que se convierta en un familiar de su Dios y en un hermano de su prójimo. Ante
el pesebre, comprendemos que lo que alimenta la vida no son los bienes, sino el
amor; no es la voracidad, sino la caridad; no es la abundancia ostentosa, sino
la sencillez que se ha de preservar».
Del pesebre al
cenáculo Dios se dona a nosotros
Como el Señor “sabe que necesitamos alimentarnos todos
los días”, se ha ofrecido a nosotros "todos" los días de su vida,
"desde el pesebre de Belén al Cenáculo de Jerusalén”:
«Todavía hoy, en el altar, se hace pan partido para
nosotros: llama a nuestra puerta para entrar y cenar con nosotros. En Navidad
recibimos en la tierra a Jesús, Pan del cielo: es un alimento que no caduca
nunca, sino que nos permite saborear ya desde ahora la vida eterna».
La vida de Dios
corre en las venas de la humanidad
El Santo Padre recordó que en Belén descubrimos que
“la vida de Dios corre por las venas de la humanidad” y, “si la acogemos, la
historia cambia a partir de cada uno de nosotros”. Esto porque “cuando Jesús
cambia el corazón, el centro de la vida ya no es mi 'yo', hambriento y
egoísta, sino Él, que nace y vive por amor”.
¿Cuál es mi
alimento? ¿Necesito tantas cosas?
En este día en que muchos cristianos hacen un
“balance” interior del año que está por terminar, el día en que conmemoramos y
celebramos el nacimiento de nuestro Salvador, el Romano Pontífice invitó a
hacernos algunas preguntas, guiándonos ante la imagen del pesebre, para
reflexionar:
«Al estar llamados esta noche a subir a Belén, casa
del pan, preguntémonos: ¿Cuál es el alimento de mi vida, del que no puedo
prescindir?, ¿es el Señor o es otro?»
«Después, entrando en la gruta, individuando en la
tierna pobreza del Niño una nueva fragancia de vida, la de la sencillez,
preguntémonos: ¿Necesito verdaderamente tantas cosas, tantas recetas
complicadas para vivir? ¿Soy capaz de prescindir de tantos complementos superfluos,
para elegir una vida más sencilla? En Belén, junto a Jesús, vemos gente que ha
caminado, como María, José y los pastores. Jesús es el Pan del camino».
¿Parto mi pan
con quien no tiene?
A Jesús, siguió diciendo el Papa, “no le gustan las
digestiones pesadas, largas y sedentarias, sino que nos pide levantarnos
rápidamente de la mesa para servir, como panes partidos por los demás”.
Por ese motivo preguntó aún:
“En Navidad, ¿parto mi pan con el que no lo tiene?»
Belén, la
ciudad de David
En la segunda parte de la homilía el Santo Padre se
centró en la figura de David, joven pastor elegido por Dios para ser pastor y
guía de su pueblo, y recordó que “en Navidad, en la ciudad de David, los que
acogen a Jesús son precisamente los pastores”.
Nuestro Pastor
todo lo vence
Francisco recordó que los pastores en aquella noche
“se llenaron de gran temor”, pero allí estaba el ángel, que les dijo «No
temáis»:
«Resuena muchas veces en el Evangelio este no temáis:
parece el estribillo de Dios que busca al hombre. Porque el hombre, desde los
orígenes, también a causa del pecado, tiene miedo de Dios: ‘me dio miedo […] y
me escondí’, dice Adán después del pecado. Belén es el remedio al miedo, porque
a pesar del ‘no’ del hombre, allí Dios dice siempre ‘sí’: será para siempre
Dios con nosotros. Y para que su presencia no inspire miedo, se hace un niño
tierno. No temáis: no se lo dice a los santos, sino a los pastores, gente
sencilla que en aquel tiempo no se distinguía precisamente por la finura y la
devoción. El Hijo de David nace entre pastores para decirnos que nadie estará
jamás solo; tenemos un Pastor que vence nuestros miedos y nos ama a todos, sin
excepción».
Los pastores
vigilan la venida del señor y actúan
Haciendo una aproximación entre los pastores y nosotros,
es decir, con los pastores del hoy que vamos al encuentro de Jesús, Francisco
recordó el modo en que los pastores de entonces van a su encuentro, es decir,
para señalarnos cuál debe ser nuestra actitud hoy. Pero el Papa también puso en
guardia sobre la inactividad en la que se puede caer si lo esperamos en el
sofá:
«Los pastores de Belén nos dicen también cómo ir al
encuentro del Señor. Ellos velan por la noche: no duermen, sino que hacen lo
que Jesús tantas veces nos pedirá: velar. Permanecen vigilantes, esperan
despiertos en la oscuridad, y Dios ‘los envolvió de claridad’. Esto vale
también para nosotros. Nuestra vida puede ser una espera, que también en las
noches de los problemas se confía al Señor y lo desea; entonces recibirá su
luz. Pero también puede ser una pretensión, en la que cuentan solo las propias
fuerzas y los propios medios; sin embargo, en este caso el corazón permanece
cerrado a la luz de Dios. Al Señor le gusta que lo esperen y no es posible
esperarlo en el sofá, durmiendo. De hecho, los pastores se mueven: ‘fueron
corriendo’, dice el texto. No se quedan quietos como quien cree que ha llegado
a la meta y no necesita nada, sino que van, dejan el rebaño sin custodia, se
arriesgan por Dios. Y después de haber visto a Jesús, aunque no eran expertos
en el hablar, salen a anunciarlo, tanto que «todos los que lo oían se admiraban
de lo que les habían dicho los pastores».
Correr el
riesgo por Jesús es un acto de amor
«Esperar despiertos, ir, arriesgar, comunicar la
belleza: son gestos de amor. El buen Pastor, que en Navidad viene para dar la
vida a las ovejas, en Pascua le preguntará a Pedro, y en él a todos nosotros,
la cuestión final: ‘¿Me amas?’ (Jn 21,15). De la respuesta dependerá el futuro
del rebaño. Esta noche estamos llamados a responder, a decirle también
nosotros: ‘Te amo’. La respuesta de cada uno es esencial para todo el rebaño».
Será Navidad
cuando podré decirte....
La exhortación final del Papa en esta Navidad 2018 fue
de ir hacia Belén como lo hicieron los pastores. Y aunque el camino, “también
hoy, es en subida”, se debe “superar la cima del egoísmo”:
«Es necesario no resbalar en los barrancos de la
mundanidad y del consumismo», dijo. Y concluyó:
«Quiero llegar a Belén, Señor, porque es allí donde
me esperas. Y darme cuenta de que tú, recostado en un pesebre, eres el pan de
mi vida. Necesito la fragancia tierna de tu amor para ser, yo también, pan
partido para el mundo. Tómame sobre tus hombros, buen Pastor: si me amas, yo
también podré amar y tomar de la mano a los hermanos. Entonces será Navidad,
cuando podré decirte: 'Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo'».
En el final de la celebración, como todos los años, el
Santo Padre Francisco llevó la imagen del Niño Jesús hacia el pesebre situado
en el interior de la Basílica Vaticana.
Griselda Mutual – Ciudad del Vaticano
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