Los alentó a seguir este
camino reflexionando sobre tres verbos “importantes para el espíritu vicentino,
pero también para la vida cristiana en general: adorar, acoger, ir”
El
sábado 14 de octubre el Papa Francisco recibió a más de 10 mil miembros de la
Familia Vicentina en una audiencia con motivo del Año Jubilar convocado por los
Vicentinos por los 400 de fundación. En el marco de este momento de encuentro,
testimonio, música y oración, el Papa rezó ante el corazón de San Vicente,
reliquia especialmente traída a Roma para esta ocasión desde París, asimismo se
lanzó la Alianza Global por los Sin Techo. El Santo Padre empezó saludando
afectuosamente a estos hermanos, recordando que están en movimiento por los
caminos del mundo, como San Vicente les pediría también hoy. “San Vicente ha
generado un impulso de caridad que dura por los siglos”, les dijo, alentándolos
a seguir este camino reflexionando sobre tres verbos “importantes para el
espíritu vicentino, pero también para la vida cristiana en general: adorar,
acoger, ir”.
Adorar.
Son numerosas las invitaciones de San Vicente a cultivar la vida interior y a
dedicarse a la oración que purifica y abre el corazón. Para él la oración es
esencial. Es la brújula de cada día, es como un manual de vida, es – escribía –
el «gran libro del predicador»: solamente rezando se obtiene de Dios el amor
para derramar sobre el mundo; solamente rezando se tocan los corazones de la
gente cuando se anuncia el Evangelio (cfr Carta a A. Durand, 1658).
Para
San Vicente, notó el Papa, la oración no es solamente un deber y mucho menos un
conjunto de fórmulas. La oración es detenerse ante Dios para estar con Él, para
dedicarse simplemente a Él…
Ésta
es la oración más pura, aquella que hace espacio al Señor y a su alabanza, y a
nada más: la adoración. Quien adora, quien frecuenta la fuente viva del amor no
puede más que quedarse, por decir, “contaminado”. Y comienza a comportarse con
los demás como el Señor hace con él: se vuelve más misericordioso, más comprensivo,
más disponible, supera las propias rigideces y se abre a los demás.
Llegamos
al segundo verbo: acoger. Cuando escuchamos esta palabra, viene de inmediato a
la mente algo por hacer. Pero en realidad acoger es una disposición más
profunda: no pide solamente hacer lugar para alguien, sino ser personas
acogedoras, disponibles, acostumbradas a darse a los demás. Como Dios por
nosotros, así nosotros por los otros. Acoger significa redimensionar el propio
yo, enderezar la manera de pensar, comprender que la vida no es mi propiedad
privada y que el tiempo no me pertenece. Es un lento despegarse de todo aquello
que es mío: mi tiempo, mi descanso, mis derechos, mis programas, mi agenda.
Quien acoge renuncia al yo y hace entrar en la vida el tú y el nosotros.
El
ultimo verbo: ir.
El
amor es dinámico, sale de sí. Quien ama no está sentado mirando, esperando la
llegada de un mundo mejor, sino que con entusiasmo y sencillez se levanta y va.
San Vicente lo dijo bien: «Nuestra vocación es ir, no a una parroquia y ni
siquiera a una diócesis, sino por toda la tierra. ¿Y a hacer qué? A
encender el corazón de los hombres, haciendo aquello que hizo el Hijo de Dios,
que ha venido a traer el fuego al mundo para inflamarlo de su amor»
(Conferencia del 30 de mayo 1659). Esta vocación es siempre válida para todos.
Coloca a cada uno interrogantes: “¿Voy al encuentro de los otros, como quiere
el Señor? ¿Llevo a donde voy este fuego de la caridad o me quedo encerrado a
calentarme frente a mi chimenea?”.
A
la familia vicentina Francisco deseó “no detenerse, sino continuar tomando cada
día de la adoración, el amor de Dios y a difundirlo por el mundo a través del
buen contagio de la caridad, de la disponibilidad, y de la concordia”.
Fuente:
Radio Vaticano
