Dios no cesa de invitar, de llamar a la fiesta de la salvación sin importar si los invitados son buenos o malos
Quizás
sorprende a muchos lectores del evangelio el uso que Jesús hace en su
predicación de las fiestas de bodas. Son varias parábolas las que giran
en torno a la boda que en tiempos de Jesús se celebraba durante varios
días con mucha solemnidad y alegría.
No
es casualidad que Jesús quisiera hacer su primer milagro en una boda,
en Caná de Galilea. No sólo asistió con su madre y sus discípulos, sino
que en el banquete de bodas, manifestó su gloria, según dice el cuarto
evangelio, y los discípulos creyeron en él.
El
milagro de la conversión del agua en vino era el cumplimiento de que el
Mesías había llegado y traía con él una enorme cantidad de vino, símbolo
de los dones mesiánicos: alegría, paz, justicia, redención. Por eso se
ha dicho que en las bodas de Caná, el protagonista es el vino nuevo
que trae Jesús.
Hoy
también leemos una parábola conocida como la de los invitados a la
boda. Habla de un rey que preparó la boda de su hijo y mandó a sus criados
para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a invitarlos
cuando estaba todo a punto, pero los convidados despreciaron la invitación:
uno se fue a sus tierras, otro a sus negocios, y los demás maltrataron a
los criados hasta matarlos.
El
rey montó en cólera, envió a sus tropas, acabaron con los asesinos y
quemaron la ciudad. El banquete, sin embargo, debía celebrarse. Y el
rey mandó a sus criados para que salieran a los cruces de los caminos e
invitaran a todos los que vieran, malos y buenos. La sala, dice Jesús,
se llenó de comensales.
Quedémonos
aquí. Es evidente que esta situación es insólita. Jesús quiere decir
algo especial, extraordinario. En realidad, en esta parábola, como
en otras, habla de su destino. Él es el hijo del rey, que ha venido a casarse
con la humanidad. Es el novio. Su Padre ha avisado a los primeros invitados,
que son los hijos de Israel, pero no quisieron creer en Jesús, ni asistir
a su banquete de bodas con el hombre.
Llegaron
incluso a matar a alguno de sus criados, que son los profetas que anunciaron
la venida del Mesías. Como el banquete no podía quedar sin celebrarse,
Dios salió a los cruces de los caminos para llamar a todos los que quisieran
participar, buenos y malos. En esta segunda invitación entran todos
los pueblos de la tierra, los hombres sin excepción. Hoy, la Iglesia está
formada por multitud de pueblos.
Volvamos
a la parábola. Cuando el rey comenzó a saludar a los comensales, halló
a uno que no tenía el traje de fiesta, y el rey le echó en cara su descortesía.
El invitado no abrió la boca y mandó a sus criados que lo echaran fuera,
a las tinieblas, atado de pies y manos. Cuando concluye la parábola,
Jesús ofrece esta clave para entender este gesto también sorprendente:
«Muchos son los llamados y pocos los escogidos».
La enseñanza de la parábola pone el acento en la generosa invitación
del rey, que desea que todos los hombres participen de la boda de su hijo.
Dios no cesa de invitar, de llamar a la fiesta de la salvación sin importar
si los invitados son buenos o malos. La invitación es universal. Eso
sí: no basta ser invitado: hay que responder a la generosidad de Dios
con el traje de fiesta, que es el símbolo de la gracia, de la amistad recíproca,
de la correspondencia.
Ante tanta generosidad por parte de Dios, ¿resulta
tan difícil vestirse de fiesta? Jesús quiere advertir al hombre que
si Dios le invita a sentarse con él tan generosamente en las bodas de
su Hijo, debe poner de su parte para no ser solamente llamado, sino elegido.
¿Qué diferencia hay entre uno y otro? La que va de quien cree que todo lo
merece y la del que todo lo considera gracia. Sólo éste se vestirá de fiesta.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
