Comienza a explicar los diez grados de la escala
mística de amor divino según San Bernardo y Santo Tomás. Pónense los cinco
primeros.
1. Decimos, pues, que los grados de esta escala de
amor, por donde el alma de uno en otro va subiendo a Dios, son diez.
El primer grado de amor hace enfermar al alma
provechosamente. En este grado de amor habla la Esposa (Ct. 5, 8) cuando dice:
Conjúroos, hijas de Jerusalén, que, si encontráredes a mi Amado, le digáis que
estoy enferma de amores. Pero esta enfermedad no es para muerte, sino para la
gloria de Dios, porque en esta enfermedad desfallece el alma al pecado y a
todas las cosas que no son Dios, por el mismo Dios, como David (Sal. 142, 7)
testifica diciendo: Desfalleció mi alma, esto es, acerca de todas las cosas a
tu salud.
Porque así como el enfermo pierde el apetito y gusto de todos los
manjares y muda de color primero, así también en este grado de amor pierde el
alma el gusto y apetito de todas las cosas, y muda como amante el color y
accidente de la vida pasada.
Esta enfermedad no cae en ella el alma si de
arriba no le envían el exceso de calor, según se da a entender por este verso
de David (Sal. 67, 10), que dice: Pluviam voluntariam segregabis, Deus,
haereditati tuae, et infirmata est, etc.
Esta enfermedad y desfallecimiento a todas las cosas,
que es el principio y primer grado para ir a Dios, bien lo habemos dado a
entender arriba, cuando dijimos la aniquilación en que se ve el alma cuando
comienza a entrar en esta escala de purgación contemplativa, cuando en ninguna
cosa puede hallar gusto, arrimo, ni consuelo, ni asiento. Por lo cual, de este
grado luego va comenzando a subir al segundo grado, y es:
2. El segundo grado hace al alma buscar sin cesar. De
donde, cuando la Esposa dice que, buscándole de noche en su lecho, cuando según
el primer grado de amor estaba desfallecida, y no le halló, dijo (Ct. 3, 2):
Levantarme he, y buscaré al que ama mi alma. Lo cual, como decimos, el alma
hace sin cesar, como lo aconseja David (Sal. 104, 4), diciendo: Buscando
siempre la cara de Dios, y, buscándole en todas las cosas, en ninguna repare
hasta hallarle, como la Esposa, que, en preguntando por él a las guardas, luego
pasó y las dejó (Ct. 3, 34). María Magdalena ni aun en los ángeles del sepulcro
reparó (Jn 20, 14).
Aquí, en este grado, tan solícita anda el alma, que en
todas las cosas busca al Amado; en todo cuanto piensa, luego piensa en el
Amado; en cuanto habla, en cuantos negocios se ofrecen, luego es hablar y
tratar del Amado; cuando come, cuando duerme, cuando vela, cuando hace
cualquier cosa, todo su cuidado es en el Amado, según arriba queda dicho en las
ansias de amor.
Aquí, como va ya el alma convaleciendo y cobrando
fuerzas en el amor de este segundo grado, luego comienza a subir al tercero por
medio de algún grado de nueva purgación en la noche, como después diremos, el
cual hace en el alma los efectos siguientes.
3. El tercer grado de la escala amorosa es el que hace
al alma obrar y la pone calor para no faltar. De esto dice el Real Profeta
(Sal. 111, 1) que: Bienaventurado el varón que teme al Señor, porque sus
mandamientos codicia obrar mucho. Donde, si el temor, por ser hijo del amor, le
hace esta obra de codicia, ¿qué hará el mismo amor? En este grado las obras
grandes por el Amado tiene por pequeñas, las muchas por pocas, el largo tiempo
en que le sirve por corto, por el incendio de amor que ya va ardiendo. Como a
Jacob, que, con haberle hecho servir siete años sobre otros siete, le parecían
pocos por la grandeza del amor (Gn. 29, 20). Pues si el amor con Jacob, con ser
de criatura, tanto podía, ¿qué podrá el del Criador cuando en este tercer grado
se apodera del alma?
Tiene el alma aquí, por el grande amor que tiene a
Dios, grandes lástimas y penas de lo poco que hace por Dios; y, si le fuese
lícito deshacerse mil veces por él, estaría consolada. Por eso se tiene por
inútil en todo cuanto hace, y le parece vive de balde.
Hácele aquí otro efecto admirable, y es que se tiene
por más mala averiguadamente para consigo que todas las otras almas: lo uno,
porque le va el amor enseñando lo que merece Dios; y lo otro, porque, como las
obras que aquí hace por Dios son muchas, y todas las conoce por faltas e
imperfectas, de todas saca confusión y pena, conociendo tan baja manera de
obrar por un tan alto Señor. En este tercer grado, muy lejos va el alma de
tener vanagloria o presunción y de condenar a los otros. Estos solícitos
efectos causa en el alma, con otros muchos a este talle, este tercer grado; y
por eso en él cobra ánimo y fuerzas para subir hasta el cuarto, que es el que
sigue.
4. El cuarto grado de esta escala de amor es en el
cual se causa en el alma, por razón del Amado, un ordinario sufrir sin
fatigarse. Porque, como dice san Agustín, todas las cosas grandes, graves y pesadas,
casi ningunas las hace el amor. En este grado hablaba la Esposa (Ct. 8, 6),
cuando, deseando ya verse en el último dijo al Esposo: Ponme como señal en tu
corazón, como señal en tu brazo; porque la dilección, esto es, el acto y obra
de amor, es fuerte como la muerte, y dura emulación y porfía como el infierno.
El espíritu aquí tiene tanta fuerza, que tiene tan sujeta a la carne y la tiene
tan en poco como el árbol a una de sus hojas.
En ninguna manera aquí el alma
busca su consuelo ni gusto, ni en Dios ni en otra cosa, ni anda deseando ni
pretendiendo pedir mercedes a Dios, porque ve claro que hartas las tiene
hechas, y queda todo su cuidado en cómo podrá dar algún gusto a Dios y servirle
algo por lo que él merece y de él tiene recibido, aunque fuese muy a su costa.
Dice en su corazón y espíritu: ¡Ay, Dios y Señor mío, cuán muchos hay que andan
a buscar en ti consuelo y gusto y a que les concedas mercedes y dones, mas los
que a ti pretenden dar gusto y darte algo a su costa, pospuesto su particular, son
muy pocos. Porque no está la falta, Dios mío, en no nos querer tú hacer
mercedes de nuevo, sino en no emplear nosotros las recibidas sólo en tu
servicio, para obligarte a que nos las hagas de continuo!
Harto levantado es este grado de amor, porque, como aquí
el alma con tan verdadero amor se anda siempre tras Dios con espíritu de
padecer por él, dale Su Majestad muchas veces y muy de ordinario el gozar,
visitándola en espíritu sabrosa y deleitablemente, porque el inmenso amor del
Verbo Cristo no puede sufrir penas de su amante sin acudirle. Lo cual por
Jeremías (2, 2) lo afirma él, diciendo: Acordádome he de ti, apiadándome de tu
adolescencia y ternura cuando me seguiste en el desierto. Hablando
espiritualmente es el desarrimo que aquí interiormente trae el alma de toda
criatura, no parando ni quietándose en nada. Este cuarto grado inflama de
manera al alma y la enciende tal deseo de Dios, que la hace subir al quinto, el
cual es el que se sigue.
5. El quinto grado de la escala de amor hace al alma
apetecer y codiciar a Dios impacientemente. En este grado el amante tanta es la
vehemencia que tiene por comprehender al Amado y unirse con él, que toda
dilación, por mínima que sea, se le hace muy larga, molesta y pesada, y siempre
piensa que halla al Amado; y cuando se ve frustrado su deseo, lo cual es casi a
cada paso, desfallece en su codicia, según hablando en este grado lo dice el
Salmista (Sal. 83, 2), diciendo: Codicia y desfallece mi alma a las moradas del
Señor.
En este grado el amante no puede dejar de ver lo que ama o morir; en el
cual Raquel, por la gran codicia que tenía a los hijos, dijo a Jacob su esposo:
Dame hijos; si no, yo moriré (Gn. 30, 1). Padecen aquí hambre como canes y
cercan y rodean la ciudad de Dios (Sal. 58, 7). En este hambriento grado se
ceba el alma en amor, porque según la hambre es la hartura. De manera que de
aquí puede subir al sexto grado, que hace los efectos que se siguen.
Fuente: Mercaba