Respuesta a una consulta
de dos lectores de Aleteia
Hola
buen día los saludo desde México quisiera hacerles una pregunta: un día
entró un borracho haciendo desfiguros, fue a la fila a recibir la comunión, el
padre no se lo concedió por el simple hecho de estar borracho (eso lo comprendo
ya que estaría profanando la hostia). ¿Qué hacer cuando un borracho u otra
persona empieza o hace muchos desfiguros durante la misa? [I.R. desde Facebook]
Hola,
tengo una pregunta, ¿Qué debo hacer si en plena misa entra una persona
alcoholizada a interrumpir pidiendo dinero? [J.J.R. desde Facebook]
Que
irrumpa alguien durante la celebración eucarística para interrumpirla de malas
maneras es algo, por desgracia, bastante frecuente. Lo más frecuente es que sea
un borracho. Otras veces es un loco; un colega mío –por poner un ejemplo-
estaba a punto de iniciar la homilía en la Misa dominical cuando se oyó un
fuerte grito: ¡Soy el profeta Jeremías!”. La pregunta surge sola (y, de
hecho, hemos recibido más de una consulta al respecto): ¿cómo hay que
reaccionar, cómo deshacerse del alborotador?
La
respuesta no es sencilla. En realidad, no hay respuesta, o más bien tendría que
haber una respuesta para cada caso. Depende de quién sea el energúmeno: si es
conocido o no, si es inofensivo o no. Depende de quién asista a Misa, si el
sacerdote cuenta con ayuda o no. Depende de la habilidad del sacerdote y de
quienes le puedan ayudar.
En
la vida no hay recetas para todo, de forma que en muchas situaciones –como la
que aquí consideramos- la prudencia debe sopesar las posibilidades y señalar
qué es lo más oportuno en cada situación concreta. Aquí no puedo hacer más que
dar un par de consejos generales, que me parecen interesantes.
El
primero consiste en que es preferible no enfrentarse al alborotador, sino
más bien quitárselo de encima con diplomacia e ingenio, y en cierto modo
siguiéndole la corriente. En el ejemplo anterior, el sacerdote, ante la
irrupción de “Jeremías”, sin inmutarse le contestó: “Vale, Jeremías, pero
déjame hablar, que yo he llegado primero”. Al parecer la respuesta desconcertó
al chalado, y, ante lo que debió entender como un reconocimiento implícito de
que su identidad de “Jeremías”, se calló y la ceremonia siguió sin
contratiempos.
Hubo
un caso parecido en otro pueblo del país, y el sacerdote quiso echar
personalmente al profeta; el resultado fue que la trifulca acabó como noticia
en los periódicos locales. Enfrentarse al alborotador es ponerse a su
nivel –eso sí, con la mejor de las intenciones-, y eso es un error; él no tiene
nada que perder, los demás, y en particular el sacerdote, sí. Hay que actuar
con inteligencia y sensatez, que es donde se tiene ventaja, y donde se puede
uno desenvolver con la necesaria elegancia.
Con
todo, el ejemplo anterior no constituye una solución óptima, y aquí es donde
surge la segunda recomendación. Lo mejor es que sea un feligrés, y no el
sacerdote, quien se encargue directamente del problema.
Si
se trata de un borracho, algún asistente puede acercársele sonriente y decirle
algo así como (en versión mexicana): ¡Vámosle, compadre, que le invito a
un trago!, mientras lo saca suavemente del templo. Una vez fuera, no se
trata de que tome más alcohol (el trago resulta que era de agua o de
coca-cola), pero como ya no hay gente ante quienes envalentonarse, pues no lo
hace. Lo que sí puede y conviene que haga el párroco es preparar algún
feligrés que le ayude en este tipo de circunstancias.
Puede
haber casos distintos, como por ejemplo un grupo de gamberros. Pero en un caso
así, lo más práctico es interrumpir mientras acude la policía, a la que habría
que llamar inmediatamente. Una vez desalojados, se continúa como si nada
hubiera sucedido.
JULIO
DE LA VEGA-HAZAS
Fuente:
Aleteia
