En lugar de aceptar la voluntad de Dios, escrita en el corazón y
manifestada en Jesucristo, buscamos sucedáneos de lo religioso, que siempre
están elaborados a imagen de nuestra propia medida
En
tiempos de Jesús la norma suprema del comportamiento moral era la Ley de Dios
transmitida por Moisés. Jesús dice que no ha venido a abolir la Ley sino a
cumplirla, expresando así su estima por los mandamientos de Dios.
Sin embargo, a lo largo de
la historia, se desarrollaron prescripciones referidas sobre todo a la pureza
cultual, que no sólo complicaban el cumplimiento de los mandatos divinos, sino
que oscurecían el sentido del verdadero culto y de la vida moral. Los diez
mandamientos habían dado paso a los 613 preceptos que la tradición judía proponía
como sistema moral.
El libro del Deuteronomio
previene sobre este riesgo cuando Moisés, al trasmitir la Ley, dice: «No
añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada; observaréis los preceptos
del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy» (Dt 4,2).
En este contexto se entiende
el evangelio de este domingo. Los escribas y fariseos se acercan a Jesús y le
echan en cara que sus discípulos coman sin lavarse las manos, que era una de las
prescripciones vigentes. Jesús les contesta con palabras del profetas Isaías:
«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El
culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos
humanos». Y termina con esta sentencia: «Dejáis a un lado el mandamiento de
Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Mc 7,6-8).
Jesús distingue claramente
entre lo que viene de Dios y lo que sólo es tradición de los hombres. Y para
dejar aún más claro su pensamiento, Jesús explica el fundamento de la verdadera
religión que agrada a Dios. Esta no consiste en las distinciones farisaicas
sobre alimentos puros e impuros que contaminarían al hombre, obligándole a
ritos de purificación externa.
Nada de lo que entra en el
hombre —dice Jesús— puede hacerlo impuro, porque no entra en el corazón sino en
el vientre, y se expulsa en la letrina. Lo que hace impuro al hombre es lo que
sale del corazón, lo que procede de su interior: los pensamientos perversos,
los robos y homicidios, las fornicaciones y adulterios, las codicias, fraudes,
envidia y difamación, el orgullo y la frivolidad. Esto hace impuro al hombre.
En realidad, Jesús vincula su enseñanza a la de los grandes profetas de Israel
que criticaban el culto exterior cuando no iba acompañado del culto interior.
Por eso, el salmo 51 resume
la actitud del hombre religioso en esta súplica: «Crea en mí, oh Dios, un
corazón puro». Y el profeta Ezequiel anuncia la nueva alianza que Dios
establecerá con su pueblo en los tiempos mesiánicas: «Os daré un corazón nuevo,
y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de
piedra, y os daré un corazón de carne» (Ez 36,26). Esto es lo que con otras
palabras dice Jesús a la samaritana cuando ésta le pregunta por el verdadero
culto. Jesús le dice que los adoradores de Dios, lo adorarán en espíritu y en
verdad.
La tendencia a complicar lo
sencillo y a sustituir los mandatos de Dios por tradiciones humanas es muy
propia de los hombres que quieren justificarse a sí mismos. En lugar de aceptar
la voluntad de Dios, escrita en el corazón y manifestada en Jesucristo,
buscamos sucedáneos de lo religioso, que siempre están elaborados a imagen de
nuestra propia medida. Marginamos lo esencial para quedarnos en lo accesorio e
intrascendente, como puede ser lavarse o no las manos.
Por eso, hoy, el apóstol
Santiago nos da una norma de comportamiento que apunta en la misma dirección
que las palabras de Jesús: «La religiosidad auténtica e intachable a los ojos
de Dios Padre es esta: atender a huérfanos y viudas en su aflicción y
mantenerse incontaminado del mundo» (Sant 1,27).
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia