¿Por qué
esperar a que alguien muera para celebrar misa por él?
Decir misas para los vivos: amigos y
familiares, incluso extraños de los que has oído hablar o sobre los que has
leído y que estén pasando por un mal momento.
En su homilía por el funeral de su padre,
el reverendo Paul Scalia expresó su gratitud “por las muchas oraciones y misas que
han ofrecido por la muerte de nuestro padre, Antonin Scalia”.
Organizar misas para los difuntos es una
tradición muy buena y algo así como un “dos por uno” para los católicos.
Primero, la comunicación de una misa responde a la necesidad del ser humano de
ser capaz de “hacer algo” cuando hay muy pocas oportunidades genuinas (y
duraderas) para ayudar.
Segundo, es un auténtico acto de caridad,
tanto para la doliente familia como para su familiar fallecido. Las misas de
difuntos son súplicas hacia Jesucristo, destinadas a acelerar el
perfeccionamiento de las almas que presumimos están en el purgatorio, “…la obra
de cada uno se hará manifiesta, porque el día la pondrá al descubierto, pues
por el fuego será revelada. La obra de cada uno, sea la que sea, el fuego la
probará. Si permanece
la obra de alguno que sobreedificó, él recibirá recompensa. Si la obra de
alguno se quema, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así
como por fuego” (1 Corintios 3, 13-15).
En los velatorios, no es raro escuchar a
alguien comentar con remordimiento que hubiera estado mejor si todas las flores
en la habitación se hubieran mandado a las personas mientras estaban vivas, y
es una gran verdad. Pero lo mismo podríamos decir de las misas de difuntos.
Aunque
son útiles a la luz de la eternidad, ¿cuánto habrían servido también como conductos
de la necesaria gracia espiritual de haber sido dichas para las personas en
vida? ¿Cuánto
habrían ayudado a nuestras familias y amigos a estar más atentos a las
indicaciones del Espíritu Santo en sus vidas, más dispuestos a andar por la fe
y no por la vista (2 Corintios 5, 7) durante los momentos difíciles y,
quizás, incluso más inclinados hacia la mera alegría y el bienestar?
Para mi marido y para mí, se ha
convertido en un hábito mandar cartas de invitación a misas a los padres de un
recién nacido; así les hacemos saber que, durante toda la vida de su hijo, será
recordado en las misas. Mandamos otras cartas, de menos duración (un año) a
personas que están pasando por tiempos duros, con alguna enfermedad o
dificultades en el matrimonio o en el trabajo; así les hacemos saber de una
forma demostrable que estamos “con ellos” y que les tenemos en nuestros
pensamientos, que rezamos por ellos.
Estas invitaciones son para misas durante
un año porque creemos que así es un signo de optimismo, de esperanza de que, de
aquí a doce meses, su situación cambie mucho para mejor. Cuando es posible,
organizamos misas en las parroquias locales para amigos que estén preparándose
para someterse a alguna cirugía y, cuando les damos la carta, también les
invitamos a solicitar la unción de los enfermos.
Un beneficio secundario de comprar estas
hermosas cartas para misas —un beneficio material, porque lo material también
es importante— es que ofrece ayuda económica real a las casas monásticas,
conventos, misiones y parroquias de quien las compremos.
Hacer el esfuerzo de organizar misas para
los vivos es un significativo acto de caridad y, puesto que la misa es el acto
de oración más poderoso en el que podamos participar para rogar por otra
persona, es un profundo acto de misericordia, independientemente del año en que
estemos.
Fuente: Aleteia
