No existe
educación sin autoridad ni autoridad sin amor. Tanto padres como educadores
necesitan aprender a ejercer su autoridad para desarrollar plenamente su labor
educativa
En ocasiones,
la frustración, la dejadez y el ritmo vertiginoso al que padres y profesores se
ven sometidos provoca que bajen la guardia y “pierdan” la autoridad que les
otorga su condición de educadores. Llegados a ese punto, pasan a convertirse en
meros espectadores del desarrollo desbocado de los jóvenes. En el marco de esta
problemática, se celebró en Madrid el VII Congreso Nacional de Educadores
Católicos bajo el lema “Educar con autoridad: en busca de la referencia
perdida”.
Misión conversó
con varios de los ponentes, quienes nos indicaron cuáles son las claves de un
buen uso de la autoridad y contestaron, entre otras muchas, a estas cuestiones:
¿se está perdiendo la autoridad?, ¿es necesario retomar las riendas de la
educación?
Crisis de
autoridad
Hoy en día, la idea de que autoridad es lo mismo que autoritarismo está muy extendida: “El autoritarismo tiene que ver con la imposición de algo sin buscar el bien del educando, mientras que la autoridad tiene que ver con la libertad, con la búsqueda del bien de quien recibe la educación.
Hoy en día, la idea de que autoridad es lo mismo que autoritarismo está muy extendida: “El autoritarismo tiene que ver con la imposición de algo sin buscar el bien del educando, mientras que la autoridad tiene que ver con la libertad, con la búsqueda del bien de quien recibe la educación.
No se ejecuta
ni se impone, sino que ‘se gana’”, explicó Elda María Millán, doctora en
Educación, a Misión. “La raíz del ejercicio de la autoridad se fundamenta en el
amor por el hijo o el alumno”, sentencia Millán.
Sin embargo,
muchos padres y profesores han renunciado en gran parte a su autoridad sobre
sus hijos y alumnos, y esto se debe, entre otras razones, a que ellos mismos no
tienen claro cómo deben ejercerla. A esto hay que sumarle la sobreprotección a
la que se somete, en muchas ocasiones, a los más pequeños.
Un niño
sobreprotegido y que apenas conoce los límites es un niño que, con seguridad,
no se podrá desarrollar plenamente como persona.
Juan José Javaloyes, doctor en Pedagogía, afirma que “la permisividad es una consecuencia negativa de la falta de autoridad”, e insiste en que “debemos enseñar a los hijos a discernir entre lo que está bien y lo que está mal, y entre lo que es cierto y lo que es falso”.
Juan José Javaloyes, doctor en Pedagogía, afirma que “la permisividad es una consecuencia negativa de la falta de autoridad”, e insiste en que “debemos enseñar a los hijos a discernir entre lo que está bien y lo que está mal, y entre lo que es cierto y lo que es falso”.
El error de los
padres radica, en muchos casos, en buscar la paz familiar por encima de todo.
Esta actitud puede reportar beneficios en el momento, pero, a largo plazo, trae
consecuencias muy negativas. Según Javaloyes, “el resultado de esto son niños
caprichosos e inmaduros, sin ideas morales claras, sin capacidad de esforzarse
de una forma continuada y sin tolerancia a la frustración”. Para superar este
escollo, “la clave está en ser autoridad”, afirma Javaloyes.
“Los padres no
tienen autoridad, sino que, por ser padres, son una autoridad para sus hijos.
La autoridad es una manifestación del amor y una forma de servicio. Sin el
ejercicio de esta no se puede educar”.
Corregir sin
violencia
En palabras de José María Carrera, director del VII Congreso Nacional de Educadores Católicos, “las normas, los límites, los premios y los castigos son indispensables para educar con amor”.
En palabras de José María Carrera, director del VII Congreso Nacional de Educadores Católicos, “las normas, los límites, los premios y los castigos son indispensables para educar con amor”.
Sin embargo, al
fijar normas y límites, hay que evitar caer en una tendencia que se observa hoy
en día: la confusión entre autoridad y violencia. La violencia está muy
presente en la sociedad, y, a menudo, se relacionan ambos conceptos cuando en
ningún caso han de ir unidos. “Muchas de las actitudes violentas que
encontramos tienen su principal causa en la falta de autoridad”, asegura
Millán.
El objeto de la
educación es ayudar al niño a crecer, así como el de acompañarlo y guiarlo en
ese crecimiento. Por eso, ejercer la autoridad debe ser un acto de amor. Millán
asegura que “el niño necesita personas que lo quieran y que le digan lo que
está bien y lo que está mal”, siempre con cariño. Y añade que, “para sentirse
seguro y para poder hacer buen uso de su libertad, necesita disponer de unos
límites claros”.
Responsabilidad
compartida
La educación de los hijos es una labor que padres y formadores realizan de la mano. Aunque son los primeros quienes capitanean el barco, ambos juegan un papel fundamental, además de los abuelos, los monitores y, en definitiva, de todas aquellas personas que ejercen su autoridad sobre los más pequeños.
La educación de los hijos es una labor que padres y formadores realizan de la mano. Aunque son los primeros quienes capitanean el barco, ambos juegan un papel fundamental, además de los abuelos, los monitores y, en definitiva, de todas aquellas personas que ejercen su autoridad sobre los más pequeños.
La crisis de
autoridad también está patente hoy en las escuelas y el resto de instituciones
educativas. En ocasiones, los maestros no buscan educar, sino lograr
resultados. Es preciso que el maestro quiera a sus alumnos para poder ejercer
la autoridad desde el amor, así como para conseguir sacar lo mejor de cada uno.
En este sentido, Javaloyes sentencia que “el educador debe influir en los
alumnos y las familias para que sean mejores, no para que sean como él”.
A la vez,
cuando la familia no cuenta con las herramientas necesarias para desarrollar
plenamente la acción educativa, recurre a los educadores esperando encontrar en
ellos un apoyo para complementar su labor. Los maestros tienen una autoridad
que supone una continuación con respecto a la de los padres; por ello, el
ejercicio correcto de la autoridad de ambos debe ir en la misma dirección. La
autoridad de los padres se fundamenta en lo que son, por lo que la mejor manera
de educar a los niños consiste en dar ejemplo.
La profesora
Millán afirma que “los hijos no buscan en sus padres que tengan muchos
estudios, sino que sean un modelo de vida plena”. Por otro lado, la autoridad
de los maestros se fundamenta en lo que son, pero también en lo que saben.
Deben demostrar sus conocimientos y saber transmitirlos: “No es suficiente con
que el educador tenga una formación de diez; también debe ser buena persona y
tener una serie de virtudes”, asegura Millán. Ya lo decía el Papa san Juan
Pablo II: “La escuela debe formar al hombre y no informarle simplemente”.
Por: Marta Peñalver
Fuente: Revista Misión
